domingo, 18 de diciembre de 2011

PANDÉMICA Y CELESTE




"Tengo para mí que la belleza  es una sensación 
física, algo que sentimos con todo el cuerpo."

Jorge Luis  Borges

Jaime Gil de Biedma (1929-1990) comienza su texto "Pandémica y celeste" con un epígrafe de Cayo Valerio Catulo, el escritor neotérico latino; la cita trata sobre el eterno amor del autor antiguo hacia Lesbia, el cual dice que es como las innumerables arenas o como las muchas e incontables estrellas que miran desde el cielo los furtivos amores de los hombres, cuando calla la noche.

A partir de lo terrenal, de un tono coloquial a veces, el sujeto lírico recrea, desde una mirada contemporánea, los conceptos platónicos de las Venus pandémica y celeste, expuestas en El Banquete según Pausanias

De acuerdo al poema, no hay elevación del alma sin caricia física, la belleza terrenal y palpable, el roce y el goce mundano permiten vislumbrar el Uno, el logos, la esencia, la idea primigenia, el amor como instancia superior, celestial. Nos es dado solo el deseo por lo trascendente y el ademán desesperado y desmedido de al menos arañar la belleza.

La conclusión del yo poemático es la siguiente: mientras más se ame, se rocen dos cuerpos deseosos (sean extraños o conocidos amantes, recién llegados o jóvenes en la ciudad de paso, el amor de un día o el de toda la vida) más nos podremos acercar al Uno. Cada intento es la posibilidad irrepetible y potencial de alcanzar la belleza, aunque sea en ráfagas. Solo el recuerdo de esos golpes de luz nos quedarán en la vejez.

En pocas palabras: mientras más relaciones amorosas (pandémicas) se tenga, más posibilidades habrá de vislumbrar el cielo (lo celeste). De lo diverso a lo uno. No hay cielo sin tierra, logos sin physis, arriba sin abajo, estrellas sin arena. Conjunción de lo estético, lo voluptuoso y lo trascendente. Hay algo de orgásmico en lo estético. La mente no se eleva si la mano no toca. Todo esto parece decirnos el autor. Comprobadlo:    






quam magnus numerus Libyssae arenae
[...]
aut quam sidera multa, cum tacet nox,
furtiuos hominum uident amores.

CATULO, VII


Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento igual
deslumbramiento que a los veinte años!

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes haber
hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una
imagen rota,
de la langueur goutée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semanalas
experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.
Su juventud, la mía,
-música de mi fondo--
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.

JAIME GIL DE BIEDMA

1 comentario:

  1. Bellisimo poema, Yoandy, muy sentido y fiel.
    Gracias por compartirlo.
    Un saludo desde la Patria.
    Maria del Mar

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