jueves, 29 de diciembre de 2011

Strike 3: un hombre de verdad. Una crónica de Carlos Manuel Álvarez



En el filme argentino Yepeto de Eduardo Calcagno, el profesor de literatura interpretado por Ulises Dumont declara que el fútbol es la épica de nuestro tiempo. Nunca olvidé esa idea con la que no estaba de acuerdo. Siempre detesté el béisbol y todo el escándalo solariego que lo circunda cuando vivía en Cuba. En España detesto el fútbol, principalmente cuando quiero entrar a un bar y sentarme tranquilo y no puedo porque todos gritan como poseídos, bacantes perdidas, todos, sin excepción.

Ha pasado el tiempo y no he olvidado la sentenciosa frase del personaje que, para colmo, era un gran escritor y un curtido conocedor del arte y la literatura. Una vez iba en un auto y escuchaba en la radio a un comentarista deportivo. Habían marcado gol. La forma en que el comentarista narraba, el acento, sus comparaciones, un símil inesperado, la emoción, el modo en que lo vivía y lo iba describiendo me hizo ver en él una especie de poseído, de iniciado, a la manera en que nos presenta Platón al rapsoda en su Ión o de la poesía. 

Entonces pude comprender por qué el profesor decía que el deporte era la épica de nuestro tiempo: tenemos dos bandos (ya sean aqueos vs. troyanos o el Real Madrid vs. el Barça) y un aedo que nos cuenta, que puede ser Homero, un comentarista deportivo o un cronista. En todos ellos hay importantes elementos en común: la capacidad de encarnar en la palabra el entusiasmo (enthusiasmós), y la habilidad de fabular, de recrear, de divinizar e idealizar la realidad.

Nunca he colgado en este blog un artículo de otro sitio. Pero al leer la crónica de Carlos Manuel Álvarez sobre el pítcher cubano Norge Luis Vera he quedado deslumbrado por la sencillez y la exactitud de su discurso. Un  aedo entre nosotros, me dije de inmediato, al percibir su tono pindárico. Y luego seguí viendo los artículos de este joven estudiante de solo 22 años  y me pareció que el periodismo en Cuba tiene un buen futuro garantizado con dos más como él. Un periodismo tan precario y custodiado como el de nuestro país. Ojalá que esa frescura en la palabra y esa exactitud en el decir se contagie y no decaigan cuando se gradúe y sea ubicado en algún centro de prensa nacional. Yo apuesto con esperanza por el porvenir e insto a que lo lean.

Hay devoción, elegancia en el detalle (al modo en que Homero describía la armadura de Áyax o Diomedes), entusiasmo, subjetividad que se agradece, comparaciones que reflejan una sensibilidad poco común en los periodistas deportivos, y una capacidad de relación, de crear interconexiones entre el béisbol, el ballet, el cine, la literatura y las referencias culturales en general, todas filtradas por sus experiencias vividas. Y ya es mucho. 

Yo envidio su verbo diáfano, su certera forma de decir, de definir, de declarar, de nombrar. Por eso me permitiré subrayar las frases que me parecen un logro encomiable, las frases que quiero hacer mías y compartir. Este artículo demuestra que no importa el tema cuando hay una mano que sabe escribir, el tema es una excusa para el que sabe fabular. A mí hasta me está gustando, después de leerlo, el béisbol. Me empiezo a preocupar. Carlos Manuel es el portavoz de la areté del béisbol cubano.

A la fabulación homérica hay que unir la enunciación desde un yo que vive, que se declara enamorado, apasionado de lo que escribe, un yo con momentos de inspiración pindárica. Nos entrega un Norge Luis Vera que se mueve casi como un semidiós en el terreno, uno de sus héroes de la infancia coreografiando, ritualizando el vacío. No obstante, su apasionamiento no llega a ser desmedido, no se pierde en él, le da un toque peculiar a sus atinadas definiciones. Encuentra el equilibrio exacto entre lo dionisíaco y lo apolíneo tanto para su verbo como para su epifánica descripción de Norge Luis Vera. Envidio su concisión, la misma que me hubiera hecho falta para que esta presentación fuese menos larga. Mis palabras son balbuceo. Lo que yo hubiera querido decir ya lo ha dicho Carlos Manuel. 

Aquí va, después de tanta dilación, la crónica.



(Texto e imágenes tomados de Cubadebate)

Strike 3: Un hombre de verdad (+ Fotos)



Cuando Vera lanzaba, yo pensaba que me iba a morir. Era, por si no le bastara el talento, pura belleza.
Salía con sus medias altas y su melancólica elegancia y casi como un ritual preparaba el box, aquel redondel de tierra donde dejaba de ser un pitcher para convertirse en un incesante despliegue de formas. En una demencial acrobacia de luz.
Con los spikes removía el suelo, lo medía. Luego se inclinaba y tomaba la pez rubia o miraba la pizarra o se ajustaba el uniforme, nada de suma importancia, hasta que se acomodaba la gorra y con su mirada imperturbable, una mirada de comerciante persa, se paraba de frente al plato e iniciaba, praxitélicamente, su endiablado windup.
Otros hablarán del Duque. Porque también subía la rodilla a la altura de la visera. Y se contorsionaba. Y a la gente le parecía que después de lanzar, no tendría forma de zafarse del enredo.
Pero el hombre que yo vi fue Norge Luis Vera. Es decir, más o menos lo mismo, aunque a mí siempre me parecerá mejor. Un bailarín del pitcheo. Que es en el beisbol la mayor de las artes. Si uno mira cualquiera de sus fotos, puede que lo confunda con Fred Astaire.
Cuando Vera lanzaba, yo me ponía duro frente al televisor. Su slider congelaba el ambiente. Era como un cuchillo de circo, siempre a la altura de las rodillas. No malgastaba lanzamientos. No intimidaba con su presencia. No gesticulaba más de lo normal. Era un estoico, un tímido, un romántico.
Dos héroes tuve de muchacho. Alexei Maresiev y Vera contra los Orioles. Dos cosas me deslumbraron. La belleza de Milady de Winter y, como ya dije, aquel windup. Dos cosas me sedujeron. La vida de Huck Finn y la mirada dura de comerciante persa.
Llegué a pensar, inocentemente, que Vera me decía algo a través de la pantalla. Pero después supe que no. Que no miraba hacia ningún lugar. Y que sus ojos tristes y su quijotesca ingravidez eran extrañas expresiones de su virtuosismo.
Cómo Vera, a pesar de ser un pitcher ganado por lo reflexivo, un pitcher que llevaba en el rostro la huella indeleble de la sabiduría, lograba ser implacable, es algo que no logro entender. Un pitcher inteligente, muy inteligente, y no por eso menos impetuoso.
Todavía lo veo, así, con el 20 en la espalda, con toda la carga a cuestas, alzando la rodilla, ladeando el rostro, soltando el brazo a tres cuartos, girando las muñecas a favor del tiempo, uno, dos, varios segundos… y la slider cayendo largamente, en un sitio impreciso que no es, pero que bien pudiera ser la eternidad. 

Carlos Manuel Álvarez

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