miércoles, 22 de febrero de 2012

ALFONSO REYES



Creo que el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) es uno de los humanistas más importantes de la cultura hispana y, a pesar de ello, uno de los menos conocidos entre los lectores modernos. La variedad de tonos, temas y géneros que trató en su obra lo hacen un polítropos, un multifacético, un caso singular solo comparable, quizá, con Borges por la excelencia de su prosa, su verso y su ensayística. Su talento se descubre lo mismo en los versos de su "Ifigenia Cruel" que en textos como "Apolo o de la literatura", en temas cotidianos o en aspectos teóricos de la creación artística, en la fabulación, lo mismo que en el realismo o la historia.

Quiero que los lectores conozcan un poco más a este autor, para ello crearé entradas frecuentes con textos de este gran mexicano que con su obra honró la lengua española y la cultura hispanoamericana. Propongo obras que desde la brevedad, la exactitud, la sencillez quieren encontrar nuevos horizontes, nuevas lecturas.

Para empezar van, sin exégesis previa, porque no es necesaria, unos pequeños y claros textículos, titulado el primero "Disculpa". El tema viene muy bien ahora que las huelgas y las manifestaciones son más frecuentes en Europa y el mundo. Algunos tienen tanto que ver con lo que sucede en estos días en Valencia (el titulado "¡LA KODAK!" en específico) que uno se pregunta si Alfonso Reyes no ha estado hace poco por allí.



DISCULPA

Le he quitado a un hombre el corazón. Como se mutilan ranas para descubrir los verdaderos oficios de los nervios, le he quitado a un hombre el corazón, y he puesto a mi hombre a contemplar una huelga desde su ventana. 

De paso, me parece que el sujeto perdió en fuerza de comprensión. El don de referir los efectos a sus causas resulta un tanto obliterado.

Pero, sobre todo, advertí con encanto que, cuando dejó de sentir con el alma, todavía sentía con los ojos. No dudo de la utilidad de mi experiencia. Ella permite abordar bajo nueva luz la clásica teoría de la “estatua con sentidos”, de Condillac.

TESIS

¿Han visto ustedes? La pereza es el verdadero motor de la vida. Todo se mueve, porque todo cae. Vamos hacia abajo. La huelga es el verdadero equilibrio. Lo más natural es no trabajar: por eso no se puede impedir una huelga.

SENTIMIENTO ESPECTACULAR

Los periódicos y la gente hablan de algunos muertos y heridos. Es que, teniendo un arma en la mano, la tentación es grande. Y apedrear tranvías es un instinto como el de apedrear conejos. Aparte de que el vidrio y la piedra son enemigos de suyo. Todos los cantos están clamando por caer sobre todos los tejados de vidrio.

Salvo en el crimen pasional, los demás delitos no tienen relación con la ética; son amorales, inocentes, casi extraños a la noción del bien y del mal. Yo tengo un cañón: frente a mí se yergue una torre. ¿Cómo desistir de hacer blanco? Yo tengo unos buenos puños que Dios me dio: hacia mí se adelanta un guardia, etc.

Muchos desmanes se cometen por el puro gusto de hacer blanco. La prueba es que se siente alegría al oír un disparo: ¿Le dio? ¿No le dio? 

Y es lástima que la gente sufra cuando la hieren o se muera cuando la matan. Porque sería tan agradable ensayar...

¡LA KODAK!

Lo trágico, lo imperdonable es la Kodak. La Kodak nos ha revelado —eternizándolo por ahora— lo que no hubiéramos querido saber: 

Dos guardias tiran de los brazos de un hombre, como si quisieran desarticularlos de las clavículas, “desenchufarlos”. 

El pobre hombre —imagen de la improvisación— se había echado a la calle en camisa, víctima de la Idea. 

Más que resistir, las piernas parece que se le doblan. 

Y en segundo plano, con toda la inestabilidad y la torpeza del gesto sorprendido a medias, hay una mujer arrodillada, los brazos abiertos, implorando. 

Ya no puede haber alegría en la tierra: ya la Kodak fijó y coaguló el dolor fluido, la gota de sangre del instante. 

Reactivo abominable del tiempo, su gota casi imperceptible (chischás) congeló todo el aire, todo el ambiente, cogiendo vivos a los hombres que circulaban por él. 

Y los guardias, para siempre simbólicos, se quedaron para siempre arrancándole los brazos al descamisado de la Idea. ¡Oh, Bella-Durmiente-del Bosque a lo policíaco! 

Y el descamisado se quedó, para siempre, contraído, en la actitud del que teme que se le caigan los pantalones. 

Y la Dolorosa callejera se quedó, arrodillada, con el compás de los brazos midiendo el aire. 

Y todos se adormecieron con los ojos abiertos. 

¡Oh Kodak! ¿Para qué dar fijeza plástica a las especies fugitivas? Los iracundos y torrenciales discursos de Lessing pasan por mi mente. 

Y contemplo —exasperado de no poder “darle cuerda” para que ande— al nuevo Laocoonte.

DIÓGENES

Diógenes, viejo, puso su casa y tuvo un hijo. Lo educaba para cazador. Primero lo hacía ensayarse con animales disecados, dentro de casa. Después comenzó a sacarlo al campo. 

Y lo reprendía cuando no acertaba.

—Ya te he dicho que veas dónde pones los ojos, y no dónde pones las manos. El buen cazador hace presa con la mirada.

Y el hijo aprendía poco a poco. A veces volvían a casa cargados, que no podían más: entre el tornasol de las plumas, se veían los sanguinolentos hocicos y las flores secas de las patas.

Así fueron dando caza a toda la Fábula: al Unicornio de las vírgenes imprudentes, como al contagioso Basilisco; al Pelícano disciplinante y a la misma Fénix, duende de los aromas.

Pero cierta noche que acampaban, y Diógenes proyectaba al azar la luz de su linterna, el muchacho le dijo al oído:

—~Apaga, apaga tu linterna, padre! ¡Que viene la mejor de las presas, y ésta se caza a oscuras! Apaga, no se ahuyente. ¡Porque ya oigo, ya oigo las pisadas iguales, y hoy sí que hemos dado con el Hombre!

ALFONSO REYES  

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