domingo, 25 de marzo de 2012

Segovia o el misterio sonoro de la luz



Para Claudia y Elsy que, como el verso de San Juan de la Cruz, 
me acompañaron en este viaje. 
De la nieve primera a esta luz primaveral del recuerdo.

A María Zambrano.


Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.


Participar en el III día internacional de la Poesía en Segovia ha tenido para mí una mayor trascendencia que ver algún texto mío publicado en una antología española. Este elemento se volvió secundario a lo largo de la jornada. El verdadero milagro estuvo en descubrir el verbo en el entorno, en una comunión que vino a través del peregrinaje comenzado a las 11 y 15 de la mañana tras los pasos de Juan de la Cruz, un hombre que dejó su verso en el aire y las marcas de sus manos y su obra sobre las canteras de piedra de la zona.

Más que una explicación del camino que recorrí con los demás autores y colegas, pretendo hacer dialogar imágenes con versos del místico para que el visitante de este sitio pueda captar, al menos por milagrosa intuición, la cercanía que hay en este autor entre vivencia, convicción, entorno y poesía. 

Haber recorrido y visitado los lugares en los que uno de los autores españoles más importantes de la poesía sagrada vivió, meditó, impartió clases al aire libre, trabajó, cultivó, me convierte en un privilegiado junto a los demás visitantes en este día de hermandad poética y espiritual. Anteriormente esto mismo pretendieron Antonio Machado y María Zambrano, sin poder realizarlo, como dejaron escrito.

Urna donde se conservan los restos de la cabeza y el tronco de San Juan de la Cruz

¡Sácame de aquesta muerte
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero. 

Primeramente, como se lee en la placa, los restos mencionados del poeta y religioso estuvieron aquí, en esta tumba del suelo de la capilla

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!


Esta tumba, como se ve, corresponde más a la vida humilde, cercana al milagro de la tierra que vivió el poeta, más que la urna imperial y suntuosa en la que hoy descansa parte de sus restos

Vista, dentro de la huerta de San Juan de la Cruz, hacia el Alcázar y la ciudad antigua de Segovia

Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos


Camino entre la capilla y la huerta, hacia la casa

Cueva natural bajo las canteras de piedra que trabajó el propio San Juan de la Cruz para hacer su casa

Vista de parte de la huerta




Para venir a lo que gustas
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres.


Ascensión hacia la casa, hacia la luz, hacia las vistas panorámicas de la ciudad y la sierra


Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.




Lugar que le servía de nicho y recogimiento desde el que el poeta observaba el paisaje y veía las "ínsulas extrañas" que formaba el caprichoso cauce del río 
Este se considera un árbol conservado del tiempo del poeta 





¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.




Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.


Para ir a confesar a las monjas carmelitas, San Juan de La Cruz hacía un camino cuesta arriba hacia la ciudad diariamente. Este es parte del itinerario.

Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.




Los ríos sonorosos.

Los ríos tienen tres propiedades: la primera, que todo lo que encuentran embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los bajos y vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido, que todo otro sonido privan y ocupan. Y porque en esta comunicación de Dios que vamos diciendo siente el alma en él muy sabrosamente estas tres propiedades, dice que su Amado es "los ríos sonorosos".



Pocas veces la imagen, el paisaje ha hecho en mí una evocación tan profunda de la obra poética de un autor. Horacio dijo que como la pintura era la poesía; en San Juan de la Cruz podemos afirmar que la poesía es paisaje, que el paisaje es palabra, que este hombre sentía en el viento y en la espesura la voz que luego reproducía en sus conversaciones versificadas.

En San Juan de la Cruz el exterior es interior y viceversa. Por eso esta mañana del 24 de marzo Segovia se me reveló con el verso en el aire, en el silbo y la silva apacibles. En la luz, en el viento, en el tímido y cálido sol de una primavera emergente, San Juan de la Cruz regresaba a través del camino, de la piedra sobre la que trabajó y en medio de la luz de su palabra que se renueva entre los nuevos brotes.

domingo, 18 de marzo de 2012

XARIS o sobre la estética en la actitud



La madre de un amigo se sienta a ver CSI en las tardes del sábado. Pasa la semana trabajando, y el fin de semana disfruta viendo la serie y las tres pelis del más bajo estilo hollywoodense que echan en la cuatro. Pero mi interés no está simplemente en lo que ve, sino en su actitud; no es el contenido, es cómo defiende su derecho a ver lo que le gusta. Pasa horas y horas allí. Tiene más de 65 años y encuentra un gozo en la búsqueda detectivesca frente a la pantalla, en el misterio, lo cual es visible en su aspecto, en su rostro.

No me refiero solo, por tanto, a la belleza de la juventud (la cual carece muchas veces de criterio y constancia), ni a la belleza física, ni al cultivo del cuerpo, ni a un concepto de lo bello heredado ya sea por la tradición occidental, asiática, mesoamericana o árabe (aunque todo ello, como particularidades, se engloba en lo que quiero defender). Hablo de algo más universal y menos visible, hablo de la "gracia", del cinturón de Afrodita, que no solo es evidente en "la belleza del movimiento", como la define Friedrich Schiller, sino que es más bien una actitud. No se trata, por tanto, de estar en movimiento o en reposo, es más bien una conducta que deviene estética y hasta ética.

Es esa actitud la que hace trascendente y hermoso al ser humano. Borges cita a Spinoza. Dice que la piedra persiste en ser piedra, y Borges mismo es conocido, es notorio hoy por el empeño y el gozo que puso y encontró en el músculo del lenguaje, en el fatigoso deleite del pensamiento. Persistir en nuestra esencia, ahí está el reto y el misterio para alcanzar la realización.

Puede ser visible en el énfasis fervoroso que hace mi profesor cuando lee su propio artículo, o en esa constancia y disfrute de la madre de mi amigo con sus series y sus pelis que a nosotros nos podrían parecer solo mal cine, cine-basura. El cirujano que con su mano, durante ocho horas, insiste y hurga, sana con el corte sangriento. El lector que se instala en una frase críptica, en un verso de Góngora, en una máxima de Teognis hasta que la revelación del conjunto le sobreviene. La repetición del ejercicio en la barra de un danzante. Todos estos son ejemplos proféticos, movimientos que anteceden al resultado final, a ese cuerpo tangible o de pensamiento que precisamos.

Me refiero, por tanto, a la constancia cuando se confunde felizmente con el disfrute, a la perseverancia y al esfuerzo cuando ello trae consigo gozo. Me refiero al denuedo que es casi lujuria (física, psíquica, mixta) y que nos vuelve mejores personas, mejores creadores, o simplemente mejores. A la madre de mi amigo le cambia para bien el humor y se divierte, al bailarín el pie se le sostiene un centímetro más alto y, sudoroso, sonríe.

jueves, 1 de marzo de 2012

De viejos y nuevos mitos y héroes en la literatura infantil cubana


El archivo tiene fecha del 8 de septiembre de 2009. Salí de Cuba con la reseña empezada, pero nunca la entregué a ninguna publicación periódica, en principio porque pensé ser más explícito y extenderme un poco más. Hoy no tengo los libros cerca y eso me impide precisar, ampliar. Quizá sea mejor así. Creo que aquí está la esencia de lo que aquellas lecturas me hicieron sentir en mis últimos días en La Habana. 


Nelson Simón y Rubén Rodríguez son hoy dos de los autores más talentosos que tiene Cuba. La alegría de leer, de volver a paladear la lectura con el mismo entusiasmo de un niño: fue eso lo que experimenté con estos libros que brevemente reseño. Esta nota es una muestra humilde, pequeña, breve de agradecimiento a los autores.

También hablo del libro de Mildre Hernández, por la feliz y lograda idea de conjugar mitología, astronomía y sentimientos a partir de esas fantasías epistolares que propone de constelación a constelación. 


He aquí el texto que estuvo hasta hoy perdido entre mis carpetas digitales, que viajó conmigo de La Habana a Madrid en una memoria flash y que ahora lanzo por esta ciberventana. 


Dentro del panorama literario infantil cubano se patentiza una tendencia a acercarse a la cotidianidad en los últimos libros publicados, así como el propósito de actualizar los mitos, las leyendas y los cuentos de hadas de un modo desenfadado y lúdico, al extremo, incluso, de llegar no solo a la parodia sino a la negación de esa zona de larga tradición dentro de los textos escritos para niños.   

Los últimos títulos y autores laureados con el premio La Edad de Oro convocado por la Editorial Gente Nueva, dan fe de la permanencia de una sensibilidad universal, a la vez que tratan (sobre todo en el caso de Nelson Simón) de fusionar los temas del amor, la felicidad, la familia, con un color local y con las tendencias últimas dentro de la sociedad cubana, teniendo en cuenta para ello las características y las modas más actuales de los adolescentes, así como las posibilidades varias de orientación sexual y de otras particularidades que no por ser poco frecuentes o por no estar aceptadas o bien vistas por la “tradición” o la “norma” deben tomarse como “incorrectas”.

Para ello el autor utiliza una galería de personajes que, si bien se ubican en lo más actual de nuestra sociedad, vienen a ser casos raros, seres de una sensibilidad especial, y de gustos que los diferencian del común de sus compañeros. Nelson Simón acerca al público (infantil y adulto) con sus Cuentos del buen y el mal amor a los problemas cotidianos que enfrentan tanto los niños como los mayores, dígase el divorcio, la pérdida del ser amado, la desesperanza, el sacrificio, otras formas de la heroicidad, la amistad, las distintas maneras de aproximarse a la belleza, el homoerotismo, entre otros, sin dejar a un lado las imágenes diáfanas, el discurso lírico al que nos tiene acostumbrados. El autor propone que el niño entienda los problemas , las razones de la muerte o la separación de sus padres de un modo natural, y no que estos le sean ocultados.  

Rubén Rodríguez, por su parte, a través de su alta capacidad asociativa e imaginativa,  y (a diferencia del ejemplo anterior) desde una cronotopía más resbaladiza y menos definible, une distintos elementos y referentes de la literatura universal y de las historias infantiles ya conocidas como clásicas para, a partir de ellos y de la conformación de un espacio mitificador,  crear una saga como la de su personaje Leidi Jámilton. Con ella persigue y alcanza divertir y enseñar, instruir jugando, aprender sonriendo, como intentaron también en su tiempo Lucrecio, Horacio y el Infante Don Juan Manuel. 



Desde un discurso donde lo mágico y lo sorprendente se vuelven claves y presupuestos indispensables, y donde la parodia y el humor viabilizan de modo ameno las enseñanzas, Peligrosos prados con vaquitas blanquinegras asegura la pervivencia de la fantasía y de la imaginación, y además persiste, a semejanza de los cuentos de Nelson Simón, en la necesidad de la aceptación y el respeto al otro, a la pluralidad de gustos y caracteres.

Con el mismo afán universalista, desde una postura y un tono más serio que el que mueve a los hermosos y disparatados personajes de Rubén Rodríguez, Mildre Hernández recorre las constelaciones en Cartas celestes, reescribe y acerca al lector a las leyendas de la tradición grecolatina a partir de las epístolas que intercambian los amantes mitológicos y estelares. Las claves de interpretación en estas cartas no son muy evidentes. El cuaderno se convierte en un camino de discursos y amantes inesperados que dialogan y confiesan su amor. 


El glosario astronómico y mitológico que se agrega al final del libro permite acceder a las pistas necesarias para comprender cabalmente las misivas y a sus emisores y receptores. Pero tal vez lo más impresionante del libro es que, a partir de los textos se despierta el interés por la búsqueda, por la indagación en los temas de astronomía, que con tanta frecuencia llaman la atención de los niños y en la tradición grecolatina, que una vez más sirve de soporte para hablar de temas tan universales como el amor y la muerte desde un lirismo y una vocación poética innegables.


Los tres libros confirman la capacidad fabuladora, de mitificación e instructiva que mantiene la literatura, ya sea creando nuevas sagas míticas (en el caso de Rubén), partiendo de leyendas antiguas que son leídas desde nuestra sensibilidad contemporánea (como hace Mildre) o mostrando a esos héroes cotidianos que podríamos señalar y reconocer en el parque, la plaza o las calles del pueblo (como leemos en Nelson).