“…la
única libertad por que muero…”
Luis
Cernuda
Suelen
algunos jóvenes asiduos al verso citar a esta mujer, enunciar su
versículo o renglón lapidario, epigramático, como isla torcida que
se cose a otras hasta encontrar imágenes recién estrenadas,
archipiélago de señales. Su poesía con frecuencia tiene un modo
tan absoluto de enunciación que asusta (“digo que al infierno hay
que llevarlo dentro”1)
y recuerda la manera tan asidua en que Martí generalizaba. A veces
se descubre en sus textos un empeño por definirlo todo, por
“nombrar” como modo de posesión y entendimiento, lo que le
confiere a su obra un sentido agónico, de imposible, al que todo
creador se enfrenta cuando pretende transformar lo vivido o pensado
en hecho artístico, lo “incorpóreo” en “objeto tangible”.
Confieso
que me acerqué a su obra como ejercicio académico y que es tarea
fatigosa querer desentrañar, hendir el sentido oscuro de sus textos.
Ni siquiera descubro con frecuencia en su poesía el modo de
escritura que suele cautivarme y, sin embargo, en varias ocasiones
algún poema suyo me ha convocado a un diálogo muy íntimo. Pero el
crítico (y aquí soy categórico como Lina o Martí), más allá de
su gusto personal, ha de tener el discernimiento necesario para
diferenciar entre lo que se relaciona directamente con su
sensibilidad y lo que tiene la calidad necesaria para que se
reconozca, aunque no coincida con sus preferencias.
La
memoria ha sido, puedo asegurar, el móvil más constante en la obra
poética de Lina de Feria. En su última entrega, Absolución del
amor2,
queda confirmada esta idea. El tema amoroso no suele ser muy
abundante en sus libros publicados, aunque casi siempre aparecen
algunos poemas que refieren una pretérita pasión concerniente, de
manera directa, al sujeto lírico, o a otro. En Absolución…,
Eros se desliza como sierpe continua; el verso se adelgaza y
encabalga con más fluidez, sin que se noten las costuras entre una
imagen y otra, de manera semejante a El libro de los equívocos,
donde es evidente la mayor ilación sintáctica y semántica,
quiero decir de modo expreso y tangible en el texto, distinto de
aquel estilo pindárico que impera en cuadernos como El ojo
milenario. También en A mansalva de los años, libro que
vio la luz después de veinte años de silencio editorial, se puede
entrever el estilo diáfano y la concepción del amor como fuerza
liberadora que caracteriza a Absolución del amor, pero no con
la insistencia, emancipación y naturalidad que consigue en este
último. Solo el tiempo, monstruo al cual venera, le ha
permitido a la autora mirarse con la precisión que la distancia
otorga, y ahora puede desplazarse en el pasado con la seguridad que
le negaba la cercanía de los acontecimientos en Casa que no
existía3,
donde tanteaba el futuro, lo probable o se disolvía en segundas y
terceras personas.
Cuando
algunas de las voces más reconocidas de la creación poética
femenina en el país tienden a abordar la maternidad o lo cotidiano
en el contenido y en la forma predomina el texto cada vez más
narrativo4,
Absolución…opta por versos cortos y por recordar la pubertad,
las experiencias eróticas en la edad temprana. Lina mira a la
juventud, a la inocencia.
El
poemario se divide en dos secciones: “Poemas del ayer” y “Poemas
del presente”, pero en una y otra ella recuerda con satisfacción y
con empeño, recupera vivencias que no había podido abordar con el
sosiego y la franqueza con que lo hace aquí. No se detiene a
describirnos el presente, sus cotidianas frustraciones. Eso queda al
margen, solo se descubre en las citas de Wordsworth y Martí que
encabezan, de manera respectiva, cada sección; o en unos pocos
fragmentos, sobre todo en la segunda parte, cuando reconoce, por
ejemplo, no saber “hasta dónde/ podré ver en el hoy/ el ayer de
tus ojos”5.
Me parece que no es solo “la gran puerta… para la resignación”6
que predecía cuando pensaba en su vejez lo que encontramos en
Absolución…, por el disfrute parece ser más; aunque se
puede alegar en contra que no es remedio para la frustración del
presente permanecer recordando el pasado; sin embargo, como propuesta
literaria me parece sólida (mucho más como contraste frente a la
obra anterior de la poetisa), y si, por un lado, existen algunas
alusiones al “hoy” como espacio para la desilusión, esto no
impide que los textos vayan conformando en su lectura una especie de
residencia arcádica y abran en la memoria un “locus amoenus”.
En
Casa…, que mereció el premio David en 1967, el yo
enunciante se detiene más en el prójimo que en sí mismo, con los
primeros textos crea una galería de personajes familiares que el
tiempo conduce a una destrucción paulatina. En los intentos de
realización, estos encuentran la muerte, el lento desfallecer. La
vida resulta una parsimoniosa destrucción: la concertista que
(aunque “diferente”) se hunde en el piano, el hombre que
construye su torre de silencio y soledad. Toda verticalidad lleva a
una “no realización”, al desgaste. En oposición a esto, surgen
veinte poemas que componen Absolución…donde la verticalidad
sí permite al sujeto lírico sentirse realizado y se relaciona con
la satisfacción y la plenitud del deseo. La armonía que logra se
refleja hasta en la equilibrada división de diez poemas en una parte
y diez en otra. Ahora no se detiene tanto en la otredad como en sí
misma, no cuenta amores ajenos sino los suyos. Si en Casa…
apuntaba al futuro, a la vejez venidera y descubrimos a saltos un
tono profético, en Absolución… potencia el recuerdo de la
niñez y del amor de juventud como si lo viviera nuevamente.
Su
primer poemario7
viene a significar la pérdida de toda identidad; del espacio íntimo,
familiar, estable. Es una especie de expulsión del paraíso. Desde
entonces emprende un largo peregrinar, el éxodo, una búsqueda
incesante (testimoniada por su obra poética) de la estabilidad y el
sitio propios. Del otro lado está este último poemario publicado en
2005, que podría interpretarse como “el hallazgo” y
ofrece al yo poético quietud y altura, esperanza fundada hacia
atrás, en el pasado. Al ver frustrado todo intento de encontrar en
el futuro o presente el equilibrio necesario o “su” lugar, la
autora emprende un “nostos” dentro de sí misma, regresa, por
medio de la evocación, a los momentos en que fue feliz, los
selecciona, los reúne, los escribe y los enseña.
En
otros poemarios hay un contraste entre la decadencia del tiempo sobre
las cosas y la invulnerabilidad del recuerdo en la mente del sujeto
lírico o de la raza humana (Heráclito afuera- Parménides dentro):
“se vuelve a la casa donde nada permanece/ donde ya son otros el
techo el jardín/ el olor de mi infancia que no tuve/ se ha quedado
sobre el patio”8.
Algo evidente tanto en Casa… como en sus demás cuadernos:
ella ha pretendido con frecuencia crecer “hacia atrás/ como si las
vías por las que anduve/ hubieran tergiversado la historia con fin
menos triste”9,
aunque no con muy buenos resultados.
El
ojo milenario10
es otro ejemplo de la búsqueda incesante en el recuerdo y el tiempo
acumulado; la poetisa crea analogías entre el pasado universal y el
presente. Con un ojo recorre los milenios, los pasea, une los hechos
con imágenes vertiginosas, yuxtapuestas, insólitas. Pero se lee un
hondo pesimismo, un ser recortado que lucha por crecer y queda en el
intento. La posesión de la verdad lleva a la ruina, como le sucedió
a Laocoonte; la vida mutilada desea alcanzar el cielo, pretensión
imposible: “el árbol trunco aspira a la memoria/ y empapela su
tronco de hojarasca/ donde quepan historias y ciudades/ pero nadie
tropieza/ con el cielo mortal que lo aquejumbra”11.
Solo la verdad del amor le ha permitido al sujeto lírico crecer,
tener estancias prolongadas en las alturas, entre los astros; y esto
es lo que nos enseña Lina en Absolución…
Absolución
del amor alcanza la verticalidad y la plenitud que en anteriores
poemarios quedaban solo en el área de lo imposible. Lina, después
de tantear otros caminos, libera el deseo y enfrenta, gustosa, todo
peligro; queda mirando al “tú” que la acompaña; limita
un espacio íntimo, anulante, cercano. No es la primera vez que ella
habla desde un sujeto lírico que se marca en el discurso a veces
como masculino y alterna con la voz femenina, esto es parte de su
modus operandi y lo encontramos en el primer poema de Casa...
Pero ahora su cántico al amor sáfico es desprejuiciado, espontáneo,
suave, libre como la sintaxis.
Se
advertía ya en “amantes de azoteas y andamios”12
(de un modo más pesimista13)
un campo léxico-semántico que se enriquece en Absolución…;
este se relaciona con la altura y alude al deleite y a la felicidad:
castillo, palacio, azotea, planetillos, cometas, luna, estrellas,
soles, arcoiris; el cual se une, junto al oro, a la idea de
luminiscencia y colorido, dado también a través de imágenes
plásticas. La niñez y el nacimiento apuntan a la etapa adolescente,
idealizada; con esto se relaciona la navidad (ecosistema de la
esperanza) y la estrella de Belén. La pasión juvenil se traduce en
ocasiones en imágenes muy inocentes y en elementos miniaturizados (a
lo rococó), que encarnan la torpeza y la ingenuidad propias de la
adolescencia, y hacen más vívido el recuerdo. La autora no
construye en cada verso una imagen que siga a otra y a otra, como en
anteriores cuadernos; ahora las escoge, las prolonga, extiende, las
demora junto al tiempo, no ya vertiginoso, sino detenido “como si
los amaneceres/ nunca fueran a llegar”14.
No obstante, las asociaciones siguen siendo insólitas. La sintaxis
abunda en subordinaciones, especie de onda o espiral en que la imagen
se esparce (vertiente que desde Casa… utiliza). También se
mantienen algunos de los temas más caros a la escritora: el tiempo,
la memoria (con menos pesimismo), o imágenes que recorren todos sus
libros: la verticalidad, el mar, el árbol. Además, siguen las
peculiares referencias a las manifestaciones artísticas: el cine,
Vivaldi, Chopin, Coleridge, Wordsworth, Velázquez, Van Gogh…
En
Absolución… recordar no es don oscuro ni castigo. Es
regresar, dialogar, hallar compañía. Lina logra con este poemario
convertir el árbol trunco en mapa estelar. Su vuelo es el contrario
al de Altazor: Lina crece hacia atrás y hacia arriba, a la génesis,
y se mueve entre los astros, libre (aunque reconozca desde el
presente que “la felicidad/ tiene siempre un infortunio/ de
desenlace”15
y sin dejar de caminar por el Prado o de describir a un mendigo). Lo
que para la mujer de Lot fue destrucción, caída, inmovilidad para
ella es vida ascendente y crecimiento. Una vez más corre el riesgo
de mirar hacia donde los demás no. Su vuelo es el del Ícaro que
Delfín Prats nos describe en “Para celebrar el ascenso de Ícaro”,
o, mejor aun, al que ella misma aspira cuando habla de una fuga
“llena de un misterio de un Ícaro para el que morir en la belleza
no es morir”16.
Lina entiende que solo la verdad del amor ha permitido al yo poético
acceder a las alturas. Por eso apuesta y nos invita a que (“como
quien echa/ por primera vez/ un bote a la mar”17)
transitemos “por donde el amor/ continúa hallando/ el aliento
imborrable…”18
1
Lina de Feria. El libro de los equívocos. Ed. Unión, La
Habana, 2001, p. 30.
2
Lina de Feria. Absolución del amor. Ed. Unión, La Habana,
2005.
3
Este poemario puede consultarse en: El rostro equidistante. Ed.
Oriente, Stgo de Cuba, 2001.
4
Esto se puede confirmar en Las altas horas de Teresa Melo, El
cabaret de la existencia de Aymara Aymerich, Otras cartas a
Milena de Reina María Rodríguez, La sucesión de
Caridad Atencio, Parábolas de Cira Andrés.
5
“Poemas del presente”, “II”, en: Absolución del amor.
Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 37.
6
“cuando mi vejez detenga el tiempo…”, en: El rostro
equidistante. Ed. Oriente, Stgo de cuba, 2001, p. 21.
7
Me refiero a Casa que no existía, citado anteriormente.
8
“La parentela” VII, en:Idem, p. 13.
9
“acostándose dentro”, en: A mansalva de los años. Ed.
Unión, La Habana, 1990, p. 121.
10
El ojo milenario. Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 1995.
11
“XVII”, en:Idem, p. 29.
12
En: A la llegada del delfín. Ed. Unión, 1998, p. 43.
13
Digo pesimista porque en el poema citado hay referencias a la
destrucción de la cúpula cristiana (a la cual se le llama “símbolo
de la muerte de sacerdotes faraónicos y bíblicos”) y los monjes
“fenecen como el roce instantáneo de la tarde”. De este modo se
crea un contraste entre la caducidad de la religión y el deleite
emancipado de los amantes, pero este goce parece ser efímero,
porque existen (aunque sean olvidados frente al ser amado) “viajes
descendientes”, y hay un regreso a la tierra, al tedio, a la
tristeza en los últimos versos, lo que indica una pérdida de la
altura, cosa esta que no sucede en Absolución del amor.
14
“Poemas del ayer”, “I”, en: Absolución del amor.
Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 11.
15
“Idem”, “VI”, en: Idem, p. 22.
16
“cuando el polvo llega a los espejos”, en: A mansalva de los
años. Ed. Unión, La Habana, 1990, p. 109.
17
“Poemas del ayer”, “VII”, en: Absolución del amor,
Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 25.
18
“Poemas del presente”, “IX”, en: Idem, p. 50.
*ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA DÉDALO DE LA AHS (oct.-nov., 2007). A ÉL DEBO EL INICIO DE MI AMISTAD CON LINA DE FERIA. LUEGO VENDRÍAN LOS PASEOS POR 23 Y POR G EN LAS TARDES HABANERAS, LAS PELÍCULAS DE PAUL NEWMAN EN LA CINEMATECA, LAS CONVERSACIONES SOBRE PLOTINO, LAS TARDES EN SU CASA DE LÍNEA, SU FE EN MÍ, SU ALMA SIEMPRE SORPRENDIDA, SIEMPRE JOVEN, SIEMPRE AL LÍMITE. HOY COMPARTO MI TEXTO COMO HOMENAJE A ESA GRAN POETA, A ESA GRAN MUJER.




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada