viernes, 11 de noviembre de 2011

Nos falta Casal



Guardaba entre sus recortes un poema premodernista de Joaquín Lorenzo Luaces. Tuvo que prescindir de su madre desde los cinco años, ese es, en verdad, el inicio del éxodo que significó toda su vida. Se movió por toda La Habana Vieja, por la calle Obispo, entre cuartuchos y trabajos de mala muerte, malviviendo. Hizo del arte el espacio en que pudiese encontrar toda la belleza que le negaba el entorno. Recreó los museos que amó con los bordes filosos de las palabras. Pensé en Julián del Casal cuando en París visité la casa de Gustave Moreoau, porque el poeta cubano escribió "Mi museo ideal" a partir de reproducciones decimonónicas de los originales del pintor francés que solo pudo apreciar en blanco y negro, llegadas a Cuba entre libros de viaje provenientes de Europa .

Visitó España y regresó sobrecogido a La Habana; todo intento por cambiar de aire, de paisaje, de luz lo asfixiaba más. Hizo de la frialdad, del verso frío y cortante como la porcelana, de sus excentricidades en un período decadente el arma para sobrevivir, para evadir y para enfrentar. Fue su modo de combate. Algunos se cubren con un escudo, otros usan una máscara.

Amigo de Darío, admirador de Maceo, dueño de la nieve en un país tropical y desconocedor de los cambios vertiginosos de las estaciones. Junto a Martí conforma una de esas dicotomías sin las que la poesía cubana no tendría la consistencia que ha alcanzado en tan pocos siglos. Despide el siglo XIX, comienza siendo la influencia principal en el siglo XX, ante una República que no termina de creerse, de crearse a sí misma, que se sabe huérfana de Casal. Y termina el siglo XX siendo el aliento de los poetas de la década del noventa en Cuba. 

A pesar de ese continuum, Casal siempre nos ha faltado, se busca a Casal en lugares imposibles: existe una foto de poetas en los años ochenta frente a las ruinas de su casa en la calle Cuba que ya no están (ni las ruinas ni la mayoría de los poetas). Ni siquiera sabemos hoy dónde fue enterrado. Ni siquiera sabemos dónde está su tumba. Por eso quizá, y por la pujante y necesaria desesperanza de su verso, Casal es más que una presencia, una búsqueda continua. Casal está ausente.

Si Piñera levanta el horror como carcajada triunfal, Casal nos devolvió en irónica imagen de la belleza helada, la perfección del verso, la marfilería sintáctica, un kimono y un abanico para desencajar en las mórbidas tardes habaneras. Hoy, dispersos, lo seguimos buscando. Su fantasma no nos ha dejado en paz.

Estos dos poemas que hoy reescribo en un aniversario más de su nacimiento (el 148) evidencian los límites entre los que se movió, los mundos en que habitaba. Su vida transcurrió entre el arte y el trópico, entre el sueño y la realidad insular.

MIS AMORES


Soneto Pompadour

Amo el bronce, el cristal, las porcelanas,
Las vidrieras de múltiples colores,
Los tapices pintados de oro y flores
Y las brillantes lunas venecianas.

Amo también las bellas castellanas,
La canción de los viejos trovadores,
Los árabes corceles voladores,
Las flébiles baladas alemanas,

El rico piano de marfil sonoro,
El sonido del cuerno en la espesura,
Del pebetero la fragante esencia,

Y el lecho de marfil, sándalo y oro,
En que deja la virgen hermosura
La ensangrentada flor de su inocencia.



PAISAJE DEL TRÓPICO


Polvo y moscas. Atmósfera plomiza
donde retumba el tabletear del trueno
y, como cisnes entre inmundo cieno,
nubes blancas en cielo de ceniza.

El mar sus hondas glaucas paraliza,
y el relámpago, encima de su seno,
del horizonte en el confín sereno
traza su rauda exhalación rojiza.

El árbol soñoliento cabecea,
honda calma se cierne largo instante,
hienden el aire rápidas gaviotas,

el rayo en el espacio centellea,
y sobre el dorso de la tierra humeante
baja la lluvia en crepitantes gotas.

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