domingo, 18 de marzo de 2012

XARIS o sobre la estética en la actitud



La madre de un amigo se sienta a ver CSI en las tardes del sábado. Pasa la semana trabajando, y el fin de semana disfruta viendo la serie y las tres pelis del más bajo estilo hollywoodense que echan en la cuatro. Pero mi interés no está simplemente en lo que ve, sino en su actitud; no es el contenido, es cómo defiende su derecho a ver lo que le gusta. Pasa horas y horas allí. Tiene más de 65 años y encuentra un gozo en la búsqueda detectivesca frente a la pantalla, en el misterio, lo cual es visible en su aspecto, en su rostro.

No me refiero solo, por tanto, a la belleza de la juventud (la cual carece muchas veces de criterio y constancia), ni a la belleza física, ni al cultivo del cuerpo, ni a un concepto de lo bello heredado ya sea por la tradición occidental, asiática, mesoamericana o árabe (aunque todo ello, como particularidades, se engloba en lo que quiero defender). Hablo de algo más universal y menos visible, hablo de la "gracia", del cinturón de Afrodita, que no solo es evidente en "la belleza del movimiento", como la define Friedrich Schiller, sino que es más bien una actitud. No se trata, por tanto, de estar en movimiento o en reposo, es más bien una conducta que deviene estética y hasta ética.

Es esa actitud la que hace trascendente y hermoso al ser humano. Borges cita a Spinoza. Dice que la piedra persiste en ser piedra, y Borges mismo es conocido, es notorio hoy por el empeño y el gozo que puso y encontró en el músculo del lenguaje, en el fatigoso deleite del pensamiento. Persistir en nuestra esencia, ahí está el reto y el misterio para alcanzar la realización.

Puede ser visible en el énfasis fervoroso que hace mi profesor cuando lee su propio artículo, o en esa constancia y disfrute de la madre de mi amigo con sus series y sus pelis que a nosotros nos podrían parecer solo mal cine, cine-basura. El cirujano que con su mano, durante ocho horas, insiste y hurga, sana con el corte sangriento. El lector que se instala en una frase críptica, en un verso de Góngora, en una máxima de Teognis hasta que la revelación del conjunto le sobreviene. La repetición del ejercicio en la barra de un danzante. Todos estos son ejemplos proféticos, movimientos que anteceden al resultado final, a ese cuerpo tangible o de pensamiento que precisamos.

Me refiero, por tanto, a la constancia cuando se confunde felizmente con el disfrute, a la perseverancia y al esfuerzo cuando ello trae consigo gozo. Me refiero al denuedo que es casi lujuria (física, psíquica, mixta) y que nos vuelve mejores personas, mejores creadores, o simplemente mejores. A la madre de mi amigo le cambia para bien el humor y se divierte, al bailarín el pie se le sostiene un centímetro más alto y, sudoroso, sonríe.

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