El archivo tiene fecha del 8 de septiembre de 2009. Salí de Cuba con la reseña empezada, pero nunca la entregué a ninguna publicación periódica, en principio porque pensé ser más explícito y extenderme un poco más. Hoy no tengo los libros cerca y eso me impide precisar, ampliar. Quizá sea mejor así. Creo que aquí está la esencia de lo que aquellas lecturas me hicieron sentir en mis últimos días en La Habana.
Nelson Simón y Rubén Rodríguez son hoy dos de los autores más talentosos que tiene Cuba. La alegría de leer, de volver a paladear la lectura con el mismo entusiasmo de un niño: fue eso lo que experimenté con estos libros que brevemente reseño. Esta nota es una muestra humilde, pequeña, breve de agradecimiento a los autores.
Nelson Simón y Rubén Rodríguez son hoy dos de los autores más talentosos que tiene Cuba. La alegría de leer, de volver a paladear la lectura con el mismo entusiasmo de un niño: fue eso lo que experimenté con estos libros que brevemente reseño. Esta nota es una muestra humilde, pequeña, breve de agradecimiento a los autores.
También hablo del libro de Mildre Hernández, por la feliz y lograda idea de conjugar mitología, astronomía y sentimientos a partir de esas fantasías epistolares que propone de constelación a constelación.
He aquí el texto que estuvo hasta hoy perdido entre mis carpetas digitales, que viajó conmigo de La Habana a Madrid en una memoria flash y que ahora lanzo por esta ciberventana.
He aquí el texto que estuvo hasta hoy perdido entre mis carpetas digitales, que viajó conmigo de La Habana a Madrid en una memoria flash y que ahora lanzo por esta ciberventana.
Dentro del panorama
literario infantil cubano se patentiza una tendencia a acercarse a la
cotidianidad en los últimos libros publicados, así como el propósito de
actualizar los mitos, las leyendas y los cuentos de hadas de un modo desenfadado y lúdico, al extremo, incluso,
de llegar no solo a la parodia sino a la negación de esa zona de larga
tradición dentro de los textos escritos para niños.
Los últimos títulos
y autores laureados con el premio La
Edad de Oro convocado por la Editorial Gente
Nueva, dan fe de la permanencia de una sensibilidad universal, a la vez que
tratan (sobre todo en el caso de Nelson Simón) de fusionar los temas del amor,
la felicidad, la familia, con un color local y con las tendencias últimas
dentro de la sociedad cubana, teniendo en cuenta para ello las características
y las modas más actuales de los adolescentes, así como las posibilidades varias
de orientación sexual y de otras particularidades que no por ser poco frecuentes
o por no estar aceptadas o bien vistas por la “tradición” o la “norma” deben
tomarse como “incorrectas”.
Para ello el autor utiliza
una galería de personajes que, si bien se ubican en lo más actual de nuestra
sociedad, vienen a ser casos raros, seres de una sensibilidad especial, y de
gustos que los diferencian del común de sus compañeros. Nelson Simón acerca al
público (infantil y adulto) con sus Cuentos
del buen y el mal amor a los problemas cotidianos que enfrentan tanto los
niños como los mayores, dígase el divorcio, la pérdida del ser amado, la
desesperanza, el sacrificio, otras formas de la heroicidad, la amistad, las
distintas maneras de aproximarse a la belleza, el homoerotismo, entre otros,
sin dejar a un lado las imágenes diáfanas, el discurso lírico al que nos tiene
acostumbrados. El autor propone que el niño entienda los problemas , las razones de la muerte o la separación de sus padres de un modo natural, y no que estos le sean ocultados.
Rubén Rodríguez,
por su parte, a través de su alta capacidad asociativa e imaginativa, y (a diferencia del ejemplo anterior) desde
una cronotopía más resbaladiza y menos definible, une distintos elementos y
referentes de la literatura universal y de las historias infantiles ya
conocidas como clásicas para, a partir de ellos y de la conformación de un
espacio mitificador, crear una saga como
la de su personaje Leidi Jámilton. Con ella persigue y alcanza divertir y
enseñar, instruir jugando, aprender sonriendo, como intentaron también en su
tiempo Lucrecio, Horacio y el Infante Don Juan Manuel.
Desde un discurso donde lo mágico y lo sorprendente se vuelven claves y presupuestos indispensables, y donde la parodia y el humor viabilizan de modo ameno las enseñanzas, Peligrosos prados con vaquitas blanquinegras asegura la pervivencia de la fantasía y de la imaginación, y además persiste, a semejanza de los cuentos de Nelson Simón, en la necesidad de la aceptación y el respeto al otro, a la pluralidad de gustos y caracteres.
Con el mismo afán
universalista, desde una postura y un tono más serio que el que mueve a los
hermosos y disparatados personajes de Rubén Rodríguez, Mildre Hernández recorre
las constelaciones en Cartas celestes,
reescribe y acerca al lector a las leyendas de la tradición grecolatina a
partir de las epístolas que intercambian los amantes mitológicos y estelares. Las
claves de interpretación en estas cartas no son muy evidentes. El cuaderno se
convierte en un camino de discursos y amantes inesperados que dialogan y confiesan su amor.
El glosario astronómico y mitológico que se agrega al final del libro permite acceder a las pistas necesarias para comprender cabalmente las misivas y a sus emisores y receptores. Pero tal vez lo más impresionante del libro es que, a partir de los textos se despierta el interés por la búsqueda, por la indagación en los temas de astronomía, que con tanta frecuencia llaman la atención de los niños y en la tradición grecolatina, que una vez más sirve de soporte para hablar de temas tan universales como el amor y la muerte desde un lirismo y una vocación poética innegables.
Los tres libros confirman la capacidad fabuladora, de mitificación e instructiva que mantiene la literatura, ya sea creando nuevas sagas míticas (en el caso de Rubén), partiendo de leyendas antiguas que son leídas desde nuestra sensibilidad contemporánea (como hace Mildre) o mostrando a esos héroes cotidianos que podríamos señalar y reconocer en el parque, la plaza o las calles del pueblo (como leemos en Nelson).
El glosario astronómico y mitológico que se agrega al final del libro permite acceder a las pistas necesarias para comprender cabalmente las misivas y a sus emisores y receptores. Pero tal vez lo más impresionante del libro es que, a partir de los textos se despierta el interés por la búsqueda, por la indagación en los temas de astronomía, que con tanta frecuencia llaman la atención de los niños y en la tradición grecolatina, que una vez más sirve de soporte para hablar de temas tan universales como el amor y la muerte desde un lirismo y una vocación poética innegables.
Los tres libros confirman la capacidad fabuladora, de mitificación e instructiva que mantiene la literatura, ya sea creando nuevas sagas míticas (en el caso de Rubén), partiendo de leyendas antiguas que son leídas desde nuestra sensibilidad contemporánea (como hace Mildre) o mostrando a esos héroes cotidianos que podríamos señalar y reconocer en el parque, la plaza o las calles del pueblo (como leemos en Nelson).




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