jueves, 22 de diciembre de 2011

La sombra de tu cuerpo se demora



"El ídolo de las Cícladas" y "Las Ménades" de Julio Cortázar son dos textos narrativos en que determinado carácter sagrado, sobrenatural, sobrecogedor, mistérico, iniciático y hasta terrorífico del mito griego llega y se inserta en la mejor narrativa latinoamericana del siglo XX. 

Recuerdo también haber leído en mis tiempos de estudiante los versos que el argentino escribió sobre Cnossos en su libro Salvo el crepúsculo. Su poesía casi siempre me parecía el ejercicio en verso de un narrador, pero a veces, entre un prosaísmo y una sinceridad visceral y cotidiana, Cortázar alcanza un lirismo que se agradece y que conmueve por diversas razones. Ejemplo de ello son "Encargo", "Resumen en otoño" y "Después de las fiestas", resultados sólidos de un ejercicio poético encomiable, si pensamos que este hombre tenía alma y estrategia de narrador nato.

Semejante al entorno doméstico e íntimo de "Después de las fiestas", a la eternidad de lo perdido, del amor que permanece incluso después de haberse marchado, es el poema que hoy quiero compartir. En la escritura del mismo debió influir en Cortázar el haber traducido la novela Memorias de Adriano de Margarite Yurcenar. La labor traductológica dejó una especie de esencia lírica que se respira y se prolonga en estos versos cortazarianos.

El poema se titula "Adriano a Antínoo", y es un soneto con rima y metro irregulares. Sin embargo, influenciado por el lirismo diáfano de Yurcenar, Cortázar nos regala imágenes y descripciones poco frecuentes en su poesía. Adriano, desde el lecho, en el aire, en el paisaje reconoce la dolorosa prolongación del cuerpo ausente.

Como la sombra del joven que irrumpe irremediablemente en el primer verso, Antínoo, su muerte, su pérdida se desplaza desde el dolor de Adriano estilizado en el mármol, vuelto pálpito de la belleza en la piedra, a la ficcionalización de Yurcenar. La autora habla desde un Adriano narrador y envejecido que escribe sus memorias y recuerda, repasa su vida. Luego Cortázar traduce (que es otra forma de crear, de vivir, de encarnar) la novela de la autora francesa. Y termina escribiendo este soneto todavía sometido a la voz del Adriano narrador.

El emperador romano habla a su amante muerto, y, como leemos en "Después de las fiestas", parece decir al joven de Bitinia de una forma menos coloquial y más elaborada: "eras más que el tiempo". Todavía hoy, al leer estos versos, "la sombra de [s]u cuerpo se demora":

ADRIANO A ANTÍNOO

La sombra de tu cuerpo se demora,
eco fragante, centro de este lecho
donde mi amor te abrió la voz y el pecho
buscando el balbuceo de otra aurora.

No te olvidan las sábanas, añora su
lino el rubio juego, tu deshecho pelo
de espigas, el ardido trecho donde
la flor de la delicia mora.

Bajo un silencio de topacio, el río
de nuestra doble fuga arde su espuma
cada vez que mi mano se reposa

en este lecho donde fuiste mío.
Tu queja vuelve sobre tanta pluma
como tu sangre desde tanta rosa.

Julio Cortázar

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