domingo, 15 de julio de 2012

VENUSBERG

A FÉLIX, POR SUPUESTO



Este domingo está dedicado, sin dudas, a Wagner y a Blake. Pero el tema que me ha llevado a Wagner esta mañana me remite a autores como Platón y al poeta español Gil de Biedma, cuyo poema "Pandémica y celeste" ya he presentado al lector de este blog

Pandémica y celeste: la oposición entre el amor profano, carnal, mundano y el espiritual, puro y casto sigue siendo el referente que usa Wagner en su ópera, maravillosa y vibrante, titulada Tannhäuser, nombre del personaje principal, cuyos móviles internos e inquietudes espirituales son el punto de partida y el eje temático de esta pieza.

El primer acto de la obra de Wagner comienza en el Monte de Venus (Venusberg), del cual quiere escapar Tannhäuser. A partir de los conceptos rígidos de la época, de los valores éticos y morales tan esquemáticos del período, se hace una división entre un Eros ideal y un Eros físico, carnal. Como ya he dicho al hablar de Gil de Biedma, el punto de partida de estas ideas es Platón, que presenta una Venus urania y otra pandémica y terrenal. Opone así lo elevado y sublimo con lo bajo y pecaminoso, un esquematismo que llega hasta nuestros días y que el cristianismo ha propagado como regla que rige más partes de la vida de religiosos y no religiosos de la que pensamos y desearía yo mismo.

En general, el segundo acto es una versión cristianizada y cantada del Banquete de Platón: los asistentes entonan su concepto del amor y el ganador tendrá la mano de la sobrina del rey turingio, Elisabeth, amada por nuestro protagonista. Allí Tannhäuser se atreve a confesar que ha estado en el Monte de Venus, que conoce el lugar y su ambiente, canta al amor profano y es amenazado de muerte por los demás. Elisabeth intercede por él asegurando que Tannhäuser regresará a Dios. Lo que Platón nos presenta como oposición de dos Venus, en la obra de Wagner, por mediación de la doctrina cristiana, se presenta como Dios versus Satán, pureza contra pecado, lo celestial opuesto a lo terrenal.



El final, en que los amantes mueren uno sobre otro, recuerda a Romeo y Julieta, por lo que esta obra decimonónica es una fusión de ciertas ideas platónicas, cuentos de la tradición germana relacionados con Venus y con la competición de trovadores, el moralismo cristiano, y la tragedia Shakespeareana.

Pero ante la mirada contemporánea hay dos elementos que son los de mayor relevancia: la música y la actitud de Tannhäuser. La pieza de Wagner es un laberinto de sensaciones, envuelta en unos claroscuros melódicos que crean una atmósfera surreal y al mismo tiempo introspectiva. La obertura es una de las mejores melodías que he escuchado.

La primera vez que escuché esta música fue en la parodia fabulosa de la Warner Bros (What´s opera, doc?), donde el conejo Bugs se traviste y hace el supuesto papel de Elisabeth, aunque el filme animado es una sátira principalmente de El anillo del nibelungo y es, por tanto, la doncella Valquiria el personaje femenino. El ballet clásico, los temas operísticos de Wagner y el decorado neoclásico son parodiados por el director Chuck Jones de modo refrescante y divertido. Que sirva el referente para desacralizar más tanto la melodía como el serio argumento wagneriano, y para romper falsos moralismos y dañinos esquemas:





Tannhäuser nos da una lección que llega a nuestros días y entronca con la interpretación que defiendo en el análisis del poema de Gil de Biedma: el protagonista, agobiado por tanta carnalidad, por el disfrute desmedido del sexo de forma casi automática, mecánica en el reino citéreo, quiere escapar del Monte de Venus al comienzo de la obra wagneriana. No le satisface ese mundo de exaltación del deseo carnal. Por eso huye, quiere irse a Roma, hasta que decide regresar a donde está su amada Elisabeth, a la que extraña y ama de forma pura y sincera. Pero al llegar a palacio y enfrentarse a una competición donde todos cantan al amor sublime y divino, se siente sobresaturado por tanta abstracción celeste de algo que a la vez que lo siente en su corazón desea materializarlo y demostrarlo con su cuerpo. Tannhäuser no se siente cómodo en ninguno de los dos ambientes, está descolocado, fuera de lugar. Aunque Wagner no lo dice a las claras, como hoy podemos declararlo, queda demostrado con el comportamiento de su personaje que:

No hay cielo sin tierra, logos sin physis, arriba sin abajo, estrellas sin arena. Conjunción de lo estético, lo voluptuoso y lo trascendente. Hay algo de orgásmico en lo estético. La mente no se eleva si la mano no toca. Todo esto parece decirnos el autor. Comprobadlo.