lunes, 2 de abril de 2012

Consejos cervantinos a los escritores

En una supuesta conversación con un amigo en el prólogo del Quijote, Cervantes, agobiado por las posibles limitaciones de su texto, de su hijo enjuto y seco (por no tener una lista de los autores que sigue, por no contar con poemas laudatorios de personajes ilustres de las letras, por no tener citas de Aristóteles u Horacio y por no poseer sabias anotaciones al margen) recibe consejos de su compañero que se erigen hoy como la meta a la que todo buen escritor ha de tender, echando a un lado tanto latinismo impostado y la pseudo-sabiduría ramplona tan fácil de reproducir y de camuflar dentro del texto, como bien demuestra este amigo especular.

Con este desdoblamiento ficcional, dialógico de Cervantes, con esta modestia de su parte (al subestimar su obra) y con la rápida respuesta y solución de su amigo (que no es más que él mismo vuelto tercero con voz), el autor español cuestiona la pacatería y la falsa erudición de la época, demuestra lo fácil que es falsear esos elementos formales que se esperan como encabezamiento y como referencias de una obra, y desde nuestro punto de vista contemporáneo, parecería hasta una burla al querer encontrar en todo intertextualidades, o querer darle carácter erudito a lo que escribamos, ya porque lo exija la academia o porque en la época era moda.

El proceso de imitatio, tan bien descrito por Quintiliano, se había vuelto falserío culterano y no proceso metabólico adquirido a través de la lectura bien asimilada. Se confundía (suele pasar también hoy) talento con catálogo de cita y autores. Por eso el amigo ficcional dice y aconseja al Cervantes ficcional: 
  
Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que, cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina malfundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.

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