miércoles, 5 de diciembre de 2012

Reina María Rodríguez: espacio y gente (1975)




En el prólogo a La gente de mi barrio de Reina María Rodríguez (UH, 1975), Ángel Augier declara  sobre la poesía de los años setenta en Cuba que “el facilismo continúa haciendo estragos”, y con ello se refiere también a una zona de la poesía joven de los primeros años del triunfo revolucionario, donde se imponía cierta ramplonería en el decir.

Declara, además, que RMR sabe manejar los temas cotidianos con “autenticidad lírica”, “sin la menor caída en lo prosaico y vulgar”, y eso es lo que demuestra el cuadernillo de apenas 33 páginas.
“Aquí no funciona el recurso de describir una realidad para que ella intente encontrar la poesía en trazos bruscos”, declara Augier.

Dice, además, que RMR, en su primera entrega lírica que obtuvo el Premio 13 de marzo, va de lo local a lo trascendente: es el “rincón urbano, convertido en Universo de poesía”.

Entre los textos que hoy muestro, está "pueden encontrarla". Propongo una lectura paralela de este con Casa que no existía (1968) de Lina de Feria y Últimos días de una casa (1958) de Dulce María Loynaz. La casa de Reina María se ensancha, se hace enorme: "se ha vuelto grande de repente", indecisa ante el cambio, pero aún así su mirada es más esperanzadora que la inminente destrucción en "Últimos días...", y a la pérdida de la identidad, del espacio íntimo en Lina de Feria, que comienza diciendo: 

"han tomado mi casa/ uno tras otro llegan venciendo su eternidad/ que le parece un obstáculo cercano y fácil/ me faltan el respeto y entran [...] la soldadesca pura/ ha entrado junto a mí/ y esta casa ya no es mía." 

Ante la anchura topológica en Reina María, está la pérdida en DML y Lina de Feria, donde "todo desaparece". Casas que son nuestros cuerpos, nuestras vidas, nuestras almas que se adaptan, se extrañan ante el cambio, se interrumpen o se caen.  

Aquí presento algunos textos que testimonian esa intimidad cotidiana en RMR, una rara capacidad (hoy nos parece rara) de conjugar lo colectivo con lo personal, esa mirada propia de la autora ante su derredor y sus circunstancias:

el sol del alma

amor
qué bien recostar la vida
sobre el imperio nuevo de tu palabra
qué bien verte en el nacimiento y en la muerte
con los minutos de todas las horas
en cada rostro
qué bien estar en ti
sobre el pueblo de tu frente
en un huequito, acompañada.

pueden encontrarla

la casa sabe de un comején mayor
que le ha roído los pechos a las ventanas
y ha compartido el mantel de su tiempo.
la casa se ha vuelto grande de repente
como una flor, no sabe qué hacer
y se esconde del sol.
la casa sueña con ser encarnada
pero aún sus lozas blancas
van a la luz
en el quehacer del sueño.
la casa anda en espera de toda multitud
de toda historia para sus rincones
de todo gesto para hacer paredes
de todo espectro para hacer misterio.
la casa se acomoda en el bolsillo
y de vez en cuando
suelta su reto de paloma.

adán

Adán, acércate, estoy recaudando paraísos.
sólo tu amuleto queda
en este diluvio de esperma cotidiana donde
se va gastando mi vela donde
mis refugios se van bloqueando.
estamos solos Adán,
exprimiendo la eternidad con las piernas
desabrochando el Génesis de poemas nuevos.
sólo hemos resucitado nosotros,
dos multitudes vestidas con cuerpos.
Adán, acércate, estoy recaudando paraísos.

Tomado de: Reina María Rodríguez. La gente de mi barrio. Universidad de La Habana, La Habana, 1975, 33 pp.

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