miércoles, 24 de octubre de 2012

“Televisión basura” o el poder de la palabra




La confusión es antigua pero ya constituye plaga en los 
audiovisuales, que es donde suena la frase o el verbo.

Fernando Lázaro Carreter



Pasé mi primer año en España sin ver televisión. Viniendo de Cuba, un país socialista en que este tipo de programas de cotilleo y "del corazón" están prohibidos, algo como Gran Hermano  me parecía muy raro, no lograba comprender qué hacía aquella gente allí, en la pantalla, en una casa encerrados. Lo más irónico en todo esto es que el formato del reality está tomado de operaciones espías estatales en países socialistas. Un mecanismo del régimen comunista y totalitario para custodiar a su oposición ha servido de base para uno de los formatos capitalistas y televisivos más exitosos de los últimos tiempos.

Por consejo de colegas y amigos, quería comprender mejor el país donde vivo, entonces seguí regularmente la edición doce de Gran Hermano y empecé a ver cada cierto tiempo algunos episodios y tardes del más puro y duro cotilleo peninsular. Desde entonces, por ejemplo, comprendo mejor las cosas que pasan en el Congreso y el Senado español, y me parecen más orgánicos, inclusivos, tolerantes y espontáneos los colaboradores de Sálvame que los políticos. España es más que Sálvame, pero también Sálvame es parte de España, y un estudioso de la cultura no puede darse el lujo de desentenderse de ningún fenómeno sociológico y mediático que marque el tiempo y el lugar que habita, pues tendría una visión parcializada de su entorno. Y yo más que criticar y que exponer mis gustos, quiero comprender, explicarme los fenómenos mediáticos. Los que me conocen saben que prefiero la Ilíada y los densos versos de Esquilo. Pero es que hasta el propio Homero fue el primer showman del mundo occidental, eso que nadie lo dude.

Voy a referirme esta vez al sorprendente e indudable protagonismo que alcanza la palabra y el discurso en algunos espacios "del corazón", en detrimento muchas veces del cambio espacial, de la acción directa y del movimiento, si bien es cierto que poco importante o con consistencia se dice en los programas de mayor audiencia y mediáticos (como Sálvame, Gran Hermano, Hay una cosa que te quiero decir, El juego de tu vida, Mujeres y hombres y viceversa...) y que si pensaran por un instante sobre la trascendencia o la pertinencia de lo que han de decir, callarían por un buen rato muchos de sus protagonistas.

Sin embargo, si mirásemos estos programas como espacios de entretenimiento ficcional y realista al mismo tiempo, como continuidad de lo que hemos asumido como "telenovelas", donde el sentimiento, los conflictos, las diatribas personales, las miserias humanas, los padecimientos o logros más íntimos tienen el protagonismo, creo que los juzgaríamos de otro modo. Su objetivo no es ser profundos y filosofar, sino entretener y divertir, conmover y disentir.  

El espacio, el tiempo y la acción son principalmente verbales en estos formatos audiovisuales. Es el lenguaje el mayor protagonista, el arma principal que tienen comentaristas, concursantes, pretendientes, invitados. Un lenguaje que evidencia la variedad de normas y formas del habla del español, el carácter y la capacidad discursiva de los hablantes, así como los distintos diastratos lingüísticos y hasta los niveles de formación y educación de los mismos. 

En este sentido, sucede contrario a lo que señala el académico de la lengua Humberto López Morales sobre las telenovelas. El lingüista destaca que en estas "parece existir una apuesta muy fuerte por el español internacionalizado, a juzgar por la pálida presencia de localismos, no solo idiomáticos, sino históricos, geográficos y sociales en general". Por su parte, en Sálvame o Gran Hermano se imponen y reflejan las diferencias lingüísticas por causa del lugar de procedencia de los colaboradores o concursantes, por su formación y educación, por su procedencia social, etcétera. De modo que muchas veces estos programas son un reflejo de la variedad de normas y de usos del lenguaje en las diversas partes de España e incluso de América. Por tanto, mientras las telenovelas hispanoamericanas estandarizan y neutralizan el uso del lenguaje en busca de un alcance más internacional con vistas a una mayor comercialización, en los realities y "programas del corazón" se opta por un realismo y un reflejo de las diversas variantes del español que muestran la diversidad social y lingüística hispana.    

El lenguaje es un arma, por tanto, que puede ser el mejor aliado o la enemiga principal del mismo que habla. Todo puede pasar. También, muchas veces, es una máscara más o menos visible. Prefiero la variedad lingüística de Sálvame a escuchar a un político decir que en Andalucía se habla mal el español, como si fuera posible hablar “mal” una lengua materna. Por lo menos en Sálvame no discriminan a nadie por su credo, por su opinión, por su procedencia o por su forma de hablar.

Hace tiempo que observo en España un predominio de este tipo de formatos televisivos. Y mi teoría al respecto es que estos realities y los “programas del corazón” son los nuevos “culebrones” de los últimos años. En cuanto a por cientos dentro de la sociedad, creo que hay más personas que conocen a Belén Esteban, Rosa Benito y Kiko Hernández que a las protagonistas del momento en los “culebrones” mexicanos o colombianos, si bien estos novelones interminables, sobreactuados y mediocres siguen teniendo una amplia recepción, internacionalmente hablando. A mí me parece más creíble y orgánica Rosa Benito que Aurora, pero cada uno que escoja y disfrute, al final de eso se trata.

Supongamos que algún español no ha visto en televisión a Belén Esteban, algo muy difícil; sin embargo, simpatizantes, indiferentes y enemigos saben que existe. Esto ya es elemento digno de estudio. Que un programa se mantenga de lunes a viernes durante cuatro horas todas las tardes debe dar, como mínimo, curiosidad. Algo parecido pasa con Mujeres y hombres y viceversa en las mañanas de Telecinco. Sin dudas, Sálvame es el dueño de las tardes televisivas españolas, aunque les duela a muchos y yo mismo quiera la mayoría de las ocasiones otro tipo de programas. 

Quizá ciertos especialistas de los medios y de la cultura española tienen razón y España tiene la televisión que se merece, en detrimento del reconocimiento y el trabajo de profesionales del medio. Hace mucho tiempo que, para entrar a la mayoría de los programas de más audiencia y duración, de poco o nada vale haber estudiado periodismo o simplemente haber estudiado algo, los parámetros de medición y valor han cambiado y el verdadero curriculum son los mismos realities o las relaciones con famosos. Es triste, pero es así, y ellos lo gozan mientras les dure el chollo.   

El público y las grandes televisoras priorizan el drama humano, el protagonismo ciudadano personalizado en máquinas televisivas como Belén Esteban y Rosa Benito o en desconocidos recién llegados y enfocados por unos minutos en Hay una cosa que te quiero decir. Y el triunfo de esto es innegable, por mucho que duela a los puritanos y pseudoacademicistas, porque con el drama de Belén, España lleva ya más de una década. Y la cosa se extiende. Pocas series televisivas pueden mantener ese tirón de audiencia por tanto tiempo. 

Frente a un plató con colaboradores que interrogan, o en medio de una convivencia donde constantemente te filman y te juzgan dentro y fuera, estos nuevos héroes mediáticos se ganan el odio, la empatía, las reacciones más inesperadas dentro de la sociedad, frente y fuera de las cámaras. Se exponen, se atreven, se arriesgan, dejan de ser de ellos para ser de todos. Y para convencer no valen solo las acciones, sino la justificación que den a estas por medio de la palabra, la coherencia discursiva que sean capaces de otorgar a sus actos.

Mientras que en las telenovelas las locaciones son muy importantes, así como los exteriores y el cambio de espacio en general; en los realities basta con una casa o un plató, unas cuantas sillas y gente que se sienta a dialogar o a gritar, a debatir o a ofender, pero todo ello a través del lenguaje. La acción, repito, en estos formatos es a través de la palabra. El verbo se potencia, lo cual me recuerda el protagonismo que alcanzó en el teatro griego y en la épica clásica la palabra como vehículo de la acción, el tiempo y el espacio. Para los clasicistas trasnochados y puritanos aclaro que si bien Belén Esteban no habla como un personaje de Esquilo, recuerdo que también es parte del teatro griego la obra de Aristófanes, donde los improperios, las ofensas, las situaciones disparatadas y absurdas, la sátira, la burla, las palabras subidas de tono, la variación de estilos y de registros tienen una gran importancia. Y ya sabemos que lo trágico y lo cómico, lo alto y lo bajo, lo sublime y lo popular hace tiempo se entremezclan indiscriminadamente en todo tipo de representación y de creación moderna.

Lo mejor que tienen los colaboradores de Sálvame o los concursantes de Gran Hermano es que no esconden de dónde vienen y quiénes son; ellos mismos reconocen no ser grandes estudiosos de nada ni pretenden serlo; tampoco están en sus lugares en calidad de ello. En la postmodernidad todos los valores se ponen en tela de juicio, y Belén Esteban no es famosa por haber descubierto una vacuna contra la malaria ni por haber estudiado la "generación del 27", sino por su imagen de madre soltera sacrificada y humilde, de mujer enamorada, sin estudios, pero espontánea y luchadora. De ahí parte su gran construcción en la pantalla, su superproducción que podemos creer o cuestionar, pero que difícilmente eludiremos. Y la de San Blas cuenta con su lengua y su carácter para hacer frente a todo, en las más variadas situaciones, en tonos y estados diferentes.


Hay un elemento que ha hecho que estos formatos superen en gran medida a las novelas latinoamericanas, en España al menos, y es que en este caso los personajes no son o no se reconocen como actores, no estamos en presencia de un actor llamado X que encarna a un personaje Y, sino que en los realities, persona y personaje se funden, son la misma cosa vida y ficción; y eso encanta a determinado tipo de espectadores: ver a Belén Esteban en la calle es encontrarse con la persona que ha contado su vida, cuya trama es de conocimiento público y de la que muchos nos sentimos parte, partícipes, con derecho a opinar y a decidir, no hay límites entre la pantalla y la calle. A veces uno no sabe qué dijo Rajoy o dónde anda el presidente de este país, o el nombre de cierto ministro, pero todos han oído que Belén Esteban acaba de dejarlo (una vez más) con Frank, hayan o no visto Sálvame esa tarde.

Más allá y a pesar del precio que tienen que pagar los personajes mediáticos por hacer públicas sus vidas, al espectador le atrae saber que ya no hay diferencia entre actor y personaje, entre realidad y ficción, porque, aparentemente al menos, se han borrado esas fronteras que por siglos caracterizaron los productos dramatizados: el culebrón y sus protagonistas también están en las calles. Los realities, por tanto, han revolucionado el concepto de drama tradicional y no solo han hecho caer la cuarta pared, sino que han convertido el mundo cotidiano en un escenario, en un plató, en una telenovela, y viceversa. Estos dramas amorosos, cotidianos, generacionales; las diatribas y los enfrentamientos encarnizados no son parte de una obra de ficción, sino que los propios seres humanos ficcionalizan su realidad a través de la pantalla, o mejor, hacen de la pantalla una continuidad de sus propias vidas, y del drama familiar y personal una continuidad en los medios.

Escenas en que la intimidad se funde con el espectáculo, en que el drama humano y doméstico directamente incide en la pantalla, en que el ser y el parecer es una misma cosa, en que actuar y vivir convergen; una especie de red que al entrar en ella difícilmente se podrá uno desentender o alejar. Los mismos comentaristas y profesionales "del corazón" reconocen que una vez que alguien se sienta en una silla y cuenta su vida en el plató, divide su existencia en un antes y un después. Nada vuelve a ser igual y el show debe continuar, al precio que sea. La misma periodista María Patiño reconoce que hay que ser muy valiente para exponerse de ese modo ante las cámaras.

En estos productos audiovisuales, el lenguaje en general se muestra libre, sin perspectivismos académicos o filológicos; y el formato se resiente más cuando algunos de los comentaristas, como Pipi Estrada o algunos “ganchos del amor” de Mujeres y hombres y viceversa (como David Morales y Vicente Herrero), se erigen como las promesas de la nueva pseudoretórica hispana, como grandes y profundos "comunicadores". No hay nada más ridículo que ver a los mediocres pretendiendo ir de versados y conocedores. Es preferible escuchar un habla más espontánea, más libre y refrescante en la línea de Belén Esteban, Mila Ximénez o Miriam Sánchez. Me parece mejor la actitud de un Kiko Hernández, ese gran y diestro manipulador, que reconoce claramente que su trabajo es una ganga y no sabe cuánto le durará, pero que debe aprovechar hasta que pueda, porque entiende que él no hace nada trascendente, nada importante, solo cotillear, divertir, enterarse de la vida de otros y comentarla.

Recuerdo, por ejemplo, cuando el presentador José Manuel Parada Rodríguez fue de invitado a Sálvame para hablar sobre la relación amorosa entre Chelo García Cortés y Bárbara Rey (acontecimiento que tuvo lugar cuando Chelo era novia de este). En esa ocasión, el presentador intentó desacreditar a Belén Esteban por no ser una profesional de los medios y por no poder compararse con él, que era alguien con una carrera reconocida. Demás está decir lo que, merecidamente, le sobrevino a Parada, porque el profesionalísimo no había ido en calidad de presentador ni a debatir sobre su programa de cine, sino a hablar de su vida íntima y a declarar si se había acostado con Chelo y Bárbara, o si estas se habían acostado más de una vez juntas. En ese momento, Mila Ximénez estalló de modo categórico y directo, con el estilo desenfadado y delirante de la colaboradora que coloca de golpe a la gente en la realidad pura y dura. Le dijo a Parada que a ella le importaba muy poco su programa televisivo y su carrera profesional, que no le interesaban en absoluto sus logros curriculares, pues él no estaba allí en calidad de artista o intelectual, que a él le estaban pagando por decir si se había acostado con Chelo y Bárbara, que no dijera más tonterías y hablara de una vez. Ya lo he dicho, en estos formatos, el código de valores es otro.


Quisiera también poner de colofón de estos programas el Deluxe en que Bárbara Rey reconoció que había tenido “una noche de amor” con Chelo. En mi experiencia audiovisual pocas veces he visto una escena, un crescendo, una organicidad, una profundidad psicológica, un dramatismo, una grandilocuencia semejante a la de Bárbara. El espectáculo era ahora su propia declaración; con sus palabras, sus lágrimas, su entonación fue llevando a los oyentes, a Chelo misma hacia un aumento de la tensión que desencadenó en una confesión agónica y monumental. Otra vez se hacía la luz, a través de la palabra, en las escenas más íntimas y personales de dos seres humanos. Por medio de un discurso evocador, conmovedor y orgánico, Bárbara cortó la respiración de todos sus espectadores.  

La movilidad de espacio y tiempo que da la palabra es increíble a veces, esto queda claramente de manifiesto en la misma reconstrucción de los hechos que hace Bárbara de esa "noche de amor" con Chelo que tuvo lugar décadas atrás, en la historia de la traición de Amador a Rosa ocurrida hace treinta años y en las introducciones biográficas que da Jorge Javier a cada uno de los casos que presenta en Hay una cosa que te quiero decir. El presentador ubica al receptor en situación a través de los antecedentes que nos hablan de la tragedia o las circunstancias que ha padecido el invitado en cuestión hasta el presente. Luego todo se resuelve a través del diálogo entre los invitados que muchas veces pueden haber perdido el contacto durante décadas por las más variadas razones.

Tanto en este formato como en Sálvame o en la misma historia de Rosa Benito, el pasado y el presente se entrecruzan, los espectadores y los colaboradores se mueven en espacios y tiempos disímiles a través de la narración, de la invocación casi mágica, demiúrgica del verbo. En medio de todo ello, a través de los sonidos que son invisibles, uno reordena una historia, se crea una escena en la mente, reconstruye los hechos paso a paso, entre anticipaciones y retrospectivas. A estas alturas todo espectador ha recreado en su mente la habitación en que Chelo y Bárbara se acostaron, y esto mueve a la imaginación y a la intriga humanas. Mucho de ojo homérico, de narrador épico y también de parodia a ese mismo ojo hay en todo esto, por mucho que los estudiosos de corbata almidonada quieran negarlo.

Inclusive, por medio de estos programas en que los personajes hablan desde su cosmovisión (más o menos amplia), desde su formación y sus actitudes, uno puede entender la labor de los bardos y juglares, de los rapsodas y los aedos antiguos: con solo una historia contada, con tener un conflicto verbal y vivo o revivido, el espectador se somete al hechizo de eso que hemos llamado “televisión basura”. No hace falta la representación cronotópica, basta con el escenario de las palabras.    

La palabra individualizada es, en estos formatos, reflejo y testimonio de un carácter, de una forma de ser, del descalabro, del dolor, de la ironía, de los errores, de los triunfos, de los cambios de fortuna, de la vida misma. Ya sabemos que algunos, como Lydia Lozano, no tienen mucho que decir, carecen cada vez más de coherencia, pero eso no impide que uno se sorprenda con cada frase, con una reacción, con la declaración última. Como un prisma de argumentos, las historias se entrecruzan, programas como Sálvame recuperan y entrelazan distintas historias, retoman o hacen aparecer nuevos cotilleos. La Pantoja, la Benito y la Esteban en una tarde, tres superproducciones en una, y todo a través del lenguaje, no hace falta más.

Al menos ellos tienen claro que pretenden divertir y cotillear, lo dicen a las claras, no engañan a nadie. Otros hacen menos y pretenden más. El gato al agua en Intereconomía dice ser un programa serio, y en verdad es menos serio y más ridículo que Sálvame. La ridiculez y el divertimiento son a las claras parte de los objetivos de un programa como Sálvame. Otros son ridículos y ofensivos y ni siquiera divierten. Yo, a pesar de todo lo que aleguen en contra, prefiero escuchar a Karmele decir: “no hay nada más que me guste en esta vida que la anestesia”, lo cual, nos parezca bien o no, puede ser entendido hasta como un lema de nuestro tiempo.




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