domingo, 10 de febrero de 2013

NOMBRAR LAS COSAS. SEGUNDA ETAPA




NOMBRAR LAS COSAS

CONCLUYE AQUÍ UNA PRIMERA ETAPA DE CREACIÓN Y DIÁLOGO.

LA AVENTURA CONTINÚA EN:

http://nombrarcosas.wordpress.com/



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viernes, 18 de enero de 2013

DE FÉLIX A SOIOMERLINUS





La máquina del laboratorio de computación de la Facultad de Artes y Letras que se llamaba "Paris" era, por derecho y por defecto, de Félix Ernesto Chávez. Sentado en ella se le veía con frecuencia, incluso después de graduado. Allí, a mi lado, el día que nos conocimos (una lejana tarde de septiembre de 2001), me escribió este soneto:



A SOIOMERLINUS

La infinita impaciencia se consume.
Poder decir así, que un día
en el instante de tu compañía
pueda encontrar lo que el silencio asume,

silencio sin remedio desbordado
al instante de luz que ya no vuelve,
como un asombro donde se resuelve
otro instante de luz desesperado.

Un golpe justo se me va en los dedos,
una inocencia que no se ha escondido
o alguna sutileza tras el puente.

No sé si hay paz o luz, o si mis dedos
sostienen la belleza, o si perdido
empiezo a resistir inútilmente.


El título del poema parte de mi dirección de correo en aquel tiempo: soiomerlinus@yahoo.es. Años después, en un comentario suyo del 9 de mayo de 2010 en este blog, Félix mismo me recordaría ese soneto:

"Acabo de leer, de golpe, las dos entradas, la de tu cumpleaños y esta. Deberías escribir más en tu blog. Los veintiocho años son una maravilla, ya verás (ya conoces mi relación tan estrecha con ese número, debe ser por ello que fue una edad mágica para mí porque me sentí invitado nuevamente al mundo). Ambos textos me recuerdan a esa canción que tanto te gustaba en la universidad, "La novia que nunca tuve", ¿te acuerdas? (Y a un poema que anda por ahí, llamado "A Soiomerlinus". El otro día me tropecé con él.)"

Hoy vuelvo a leer con el peso de la ausencia, la nostalgia y el tiempo.



martes, 15 de enero de 2013

Beatriz Maggi: "con el trueno por debajo"


Mi docencia y mis ensayos (toda mi vida profesional) han estado inspirados en el Dictum de Dickinson (...), y en el empeño de que mis estudiantes se abrasen en él:
Una palabra muere

Al ser pronunciada

Dicen algunos 

Yo digo justamente

Que comienza a vivir
Ese día.  

(E.D. Trad. de B. Maggi)
B. Maggi 


Beatriz Maggi (Las Tunas, 1924) es una de las voces intelectuales más importantes del siglo XX e inicios del XXI en Cuba. Entre sus estudios figuran los análisis sobre la obra de Homero, Emily Dickinson, Shakespeare, Rimbaud, Balzac, Dostoievski, Stendhal, entre otros. 

Pero hoy quiero rescatar un texto que la Dra. Maggi escribió como prólogo a El ojo milenario de Lina de Feria, una de las pocas figuras cubanas que ha estudiado esta gran ensayista y profesora universitaria. 

El pequeño libro de solo 33 páginas fue publicado por Ediciones Sed de Belleza en Santa Clara y mereció el premio de la crítica en 1996, apenas dos años después de ser inaugurada dicha casa editora. 

A la aventura editorial de un equipo liderado por René Coyra y Julio Mitjans, iniciada en 1994 en una provincia del centro de la isla debemos agradecer la conjunción fascinante y terrible de estas dos grandes mujeres de la cultura cubana. 

Al verso ciclópeo y catártico de Lina está indisolublemente unida la mirada certera y desconcertante de la Dra. Maggi. Leamos:


La vieja tremenda, Virginia Woolf, esa bruja eximia, solía decir que debemos leer poesía en el momento en que estamos casi a punto de escribirla. Pero HABEMOS, sí, ¡habemos! (pues es indispensable incluirnos) muchos que nunca estamos “casi a punto” de escribirla a no ser que “casi a punto” designe un estado permanente, una condición que no progresa. ¿Qué hacer entonces? Sin embargo, después que leemos poesía (la buena, la verdadera, la que lo es) quedamos casi a punto, porque nos tantaliza, nos sobreviene, y nos impregna de ella; acelera e imprime energía al metabolismo entre nosotros y el mundo. Durante este estado sí podemos envalentonarnos y escribir, no poesía, pero sí un prólogo-umbral. 
Lo primero que pienso es que debe escribirse sobre ELOJO MILENARIO en estado de ignorancia: no saber quién es Lina de Feria, no conocer qué representa para nuestra literatura cubana contemporánea; el prestigio nacional e internacional que posee; no conocer sus textos anteriores. Sino situarse de golpe y porrazo ante EL OJO MILENARIO. Sobrevienen un trance y un convivio de todos los “casi a punto”. 
Sus encabalgamientos, sus minúsculas, su escasa puntuación, sus metáforas eslabonadas - novísimas, todas de mundos tan remotos entre sí- sus imágenes gigantescas, suntuosas y nada pretenciosas al mismo tiempo, queda todo eso para el estudioso, mientras éste por su parte, no por serlo se ve privado de lo que sí nos llega, a los “casi a punto”, los transidos (lo que no excluye a los estudiosos). Para leer EL OJO MILENARIO tampoco son imprescindibles los códigos contemporáneos de lectura; tan sólo dejarse llevar por el enrarecido texto. Una muy digna de respeto ausencia de sensualidad y una maestría increíble en la alusión velada, una presencia trágica, (pero sin aullidos estridentes) de Tierra Baldía. El intelecto trabaja febrilmente como hormiga hacendosa y trajinante; pero apenas se entera uno, pues “no carga” con sus arreos habituales, impresionantes y ostentosos. 
La impugnación al escamoteo no se presenta en escuadrones de pensamientos ni en alaridos de fauces de fieras, sino a través de la disolución o desvaimiento de todo lo sólido; la espiritualización y desmaterialización son totales: las esquinas no tienen lados; la memoria recuerda siglos, la patria está ahí, pero no es obvia; la vida no es un fuego que se apagó. La emoción está pensada, el pensamiento no aparenta serlo. La palabra rehúsa su oropel y sin embargo, aquí se da un buen número de versos inmortales, citables, antologables que uno desearía que fueran propios. Es a su manera , veinte poemas de amor, una canción desesperada. Y el número 20 me gusta más que ese otro, famoso, 20. 
Para quedar transidos “casi a punto” con el arte depurado, flor de madurez, de Lina de Feria en EL OJO MILENARIO hay que lanzarse, como quería la Barret Browning “tremendamente alma por delante” sobre el texto y toparemos con la fusión indisoluble de pensamiento y emoción. En la orilla, la encrespada ola se desploma desde su altísima cresta sobre la cuenca cóncava cavada por una experiencia intensa de las aguas de su vida, los ríos del propio país y del mundo, del existir individual, el cósmico, el histórico y los sucesivos derrumbes y escamoteos. Lanzada nuestra mirada sobre el texto con la misma temeridad que la poeta sobre el estrago y la experiencia espriritualizada, la misma con que la cresta de la ola sacia el hueco, vórtice voraz, arribaremos a la superficie serena, silenciosa, lamedora, experta, producida por el apaciguamiento. Con el trueno por debajo.
Tomado de: Lina de Feria. El ojo milenario. Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, 1995, 33 pp.





martes, 8 de enero de 2013

Equilibrismo y verticalidad en la poesía cubana






Las sucesivas coronas del desfiladero

José Lezama Lima

La impronta de Eliseo Diego entre los autores de la década del 80 en Cuba es evidente no solo en los poemas que algunos (como Laura Ruiz) dedican al poeta origenista. Hay una línea temática, por ejemplo, sobre el equilibrismo que parte de Eliseo y se relaciona con buena zona de su producción literaria.

Precisamente, el título del libro de la profesora Mayerín Bello sobre la obra de Eliseo que obtuvo el premio de ensayo Alejo Carpentier en 2004 es Los riesgos del equilibrista, nombre que surge de los poemas del autor "Riesgos del equilibrista" y "Otra vez el equilibrista" recogidos en Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña de 1968.

Eliseo Diego habla en calidad de sujeto espectador, entiende y analiza los riesgos del que camina sobre la cuerda en el aire, pero aún así, cree que "(e)l equilibrio/ ha de ser a no dudarlo recompensa/ tal que no la imaginamos." El acróbata de Eliseo es "equilibrio y verdad/ y maravilla", conocedor, dueño del misterio de la sombra.


En "La trapecista" el autor teme "no se nos vaya,/ no,/ a caer" la muchacha en medio de sus cabriolas; y en "La trapecista en el revés del día", "la joven vuela por el hilo/ que sube al mismo fin de todo." Pero los poetas de los años 80 que releen este motivo, no observan, sino actúan, están sobre la cuerda floja, hablan en calidad de gimnastas sobre la línea abismal de sus palabras, intentan evitar el desplome, aunque saben que es insoslayable.
  
Entre los poemas que se relacionan con el entorno circense y en específico con la peripecia en la cuerda floja, y que reescriben al mismo tiempo que continúan la saga de Eliseo, destacan "Riesgos del equilibrista" de Raúl Hernández Novás, "El equilibrista" de Odette Alonso, "Con el terror del equilibrista" de Damaris Calderón, "Intimidad del equilibrista" de Norge Espinosa, entre otros. Podría hacerse una antología y un estudio sobre este motivo en la lírica cubana.

Pero hay un poema de esta línea temática que recuerdo con mucho agrado y persistencia. Me refiero a "Discurso del equilibrista" de Nelson Simón. Creo que ese texto marca y refleja el cambio de los 80 a los 90, es una especie de puente o bisagra entre el equilibrio y la caída, entre la búsqueda y el desengaño, entre el contrapeso y la katábasis, entre la permanencia añorada y la gravedad. 

Mientras a finales de los 80, los autores temían, presagiaban la caída; a partir de los noventa ya estamos en el salto al vacío, y en muchos casos (como vemos en Transiciones de Leymen Pérez y Duro de roer de Damaris Calderón) el descenso y la segmentación, el desplome ineludible son evidencia de un estado cada vez más natural y común en la lírica cubana de los últimos 20 años. Cuerpos, que más que escribirse, se raspan, como expresa Leymen: "´un cuerpo es duro cuando no se raya al caer´./ Esto te repetirás/ una y otra vez/ en la caída."

Nelson habla en pretérito, desde la experiencia, interpretando el camino recorrido, a diferencia de lo que vemos en Odette Alonso, que enuncia desde el momento previo a la caída, en el presente ("Ahí está la vida-cuerda floja"), reconociendo que no hay alternativa, que la elección está "entre el abismo/ y el abismo/ a solo un paso." Damaris Calderón se asoma a un pozo especular y escribe con el vértigo del que camina por la cuerda floja frente a su reflejo en el agua oscura y profunda, previo al salto hacia la segmentación de las aguas, antes de caer sobre el espejo astillado de sus palabras. 

Novás habla hacia/en el tiempo futuro, como quien se acerca a la muerte, también próxima: "Sobre la cuerda no haré más el Tonto./ No andaré mucho más sobre ese hilo/ que me levanta de la tierra hambrienta." Como Odette, Novás ve inevitable la caída tanto de los que están abajo como arriba. Es imposible "un asilo/ cavarse en el aire, eterno, de manera/ que sobre el hilo nazca, viva y muera". Novás, por tanto, niega el vuelo origenista, el milagro abismal de Eliseo, el "equilibrio y verdad/ y maravilla" que descubre su espectador enunciante.   

Nelson ya ha saltado, recuerda el descenso, el sueño, la meta imposible, la otra orilla falaz, la punta extrema de la cuerda. Habla desde el desengaño, desde la ausencia de todo horizonte y aún así, sus versos melancólicos no dejan de ser hermosos y evocadores, rescatan lo que Diego refiere como "el prodigio (ahora in)feliz de la memoria" y al mismo tiempo niega "el otro lado", la "maravilla", la "verdad" que nos prometía o insinuaba Eliseo. En Nelson encontramos el revés: desengaño y frustración. 

Desde Manuel de Zequeira, la verticalidad es uno de los puntos neurálgicos de la lírica cubana. El eje analítico de nuestra poesía es muchas veces más bien perpendicular que horizontal. La katábasis se impone al equilibrio. Piñera "entre Furias cayendo se divierte", Lina de Feria se mueve entre el espacio sideral y el árbol trunco. Ambos anuncian el nuevo despeñadero que es la vida, la literatura de los años 90 en Cuba. Después de las utopías sociales de las primeras décadas de la revolución cubana, Novás, Alonso, Calderón presienten el hundimiento. El celebrado ascenso de Ícaro de Delfín Prats o el "Narciso en pleamar (que) fugó sin alas" de Lezama, no son los que prevén los nuevos derroteros temáticos de la poesía en Cuba, sino la "brasa cayendo, brasa hasta el último instante", el vuelo en declive "de un Ícaro para el que morir en la belleza no es morir" de Lina de Feria, o "el mulo en el abismo" lezamiano. 

En estos versos de Nelson Simón, como en Lina, arde algo también, aunque sea la memoria de una vida previa al salto, antes de conocer el otro lado de "esa blanca vanidad que es el equilibrio". Compruébenlo: 



DISCURSO DEL EQUILIBRISTA 


Todo no ha sido más que un simple juego de apariencias,
una efímera ilusión o un instante de luz que me cegaba
y en el que yo tenía que alcanzar, a toda costa,
a pesar de los riesgos y del difícil arabesco
que trazaba mi cuerpo,
frágil como una rama entre los paños del aire,
el lado más azul de lo imposible.
Y todo lo aposté por mantenerme limpio,
derecho como un dios sobre este mundo de cristal y espanto.

Yo recorrí la vida con los brazos abiertos,
casi queriendo abrazarme a mi propio dolor,
a mi inconstancia;
y con los ojos fijos en la otra punta de la cuerda
que suponía tensa bajo mis pies,
soportando mi vértigo y mi pecado diario;
pero era tan difícil balancearse con elegancia
sobre mi pesada sombra,
dar el giro mortal, dibujar figuras incomprensibles
y luego regresar al punto del que había partido
con el corazón íntegro, a salvo, sin que de él probaran
los ángeles y demonios que revoloteaban a mi lado.
Era tan difícil regresar hasta el que habíamos sido
antes de aventurarnos a aquel cotidiano viaje,
mantenerse erguido sobre todos los que esperaban
cayera hasta sus pies con más terror que un eunuco ciego
atormentado por las algodonosas caricias
de los frívolos adolescentes de la corte.

Todo no ha sido más que una mera invención,
un sueño con el que me creía diferente y más cerca
de aquella perfección que todos añoramos.
Jamás hubo otra orilla esperándonos,
pues toda orilla y locura
nacía y moría dentro de mí mismo
como entre los negros telones de un teatro.

Todo no ha sido más que un juego de apariencias
y hasta logré engañarme al creer que yo,
simple y hermoso mortal, podía entrar,
como quien penetra a un patio muy íntimo,
a esa blanca vanidad que es el equilibrio.

Nelson Simón