viernes, 24 de febrero de 2012

RAFAELLI NO. 9



uno desciende
y la suma de pasos
es una pequeña inundación
reja muda de la colonia
tejas que dispersa el viento
isla amurallada
Creta Cuba tu costado

uno baja por Facciolo
hasta las puertas de hierro
que soportan consignas blancas
palabras que el sol ha endurecido

como una filtración
nos queda mal decir la Isla
hundir la voz pez muerto
perforar las naves
quemar el corazón con sus banderas

la Isla decir mal
verso erróneo triste


miércoles, 22 de febrero de 2012

ALFONSO REYES



Creo que el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) es uno de los humanistas más importantes de la cultura hispana y, a pesar de ello, uno de los menos conocidos entre los lectores modernos. La variedad de tonos, temas y géneros que trató en su obra lo hacen un polítropos, un multifacético, un caso singular solo comparable, quizá, con Borges por la excelencia de su prosa, su verso y su ensayística. Su talento se descubre lo mismo en los versos de su "Ifigenia Cruel" que en textos como "Apolo o de la literatura", en temas cotidianos o en aspectos teóricos de la creación artística, en la fabulación, lo mismo que en el realismo o la historia.

Quiero que los lectores conozcan un poco más a este autor, para ello crearé entradas frecuentes con textos de este gran mexicano que con su obra honró la lengua española y la cultura hispanoamericana. Propongo obras que desde la brevedad, la exactitud, la sencillez quieren encontrar nuevos horizontes, nuevas lecturas.

Para empezar van, sin exégesis previa, porque no es necesaria, unos pequeños y claros textículos, titulado el primero "Disculpa". El tema viene muy bien ahora que las huelgas y las manifestaciones son más frecuentes en Europa y el mundo. Algunos tienen tanto que ver con lo que sucede en estos días en Valencia (el titulado "¡LA KODAK!" en específico) que uno se pregunta si Alfonso Reyes no ha estado hace poco por allí.



DISCULPA

Le he quitado a un hombre el corazón. Como se mutilan ranas para descubrir los verdaderos oficios de los nervios, le he quitado a un hombre el corazón, y he puesto a mi hombre a contemplar una huelga desde su ventana. 

De paso, me parece que el sujeto perdió en fuerza de comprensión. El don de referir los efectos a sus causas resulta un tanto obliterado.

Pero, sobre todo, advertí con encanto que, cuando dejó de sentir con el alma, todavía sentía con los ojos. No dudo de la utilidad de mi experiencia. Ella permite abordar bajo nueva luz la clásica teoría de la “estatua con sentidos”, de Condillac.

TESIS

¿Han visto ustedes? La pereza es el verdadero motor de la vida. Todo se mueve, porque todo cae. Vamos hacia abajo. La huelga es el verdadero equilibrio. Lo más natural es no trabajar: por eso no se puede impedir una huelga.

SENTIMIENTO ESPECTACULAR

Los periódicos y la gente hablan de algunos muertos y heridos. Es que, teniendo un arma en la mano, la tentación es grande. Y apedrear tranvías es un instinto como el de apedrear conejos. Aparte de que el vidrio y la piedra son enemigos de suyo. Todos los cantos están clamando por caer sobre todos los tejados de vidrio.

Salvo en el crimen pasional, los demás delitos no tienen relación con la ética; son amorales, inocentes, casi extraños a la noción del bien y del mal. Yo tengo un cañón: frente a mí se yergue una torre. ¿Cómo desistir de hacer blanco? Yo tengo unos buenos puños que Dios me dio: hacia mí se adelanta un guardia, etc.

Muchos desmanes se cometen por el puro gusto de hacer blanco. La prueba es que se siente alegría al oír un disparo: ¿Le dio? ¿No le dio? 

Y es lástima que la gente sufra cuando la hieren o se muera cuando la matan. Porque sería tan agradable ensayar...

¡LA KODAK!

Lo trágico, lo imperdonable es la Kodak. La Kodak nos ha revelado —eternizándolo por ahora— lo que no hubiéramos querido saber: 

Dos guardias tiran de los brazos de un hombre, como si quisieran desarticularlos de las clavículas, “desenchufarlos”. 

El pobre hombre —imagen de la improvisación— se había echado a la calle en camisa, víctima de la Idea. 

Más que resistir, las piernas parece que se le doblan. 

Y en segundo plano, con toda la inestabilidad y la torpeza del gesto sorprendido a medias, hay una mujer arrodillada, los brazos abiertos, implorando. 

Ya no puede haber alegría en la tierra: ya la Kodak fijó y coaguló el dolor fluido, la gota de sangre del instante. 

Reactivo abominable del tiempo, su gota casi imperceptible (chischás) congeló todo el aire, todo el ambiente, cogiendo vivos a los hombres que circulaban por él. 

Y los guardias, para siempre simbólicos, se quedaron para siempre arrancándole los brazos al descamisado de la Idea. ¡Oh, Bella-Durmiente-del Bosque a lo policíaco! 

Y el descamisado se quedó, para siempre, contraído, en la actitud del que teme que se le caigan los pantalones. 

Y la Dolorosa callejera se quedó, arrodillada, con el compás de los brazos midiendo el aire. 

Y todos se adormecieron con los ojos abiertos. 

¡Oh Kodak! ¿Para qué dar fijeza plástica a las especies fugitivas? Los iracundos y torrenciales discursos de Lessing pasan por mi mente. 

Y contemplo —exasperado de no poder “darle cuerda” para que ande— al nuevo Laocoonte.

DIÓGENES

Diógenes, viejo, puso su casa y tuvo un hijo. Lo educaba para cazador. Primero lo hacía ensayarse con animales disecados, dentro de casa. Después comenzó a sacarlo al campo. 

Y lo reprendía cuando no acertaba.

—Ya te he dicho que veas dónde pones los ojos, y no dónde pones las manos. El buen cazador hace presa con la mirada.

Y el hijo aprendía poco a poco. A veces volvían a casa cargados, que no podían más: entre el tornasol de las plumas, se veían los sanguinolentos hocicos y las flores secas de las patas.

Así fueron dando caza a toda la Fábula: al Unicornio de las vírgenes imprudentes, como al contagioso Basilisco; al Pelícano disciplinante y a la misma Fénix, duende de los aromas.

Pero cierta noche que acampaban, y Diógenes proyectaba al azar la luz de su linterna, el muchacho le dijo al oído:

—~Apaga, apaga tu linterna, padre! ¡Que viene la mejor de las presas, y ésta se caza a oscuras! Apaga, no se ahuyente. ¡Porque ya oigo, ya oigo las pisadas iguales, y hoy sí que hemos dado con el Hombre!

ALFONSO REYES  

domingo, 12 de febrero de 2012

Gabriel Dávalos: "del cacharro doméstico a la Vía Láctea"





El arte es una interrupción vertiginosa. Es un arresto invasivo que rompe la rutina y la cotidianidad. Pero hay un tipo de creación en que los extremos entre lo artístico y lo “real inmediato” se funden, en que el lirismo y la existencia común se afianzan, coexisten. Entonces el lienzo atrapa el caldero de hacer el arroz, la música se une al sonido del serrucho de un carpintero, la calle se vuelve escenario, el mito se confunde con algún estribillo popular. “El peso de la isla” de Virgilio Piñera, la obra videográfica y musical de X Alfonso, la pieza teatral “Ícaros” de Norge Espinosa y “La vida es silvar” de Fernando Pérez evidencian esas fusiones de tonos, estilos y planos.

Fernando Ortiz insiste en que la vida es ritmo constante: nos movemos por ritmicidad; palpita el corazón las 24 horas del mismo modo. La música, el molde rítmico (que es la base de la poesía) es también esencial en nuestras vidas. Fina García-Marruz, la poetisa que mejor ha sabido dar carácter lírico y estético a lo íntimo, a lo doméstico, ruinoso y cotidiano de la realidad cubana, no solo nos ha mostrado ese otro orden galáctico de lo que nos parecería simple destrucción al pasear por La Habana a través de su obra poética, también lo ha abordado en su ensayística y se refiere a ello como “una dimensión nueva de lo conocido”, “relámpago del todo en lo fragmentario”, y asegura, además, que “el realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea.”

Debo confesarlo: tengo una propensión y una enorme debilidad por los instantes en que la creación y el contén de la calle se confunden. Me desarman, me dejan totalmente desposeído de todo argumento. Soy muy vulnerable en esos momentos de epifanía y contemplación. Y es que el verdadero arte nos deja indefensos, descubre de golpe nuestras más ocultas vulnerabilidades. También tengo fascinación por el mundo del ballet. Por eso, ver a Giselle por las calles de La Habana bajo la lluvia en “La vida es silvar” podría ser un antecedente del desajuste espacial que me ha movido a escribir estas cavilaciones.

Algunas de las fotografías de Gabriel Dávalos (la mayoría de las que conozco) tienen dos principales protagonistas: el ballet y la ciudad. La Habana es un sueño de piedra áspera y gastada. Un sueño duro. Y aún así su aspereza no deja de ser lírica. De ese lirismo que descubre Fina en todo lo que le circunda parte Dávalos para desvelarnos también “una dimensión nueva de lo conocido”. De la ruina, del teatro antiguo y despintado, de los salones de ensayo salen a la luz violenta, mortífera de la isla, bailarines que parecen surgir de esa magia cotidiana, que completan con un gesto la estatua muda que le falta un brazo, el muro roto cuyos triglifos apenas se pueden distinguir ya, la patria encogida. La isla alcanza arquitecturas imposibles con el gesto de sus danzantes. La verdadera altura de La Habana no está en su más elevadas edificaciones sino en sus bailarines.

Del trabajo fotográfico de Gabriel Dávalos que he podido apreciar últimamente relacionado con este tópico hay dos imágenes que me han conmocionado. En una, la matancera Marizé Fumero (actual solista del Ballet Nacional de Cuba) salta como otra bandera hacia el asta imposible, invisible que es la patria. Su cuerpo se eleva como otro símbolo nacional que rescata y renueva, al mismo tiempo, la enseña que ondea detrás de ella. Emblema, arte, mar y ciudad se complementan y conjugan en su cuerpo. La bailarina es, casi de forma literal, un astro de cuello punzante, tronco astral en grand jeté que viste los colores del signo patrio: blanco en las zapatillas y tono más oscuro en la tela que le ajusta el torso.

Cuerpo, alma, carne que salta hacia el cielo de la isla, que une con las puntas de sus pies la ola con la nube, y que empina el pecho hacia la luz casi en éxtasis y agonía. Una bandera que es el alma tensa de la patria. Dávalos vuelve a captar el momento del éxtasis, del viaje galáctico de un danzante. Gusta el fotógrafo tanto de la gravitación altazoriana de los cuerpos como del tenso desafío icárico de la danza. Logra captar la belleza del salto y también de la caída. Marizé ha visto el sol de cerca y el viento la ha hecho ondear hacia una dimensión que nos devuelve la patria perdida, la fe en una ciudad que con ella y con la luz que la aprieta, también salta. Dávalos las ha inmortalizado. “Matria de luz” llama Fina a descubrimiento semejante.


La otra foto está tomada en la calle más céntrica del Vedado (23), en uno de los cruces de Coppelia, lugar con nombre de ballet, por cierto. La gente camina por el paso peatonal inmersa en el ajetreo cotidiano: va una una muchacha con un bolso, otra con una carpeta y con gafas modernas, un chico que mira hacia el Hotel Habana Libre y, en medio de todos, con los autos detenidos en espera de la luz verde, entre los peatones alguien salta, desinfla el cielo con la daga de su mano, queda colgando en el el costado de la luz y el viento, entre los cables de electricidad. Se llama Alejandro Virelles y es uno de los bailarines más virtuosos del actual BNC.

El salto de Virelles en grand jeté sobrepasa la altura del porky (coche polaco) que espera al otro lado del semáforo. Y no es en absoluto el mejor salto de este bailarín que tiene un empeine, un balon, una altura, unas extensiones y una línea reconocidos y elogiados por sus propios colegas. El salto es más bien modesto y desenfadado, de un desenfado y una frescura que oxigenan. Con tenis, gafas, reloj y jean se eleva y el acto se vuelve invasión. El ballet como sabotaje en medio de lo rutinario y al mismo tiempo como algo tan común y participativo, tan de paso peatonal. Entonces el escenario y el semáforo convergen. Virelles abre espacio con sus manos entre los edificios y parece una estrella humana de cinco puntas en esa bandera cubista que forma con las líneas blancas sobre la avenida, con la ciudad en general. La patria cruza la calle.

Eso es magia. Dávalos es un demiurgo: tiene los seres, la materia, el espacio. Los moldea, los coloca y hace clic. No hay secreto en su hechizo. El verdadero misterio nos circunda. Va del pitusa al rascacielos, de la línea blanca sobre la calle a la nube, del viejo porky socialista al espacio sideral. “Del cacharro doméstico a la Vía Láctea”.

viernes, 10 de febrero de 2012

Arquíloco de Paros




El comienzo de la lírica como género literario evidencia, en la obra misma de uno de sus fundadores, que el lirismo desde su génesis, más que con los “buenos” sentimientos y con las imágenes cándidas, tiene que ver con las más intensas pulsaciones del alma, con la exteriorización del yo, con las formas del lenguaje que encarnan las palpitaciones internas expandidas como ondas indetenibles desde dentro, ya sean las más fuertes pasiones profesadas a un semejante o los odios viscerales declarados a otro.

Con Arquíloco de Paros los temas más controvertidos y polémicos, las ofensas y las palabras “subidas de tono” alcanzan un carácter estético y artístico sin dejar de ser violentas y trasgresoras. El yambo, que tiene un origen completamente popular, supersticioso, ritual y que se relaciona con las procacidades y las groserías que se escuchaban entre el pueblo, es, desde Arquíloco y en contra de la aristocracia de su tiempo y de los moralistas del nuestro, patrimonio lírico continuado por Catulo y por Horacio, por solo mencionar dos autores reconocidos de la misma Antigüedad.

El poeta de Paros, hijo de una esclava con un noble, tiene la misma pasión para agredir que para amar, puede ser de verbo desolador contra el enemigo o de tibia cadencia para la amante. Su origen dual, humilde y aristócrata, le permitió moverse con plena libertad en los más variados tonos, las formas y estilos, desde los homerismos hasta la más violenta invectiva personal. Con la misma fuerza que declara su amor a Neóbula, arremete luego contra ella y su padre al extremo de que una leyenda relata que Licambes y su familia terminaron suicidándose por las ofensas de Arquíloco. Era penetrante con la lanza y con el verbo, en la guerra y el amor.

Arquíloco, que se ganaba la vida como guerrero y que sospechaba que en la posteridad sería confundido con un mercenario común, fue un hijo bastardo, en la miseria, trasgresor, espontáneo y ofensivo, opuesto a las costumbres aristocráticas y a su código de valores, pero al mismo tiempo orgulloso de su estirpe, representa desde el siglo VII a.C. la inevitabilidad poética porque, aunque tiene que ir a la guerra para obtener sustento, no puede dejar de reconocer que "todo el que existe siente el hechizo de las canciones". 


No se gana el pan con el verso, como sí pudieron hacer Homero, Femio y Demódoco. Vive recostado en la lanza, come y bebe recostado en la lanza, pero ama la vida, y si tiene que abandonar el escudo en medio de la batalla para salvarse, no lo duda ni un instante, porque sus conceptos del valor y de la belleza son distintos a los de Aquiles. Su origen, su vida, su pobreza, su destino azaroso son ejemplo y evidencia de los cambios y la decadencia de la aristocracia en el siglo VII a.C. 


Este poeta-guerrero tiene un sentido práctico y táctico aplastante. Representa, al mismo tiempo, el inicio del tópico de la unión de las armas y las letras que defenderá el Quijote en su discurso y que recuerda la vida de Manuel de Zequeira en Cuba, que escribía y recitaba versos entre sus compañeros del ejército.

El lirismo, en sentido estricto, tiene que ver con la poesía acompañada por la lira. Pero con el mismo Arquíloco ya esto cambia. Para nosotros y en parte gracias a él, lirismo es precisamente ese espíritu de pasión desbordante desde el cual el yo se revela, desafía, habla, exige su lugar, busca su voz. El sello indiscutible de Arquíloco está en que, fente al amor o al odio, su reacción es seguir hacia adelante, no se resigna, no se lamenta, padece y lucha, aprieta y soporta. 


La resistencia, ya no al modo homérico ni igual al patriotismo de Calino o Tirteo, sino individual, es la mayor lección que nos da. Arquíloco opone el pecho, pero no para alcanzar una trascendencia en la que ni siquiera cree, ni para cumplir un código de valores que ya no lo representa y contra el que se rebela, por su natural tendencia al realismo; persevera, soporta, sufre porque cree en la esperanza, en el cambio, en la búsqueda incesante desde una personalidad inquieta, indagadora.   

Es, por su alma y su carácter, un hombre que batalla contra toda adversidad, unas veces con el ritmo implacable que le otorga el combate y otras con el sosegado pálpito del amante que descorre la cabellera y el vestido de una joven. Hablando al adversario, a sí mismo o ante el ser amado, Arquíloco nos enseña que lo importante es resistir, continuar, luchar “ofreciendo el pecho [al amor o] al enemigo”.

miércoles, 8 de febrero de 2012

DISCURSO EN LA HABANA




Las palabras, esas manos contra el aire de la isla,
se amurallan, humedecen sobre el muro dilatado
que, como un hilo de asfalto
por todo el litoral, va nombrando, rescribiendo.
Porque el muro define, encierra.

Desde la orilla apretada
salto otra vez hacia el fondo,
dejo un arco en la tarde del Vedado.
Abro los ojos bajo el agua. Sabe a palo, a petróleo.
Abro los ojos y defino tus calzones, blancos,
entre el verde infinito e indeciso,
en el verde de madera podrida y abismal.

Las manos, ese texto corporal,
ese temblor sintáctico con que agarras,
tocan el vacío que es también el muro,
tu espalda, la tarde, la línea en el cuaderno de latín.
La tarde del Vedado entre tus hombros.
La tarde y su estatura entre mis manos.

Y si falta la ciudad y vuelves tú no es suficiente.
Has faltado y ella sigue. Ya no existes y regresa.
La ciudad y su memoria.
El muro como una vena transitable,
los hombros que preciso,
cuerpo de la noche circular,
la espalda en que sostengo mi estatura de arena,
línea de cemento y sueño y nada.

La ciudad como un cuerpo vertical,
como un verso ante el espejo,
la ola entretejida,
el texto que se escribe del final hacia el principio,
hacia el cielo tembloroso,
anulándose,
la olataxis que asalta y sobrevuela,
deja un arco en el vacío,
y te rompe sentado en la acera, húmedo, sonriente,
donde has permanecido estos tres años
sin saberlo.