lunes, 26 de diciembre de 2011

Hable con ella (tema para una habanera)



Entre las guías turísticas que le regala el periodista Marco Zuluaga a Benigno Martín está la de Cuba, la última que se menciona en la enumeración que hace el enfermero Benigno cuando ambos salen del hospital. La inmovilidad y la capacidad de la mente de viajar, de inventarse un destino, un sentido lógico es uno de los tópicos que trata el filme "Hable con ella" de Pedro Almodóvar.

Recordaba la cinta más dispersa, menos coherente, sin embargo al repasarla esta madrugada he quedado sorprendido. Es un filme redondo. El ballet, el cine mudo, las referencias a la literatura de viaje son como tragaluces abiertos en la piedra, ékfrasis que dialogan con los dilemas que se presentan en el filme.

Cuando la vi en Cuba tenía cortadas las partes en que se habla sobre la vida en La Habana. Ahora me interesa poner a dialogar el tópico antes mencionado con las referencias a una realidad cubana que sigue siendo la misma hasta hoy y que Almodóvar utiliza como especie de mise en abyme, de puesta en el vacío, nunca mejor dicho, porque de escapar al vacío, al sinsentido va el asunto.

Entre el estado vegetativo de la joven Alicia y la vida de afuera, la posterior encarcelación de Benigno y los viajes que lee en las guías turísticas que escribió su amigo, el accidente de Lydia y la continuidad de la vida hay un factor común: la oposición de estos espacios, de estos referentes es bombardeada por los diferentes intentos de los que siguen conscientes y en vida: Benigno contándole los filmes de cine mudo a Alicia, o describiéndole el último ballet que vio; el torero hablando con Lydia, llorando, esperando por su despertar; Marco desde el exterior de la cárcel haciendo todo lo posible por ayudar a Benigno. Todos creen en el fin del encierro, de la inmovilidad, todos persiguen la vida, aguardan la esperanza de la recuperación del otro al que estiman, ya sea la paciente-amante, el amigo, o la novia.


Como una especie de símil itinerante aparece la isla de Cuba: entre las guías que lee Benigno durante las noches en la cárcel, él se siente identificado con la cubana, aquella mujer apoyada en una ventana frente al malecón como esperando que pase algo, que haya un cambio, inútilmente. "Mi guía favorita es la de La Habana", dice, "y me identifiqué mucho con esa gente que no tiene nada y que se lo inventa todo".


En esa comparación está la síntesis de todas las oposiciones que el filme representa: la búsqueda de la libertad, de un despertar o un desenlace que puede ser plural: el doloroso y lamentable suicidio en el caso de Benigno al ver toda esperanza perdida, la muerte de Lydia, y (por suerte) el despertar de Alicia que poco a poco va recuperándose y que en ese encuentro con Marco al concluir el filme (un cierre de composición anular) da lugar a la esperanza y a la continuidad de la vida, del deseo, del misterio...

Los personajes han tenido su final, doloroso o esperanzador. La cubana no. La habanera, que es el cuerpo nacional, ha quedado congelada en el símil de Almodóvar. Esa imagen permanece en perpetuo desasosiego, esperando aún. Ojalá que su espera no sea inútil, que su fin no sea el de Benigno, quien ha puesto sobre la guía cubana todas las pastillas con las que se ha de suicidar, colocando todas las esperanzas en ese último viaje, definitivo que decide emprender para encontrarse con Alicia, a la que cree muerta.






Ojalá que La Habana, esa muchacha que permanece de codos en el balcón y mirando al horizonte, pueda encontrar el modo de bailar aunque no vea nada, como sucede en el ballet que da inicio al filme. Que no se quede la joven de la isla en estado vegetativo o encerrada o inerte, que aprenda a levantarse y que logre rescatar con paciencia los triglifos y las columnas dóricas que en su ruina la siguen sosteniendo.  


  

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