domingo, 12 de febrero de 2012

Gabriel Dávalos: "del cacharro doméstico a la Vía Láctea"





El arte es una interrupción vertiginosa. Es un arresto invasivo que rompe la rutina y la cotidianidad. Pero hay un tipo de creación en que los extremos entre lo artístico y lo “real inmediato” se funden, en que el lirismo y la existencia común se afianzan, coexisten. Entonces el lienzo atrapa el caldero de hacer el arroz, la música se une al sonido del serrucho de un carpintero, la calle se vuelve escenario, el mito se confunde con algún estribillo popular. “El peso de la isla” de Virgilio Piñera, la obra videográfica y musical de X Alfonso, la pieza teatral “Ícaros” de Norge Espinosa y “La vida es silvar” de Fernando Pérez evidencian esas fusiones de tonos, estilos y planos.

Fernando Ortiz insiste en que la vida es ritmo constante: nos movemos por ritmicidad; palpita el corazón las 24 horas del mismo modo. La música, el molde rítmico (que es la base de la poesía) es también esencial en nuestras vidas. Fina García-Marruz, la poetisa que mejor ha sabido dar carácter lírico y estético a lo íntimo, a lo doméstico, ruinoso y cotidiano de la realidad cubana, no solo nos ha mostrado ese otro orden galáctico de lo que nos parecería simple destrucción al pasear por La Habana a través de su obra poética, también lo ha abordado en su ensayística y se refiere a ello como “una dimensión nueva de lo conocido”, “relámpago del todo en lo fragmentario”, y asegura, además, que “el realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea.”

Debo confesarlo: tengo una propensión y una enorme debilidad por los instantes en que la creación y el contén de la calle se confunden. Me desarman, me dejan totalmente desposeído de todo argumento. Soy muy vulnerable en esos momentos de epifanía y contemplación. Y es que el verdadero arte nos deja indefensos, descubre de golpe nuestras más ocultas vulnerabilidades. También tengo fascinación por el mundo del ballet. Por eso, ver a Giselle por las calles de La Habana bajo la lluvia en “La vida es silvar” podría ser un antecedente del desajuste espacial que me ha movido a escribir estas cavilaciones.

Algunas de las fotografías de Gabriel Dávalos (la mayoría de las que conozco) tienen dos principales protagonistas: el ballet y la ciudad. La Habana es un sueño de piedra áspera y gastada. Un sueño duro. Y aún así su aspereza no deja de ser lírica. De ese lirismo que descubre Fina en todo lo que le circunda parte Dávalos para desvelarnos también “una dimensión nueva de lo conocido”. De la ruina, del teatro antiguo y despintado, de los salones de ensayo salen a la luz violenta, mortífera de la isla, bailarines que parecen surgir de esa magia cotidiana, que completan con un gesto la estatua muda que le falta un brazo, el muro roto cuyos triglifos apenas se pueden distinguir ya, la patria encogida. La isla alcanza arquitecturas imposibles con el gesto de sus danzantes. La verdadera altura de La Habana no está en su más elevadas edificaciones sino en sus bailarines.

Del trabajo fotográfico de Gabriel Dávalos que he podido apreciar últimamente relacionado con este tópico hay dos imágenes que me han conmocionado. En una, la matancera Marizé Fumero (actual solista del Ballet Nacional de Cuba) salta como otra bandera hacia el asta imposible, invisible que es la patria. Su cuerpo se eleva como otro símbolo nacional que rescata y renueva, al mismo tiempo, la enseña que ondea detrás de ella. Emblema, arte, mar y ciudad se complementan y conjugan en su cuerpo. La bailarina es, casi de forma literal, un astro de cuello punzante, tronco astral en grand jeté que viste los colores del signo patrio: blanco en las zapatillas y tono más oscuro en la tela que le ajusta el torso.

Cuerpo, alma, carne que salta hacia el cielo de la isla, que une con las puntas de sus pies la ola con la nube, y que empina el pecho hacia la luz casi en éxtasis y agonía. Una bandera que es el alma tensa de la patria. Dávalos vuelve a captar el momento del éxtasis, del viaje galáctico de un danzante. Gusta el fotógrafo tanto de la gravitación altazoriana de los cuerpos como del tenso desafío icárico de la danza. Logra captar la belleza del salto y también de la caída. Marizé ha visto el sol de cerca y el viento la ha hecho ondear hacia una dimensión que nos devuelve la patria perdida, la fe en una ciudad que con ella y con la luz que la aprieta, también salta. Dávalos las ha inmortalizado. “Matria de luz” llama Fina a descubrimiento semejante.


La otra foto está tomada en la calle más céntrica del Vedado (23), en uno de los cruces de Coppelia, lugar con nombre de ballet, por cierto. La gente camina por el paso peatonal inmersa en el ajetreo cotidiano: va una una muchacha con un bolso, otra con una carpeta y con gafas modernas, un chico que mira hacia el Hotel Habana Libre y, en medio de todos, con los autos detenidos en espera de la luz verde, entre los peatones alguien salta, desinfla el cielo con la daga de su mano, queda colgando en el el costado de la luz y el viento, entre los cables de electricidad. Se llama Alejandro Virelles y es uno de los bailarines más virtuosos del actual BNC.

El salto de Virelles en grand jeté sobrepasa la altura del porky (coche polaco) que espera al otro lado del semáforo. Y no es en absoluto el mejor salto de este bailarín que tiene un empeine, un balon, una altura, unas extensiones y una línea reconocidos y elogiados por sus propios colegas. El salto es más bien modesto y desenfadado, de un desenfado y una frescura que oxigenan. Con tenis, gafas, reloj y jean se eleva y el acto se vuelve invasión. El ballet como sabotaje en medio de lo rutinario y al mismo tiempo como algo tan común y participativo, tan de paso peatonal. Entonces el escenario y el semáforo convergen. Virelles abre espacio con sus manos entre los edificios y parece una estrella humana de cinco puntas en esa bandera cubista que forma con las líneas blancas sobre la avenida, con la ciudad en general. La patria cruza la calle.

Eso es magia. Dávalos es un demiurgo: tiene los seres, la materia, el espacio. Los moldea, los coloca y hace clic. No hay secreto en su hechizo. El verdadero misterio nos circunda. Va del pitusa al rascacielos, de la línea blanca sobre la calle a la nube, del viejo porky socialista al espacio sideral. “Del cacharro doméstico a la Vía Láctea”.

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