jueves, 19 de abril de 2012

"[E]l que estaba soñando entre sábanas de espuma"

A L.C. en el 110 aniversario de su nacimiento



De 1924 a 1927 Luis Cernuda escribió lo que reúne dentro de su obra poética La realidad y el deseo como Primeras poesías. La primera vez que leí estos poemas era estudiante de Filología en la Universidad de La Habana. Iba en las tardes a la biblioteca de San Juan de Letrán en el Vedado habanero (exactamente en 19 entre I y J) y pedía el ejemplar: pasaba horas leyendo al andaluz. Hoy, al releer estos textos confirmo aquellas notas que tomé como primeras impresiones.

Hay algo de iniciático en el verbo de este joven sevillano. Su asomo, la casi presunción de un cuerpo, el ojo que (d)escribe desde la ventana es apenas insinuación. La brisa esbelta, la primavera, un cuadro natural y vivo es lo que vemos en primer plano. La figura humana está ausente, velada, se confunde con el paisaje, va emergiendo como luz tenue o como sombra leve desde la misma penumbra de la habitación que contrasta con el exterior luminoso y vivo. Cernuda perfila el ansia en el aire, el cuerpo del deseo va apareciendo entre la maleza primaveral. A medida que avanza el poemario, la relación y fusión entre naturaleza y visión del poeta es más intensa.

Precisamente este poemario, la primera vez que fue publicado, se tituló Perfil del aire. El poeta busca apresar el cuerpo de lo inasible, perfilar con su palabra iniciática ("como dichas primeras/ primeras golondrinas") lo imposible que poco a poco surge, que alcanza materialización. El deseo oculto hecho metáfora, cuerpo "entre sábanas de espuma".

El primer poema del cuaderno tiene una técnica que podría calificarse de ocular. El verso repasa el entorno desde la mirada del sujeto lírico: la naturaleza, el viento, el cielo, el verde en derredor son los protagonistas hasta que todo queda encuadrado (en la última estrofa) dentro de los límites geométricos de una ventana desde la cual alguien sueña.

Un "[d]esengaño indolente/ y una calma vacía", junto a un "limbo extático" evidencian que en medio de esa quietud aparente, del verde primavera, del soplo estival hay un "[m]orir cotidiano" que se funde en un "abismo deleitoso". Tras la ventana, entre almohadas y lecho de ébano, mientras lo incierto es tangible, hay un cuerpo difuso que sueña en tránsito y contraluces.

Los versos "el cuerpo se adormece/ aguardando la aurora" me recuerdan el poema "Víspera" de Emilio Ballagas, en ese instante anterior a todo movimiento, al arranque, al golpe rotundo con la realidad. Y en cierto modo todo el cuaderno del joven Cernuda se mueve entre los muros y el jardín, a veces pretendiendo el horizonte, pero sin dar el salto hacia el otro lado, hacia el mundo sobre el cual tiene sus reservas.

Cierta adjetivación y algunas parejas de sustantivo y adjetivo en los textos evidencian una dualidad de gran valor conceptual dentro del poemario. Ya he citado algunos ejemplos como "calma vacía", "limbo extático"; podrían agregarse "sombra luciente", "abismo deleitoso", "nada divina", "tibio vacío", "belleza fugaz". 

Nótese que en los pares siempre hay un elemento desestabilizador, contradictorio, que crea un desequilibrio con el otro término que propone o pretende sosiego, paz, luz o placer. El resultado refleja un mundo en que la angustia se confunde con el disfrute, en que junto al letargo el éxtasis asoma, en que la realización conduce al exterminio. El pálpito vital está amenazado constantemente por un resbaladero abismal.

A partir del poema V, la aparición de la primera persona cambia el rumbo y la visión del cuaderno. De ese cuerpo difuso que se mueve entre el otro y el propio yo autocontemplándose, se pasa a un sujeto que declara: "sobre la tierra estoy" y "existo, bien lo sé". Esta autoafirmación lleva, al mismo tiempo, al diálogo, a la búsqueda del otro a través del deseo, como es evidente en el poema VII:

Quiero como horizonte
para mi muda gloria
tus brazos, que ciñendo
mi vida la deshojan.

Junto a la desolación y a la fugacidad de la vida, el sujeto lírico transita de un cuerpo apenas insinuado y oculto, a un cielo sin nubes arquetípico, a un ángel que surge en medio de las calles, a un Narciso cuyo paroxismo especular termina en soledad. Más de una vez la añoranza del otro tiene su confirmación en el cristal, en el reflejo.

El poema XII es, sin dudas, preludio y condensación de algunas de las temáticas más importantes en la poética cernudiana: el placer efímero, la imposibilidad del amor, la fugacidad del instante feliz, la soledad, el deseo en contraste con la realidad, la añoranza, así como encontramos palabras claves de su lírica: sueño, noche, rosa, deseo, mar, tierra.

XII

Eras, instante, tan claro.
Perdidamente te alejas,
dejando erguido al deseo
con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño
pálidas aguas sin fuerza,
mientras se olvidan los árboles
de las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,
sola su viva presencia,
y la lámpara ya duerme
sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas
las rosas que ayer abrieran,
aunque aliente su secreto
por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa
será soledad de arena
donde el amor yazca en sueños.
La tierra y el mar lo esperan.

Dueño de la brisa, del mar, de la luz, de la noche, Cernuda se nos revela como un Baco mustio "dejando erguido al deseo/ con sus vagas ansias tercas". Se reconoce en la palabra prístina como desterrado, desposeído, solo. Mediante un verso diáfano, a través de una languidez que es sincera y casta al mismo tiempo, su voz se confunde entre el verde y la soledad, se desdobla entre el yo y el otro, ante el reflejo, buscando en el instante, en el roce momentáneo del placer la más mínima confirmación del logos, del uno arquetípoco, de la belleza.


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