A la Iglesia Misión Mundial en Sandino
"Podemos hablar de la memoria de los sueños."
"A cada hombre le está dado, con el sueño,
una pequeña eternidad personal."
Jorge Luis Borges
"Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños."
W. Shakespeare
"Podemos hablar de la memoria de los sueños."
"A cada hombre le está dado, con el sueño,
una pequeña eternidad personal."
Jorge Luis Borges
"Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños."
W. Shakespeare
Hay algunos caminos que,
de recorrerlos tanto en la vida, en la corta vida que nos es dada,
quedan como tatuados en la memoria, una especie de secuencia
cinematográfica más vívida que otras, lo que demuestra de algún
modo que en la repetición, en la relectura, en el ejercicio
rutinario está algunas veces el método más factible para el buen
aprendizaje.
De esos trayectos
aprendidos a golpe de andarlos tantas veces, ahora recuerdo tres. El
que llevaba de mi casa a la iglesia, el que conducía de mi casa a la
secundaria y el camino desde el Cementerio de Regla (donde me dejaba
el autobús al regresar de impartir mis clases en la Universidad)
hasta la casa en que viví y fui feliz (muy feliz) durante tres años
en Rafaelli, a unas cuadras de la bahía reglana.
Nótese, además, que
esos caminos bien aprendidos, que podemos casi palpar en el recuerdo,
cerrar los ojos y recorrer con determinada facilidad, tienen que ver
con ciertas aspiraciones, con algunas metas logradas, con nuestra
formación, con las prioridades y los propósitos que nos trazamos (o
que nos imponen) en distintos momentos de nuestra vida.
En mi caso, el primero de
estos tres que recuerdo (el de la iglesia) tiene que ver con mi
formación teológica y mi crecimiento en todos los sentidos, pues en
la iglesia crecí, dialogué, viví desde los 9 años de edad. Ir de
mi casa al templo era un trayecto de refracción, especular. La
iglesia fue mi casa. A ella debo mi iniciación en el culto a la
lectura, en el conocimiento de los misterios de la palabra, del
logos, en la disciplina del estudio; debo mis primeros y mejores
amigos, el conocer gente maravillosa con la que todavía hoy cuento
de modo incondicional, estén en el lugar que estén.
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| Parte superior derecha: zona en la que vivía en Sandino, Pinar del Río Al frente de mi edificio se ve una frondosa ceiba |
El segundo trayecto tiene
que ver con mi primera formación educacional en un país socialista,
dentro de las que se llamaron “escuelas en el campo” (ESBEC): más
de dos kilómetros que caminamos juntos durante tres años en las mañanas por un
terraplén donde aparecían con determinada frecuencia algunas
hileras de eucaliptos, el primer sol indeciso de la mañana; íbamos
como ovejitas uniformadas, en medio de una angustiosa nube de polvo,
por una sabana fría e inhóspita, por el atajo, especie de hipotenusa trazada
entre las calles-catetos. Y luego en la tarde, el camino de regreso a
casa y las noches de apagón en que hacía mis deberes bajo la luz de
una lámpara que mi madre improvisaba con un tubo de pasta dental y un poco
de luz brillante (petróleo) en una botella o bote de cristal (conocida como "chismosa").
El tercero, el de Regla,
era una pendiente que subía en las mañanas y que bajaba en las
noches, por la calle Maceo, doblando en La Piedra y entrando luego
por Rafaelli 9; esta última, una calle de una sola cuadra,
amurallada por la parte que da al mar.
Los tres trayectos tienen como factor común la casa donde vivía. Los tres están
relacionadas con el aprendizaje y la enseñanza, dentro de la que he
pasado gran parte de mi vida. En la iglesia y la escuela recibí contenidos,
aprendí. En el caso del camino de Regla hacia el autobús en las
mañanas para ir a la Universidad, ya en ese tiempo como profesor universitario, enseñaba,
compartía un poco de lo que había estudiado y de lo que seguía
investigando.
Cuando llegué a Madrid,
soñé insistentemente y de forma reiterada que iba bajando la calle
Maceo de Regla, me detenía en mi sueño en los hemistíquios
asfálticos, arquitectónicos y hasta ferroviales que mejor recuerdo:
el portal en que compraba algo de comer antes de bajar la pendiente;
la línea del tren por la que casi nunca pasaba un tren, a no ser uno
alguna extraña tarde u otro casi fantasmagórico que interrumpía
alguna vigilia en la noche prolongada de la isla; la casa de madera
colonial, casi calléndose, que hacía esquina; el CUPET, un poco más
adelante, en el que podía comprar con CUC aceite, jugos naturales y
perritos calientes...
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| Edificio en Sandino, Pinar del Río, donde viví durante mi niñez y adolescencia |
Pero anoche he señado,
con una nitidez sorprendente, con el camino hacia la iglesia cuando
era niño y vivía en Sandino: la blanca puerta de mi casa, el color
oscuro de la llave (color del tiempo), el escalón roto al salir de
mi edificio, el trillo pitagórico (en forma de hipotenusa irregular
que rectifica las molestas exactitudes geométricas urbanísticas) que
acortaba el camino y seguía por el asfalto, el abrupto final de esta
acera que en un poste y después de un arbusto se cortaba, desaparecía...
Luego cruzaba la calle, hacía entonces un bojeo al Palacio de Pioneros, pasaba por casa de Yaniesky (por la
entrada del Paladar de Tony), seguía recto hasta la cañada, iba hacia los “cuatro plantas”, miraba las ventanas de casa
de Mariolys para saber si estaba aún allí. Luego las canchas,
cuidado, que ahí, desde hace poco, hay un hueco que no se ve por la
oscuridad. Al frente, la casa de Triana, su abuelo sentado en el portal aprovechando el poco fresco de la tarde. Seguía por el Centro
Escolar donde estudié de pequeño, bordeándolo hasta doblar, pasaba
por frente de casa de Mabel, cruzaba una calle, seguía por frente de
la sede de la Unión de Jóvenes Comunistas del municipio; luego otra
hipotenusa sobre la yerba, un trillito de losas y ya, al acercarme,
se siente la música, la voz del pastor, Narcisa dando un testimonio,
el pandero, Reimel en el piano, alguien que se da la vuelta desde los
primeros bancos, me mira, sonríe y me llama para que me siente a su
lado...
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| Al centro, en la parte inferior, mi edificio. ¿Veis la pequeña hipotenusa en la esquina inferior del edificio? |




hay Yoandy por que haces esto???
ResponderSuprimiracabas de sacar dos lagrimas de mis ojos que hasta me dolieron...he visto el camino(de tu casa-iglesia)mientras lei tus palabras y lo he visualizado todo, hasta el olor senti...
tambien puedo contar de caminos que camine...
y quien no???
me encanto poder leer de ti...de los caminos que recuerdas y que estoy en uno de ellos...me hace feliz...quizas olvidaste uno que siempre fue divertido y fastidioso a la vez...
un beso...mario