miércoles, 8 de febrero de 2012

DISCURSO EN LA HABANA




Las palabras, esas manos contra el aire de la isla,
se amurallan, humedecen sobre el muro dilatado
que, como un hilo de asfalto
por todo el litoral, va nombrando, rescribiendo.
Porque el muro define, encierra.

Desde la orilla apretada
salto otra vez hacia el fondo,
dejo un arco en la tarde del Vedado.
Abro los ojos bajo el agua. Sabe a palo, a petróleo.
Abro los ojos y defino tus calzones, blancos,
entre el verde infinito e indeciso,
en el verde de madera podrida y abismal.

Las manos, ese texto corporal,
ese temblor sintáctico con que agarras,
tocan el vacío que es también el muro,
tu espalda, la tarde, la línea en el cuaderno de latín.
La tarde del Vedado entre tus hombros.
La tarde y su estatura entre mis manos.

Y si falta la ciudad y vuelves tú no es suficiente.
Has faltado y ella sigue. Ya no existes y regresa.
La ciudad y su memoria.
El muro como una vena transitable,
los hombros que preciso,
cuerpo de la noche circular,
la espalda en que sostengo mi estatura de arena,
línea de cemento y sueño y nada.

La ciudad como un cuerpo vertical,
como un verso ante el espejo,
la ola entretejida,
el texto que se escribe del final hacia el principio,
hacia el cielo tembloroso,
anulándose,
la olataxis que asalta y sobrevuela,
deja un arco en el vacío,
y te rompe sentado en la acera, húmedo, sonriente,
donde has permanecido estos tres años
sin saberlo.




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