viernes, 10 de febrero de 2012

Arquíloco de Paros




El comienzo de la lírica como género literario evidencia, en la obra misma de uno de sus fundadores, que el lirismo desde su génesis, más que con los “buenos” sentimientos y con las imágenes cándidas, tiene que ver con las más intensas pulsaciones del alma, con la exteriorización del yo, con las formas del lenguaje que encarnan las palpitaciones internas expandidas como ondas indetenibles desde dentro, ya sean las más fuertes pasiones profesadas a un semejante o los odios viscerales declarados a otro.

Con Arquíloco de Paros los temas más controvertidos y polémicos, las ofensas y las palabras “subidas de tono” alcanzan un carácter estético y artístico sin dejar de ser violentas y trasgresoras. El yambo, que tiene un origen completamente popular, supersticioso, ritual y que se relaciona con las procacidades y las groserías que se escuchaban entre el pueblo, es, desde Arquíloco y en contra de la aristocracia de su tiempo y de los moralistas del nuestro, patrimonio lírico continuado por Catulo y por Horacio, por solo mencionar dos autores reconocidos de la misma Antigüedad.

El poeta de Paros, hijo de una esclava con un noble, tiene la misma pasión para agredir que para amar, puede ser de verbo desolador contra el enemigo o de tibia cadencia para la amante. Su origen dual, humilde y aristócrata, le permitió moverse con plena libertad en los más variados tonos, las formas y estilos, desde los homerismos hasta la más violenta invectiva personal. Con la misma fuerza que declara su amor a Neóbula, arremete luego contra ella y su padre al extremo de que una leyenda relata que Licambes y su familia terminaron suicidándose por las ofensas de Arquíloco. Era penetrante con la lanza y con el verbo, en la guerra y el amor.

Arquíloco, que se ganaba la vida como guerrero y que sospechaba que en la posteridad sería confundido con un mercenario común, fue un hijo bastardo, en la miseria, trasgresor, espontáneo y ofensivo, opuesto a las costumbres aristocráticas y a su código de valores, pero al mismo tiempo orgulloso de su estirpe, representa desde el siglo VII a.C. la inevitabilidad poética porque, aunque tiene que ir a la guerra para obtener sustento, no puede dejar de reconocer que "todo el que existe siente el hechizo de las canciones". 


No se gana el pan con el verso, como sí pudieron hacer Homero, Femio y Demódoco. Vive recostado en la lanza, come y bebe recostado en la lanza, pero ama la vida, y si tiene que abandonar el escudo en medio de la batalla para salvarse, no lo duda ni un instante, porque sus conceptos del valor y de la belleza son distintos a los de Aquiles. Su origen, su vida, su pobreza, su destino azaroso son ejemplo y evidencia de los cambios y la decadencia de la aristocracia en el siglo VII a.C. 


Este poeta-guerrero tiene un sentido práctico y táctico aplastante. Representa, al mismo tiempo, el inicio del tópico de la unión de las armas y las letras que defenderá el Quijote en su discurso y que recuerda la vida de Manuel de Zequeira en Cuba, que escribía y recitaba versos entre sus compañeros del ejército.

El lirismo, en sentido estricto, tiene que ver con la poesía acompañada por la lira. Pero con el mismo Arquíloco ya esto cambia. Para nosotros y en parte gracias a él, lirismo es precisamente ese espíritu de pasión desbordante desde el cual el yo se revela, desafía, habla, exige su lugar, busca su voz. El sello indiscutible de Arquíloco está en que, fente al amor o al odio, su reacción es seguir hacia adelante, no se resigna, no se lamenta, padece y lucha, aprieta y soporta. 


La resistencia, ya no al modo homérico ni igual al patriotismo de Calino o Tirteo, sino individual, es la mayor lección que nos da. Arquíloco opone el pecho, pero no para alcanzar una trascendencia en la que ni siquiera cree, ni para cumplir un código de valores que ya no lo representa y contra el que se rebela, por su natural tendencia al realismo; persevera, soporta, sufre porque cree en la esperanza, en el cambio, en la búsqueda incesante desde una personalidad inquieta, indagadora.   

Es, por su alma y su carácter, un hombre que batalla contra toda adversidad, unas veces con el ritmo implacable que le otorga el combate y otras con el sosegado pálpito del amante que descorre la cabellera y el vestido de una joven. Hablando al adversario, a sí mismo o ante el ser amado, Arquíloco nos enseña que lo importante es resistir, continuar, luchar “ofreciendo el pecho [al amor o] al enemigo”.

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