“[…] y se deslizó
debajo de dos matas que habían nacido del mismo lugar, una de
aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el húmedo soplo de los
vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la
lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían
entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y
luego preparó ancha cama con sus manos, pues había un gran montón
de hojarasca como para acoger a dos o tres hombres en el invierno por
riguroso que fuera.”
Hace días veo a mi
padre, por la carretera central que lleva a la base de San Julián en
Pinar del Río, penetrando por entre las matas de mango con un saco,
y yo, con apenas once años, voy con él, más interesado en la
maleza y en la vegetación irregular y abundante que en los frutos
que mi padre recoge. Hoy me inclino en el sofá, prestando atención
a mí mismo, a la escena que la memoria en su azar incomprensible
cruza reiteradamente en mi presente como si se tratase de un filme.
O recuerdo las enormes
arboledas tupidísimas que recorrí cuando en primaria fuimos de
exploración por las calles y los terrenos que conducían a escuelas
en el campo o a tierras labradas por campesinos: fue entonces que vi
el delgado y lírico cadáver de las hojas, casi transparente ya, de
muchas, infinitas: observé cómo se acumulaban en la sombra, debajo
de las ramas aún verdes que luego pude leer en los versos de
Homero, en boca de Glauco, repetidos, reescritos eternamente.
Recuerdo que en uno de
esos viajes escolares vi dos árboles tan unidos que no podía caber
ni siquiera un rayo de luz por entre ellos, me sorprendió la danza
inmóvil de aquellos troncos mudos, la contundente alianza de la
madera viva. Luego me sería revelada la misma escena en unos versos
de la Odisea y en unas ilustraciones de una edición bíblica que he
dejado en Cuba. Esas imágenes eternamente ligadas a mi niñez me
permiten entender con mayor facilidad algunas anacreónticas de
Luaces que recrean el tópico del locus amoenus. Yo mismo escribí, a los veinte años, un poema que hoy reproduzco aquí, sin conciencia en aquel entonces de que estaba relacionado con el tópico literario antes mencionado y que ahora se me antoja como parte y recreación de esas imágenes bucólicas que pertenecen a mi niñez:
QUIMERA
Ahora
que los días se agitan
como
vino oscuro sobre el kylix de la noche
y
lo extiende
ebria
entre
las manos
Que
tu pie va donde no habito
y
recorres otro extremo de la isla
Que
la violencia borra de mis labios
la
sal de los frutos secos
y
se acercan libaciones amargas
no
pedidas como viajes
Que
el dolor hace de mí
la
sombra amarga de la espuma
pincel
sepulto de la tarde
y
con el marfil se fue
el
sabor a almendras y el sueño
Propongo
escapar tras las montañas
haremos
un colchón de heno y flores secas
la
angustia será verja de agua en mis manos
Allí
donde el viento
espiral
invisible reza más fuerte
cuando llegan los
amantes
Todavía siento la
respiración de mi padre sobre mi cuello cuando me llevaba en el
caballo de la bicicleta hasta mi secundaria, a las seis de la mañana
por el camino arenoso y difícil custodiado por altos eucaliptos,
mientras el sol, con cierta timidez al principio, comenzaba a asomar.
Mi padre palpitando a mi espalda, sudoroso al amanecer, profundo,
como un bosque, como un dios de camisa abierta que avanza con la bicicleta que le ha
durado desde mis trece años hasta hoy. En estas tardes también he
vuelto una y otra vez a cruzar el barranco en quitrín con mi primo
Elier, que es un loco, y con la yegua a la que azuza con fuerza. Mi
madre asustada me aguanta y sonríe, entre nerviosa y feliz.
El tronco seco en medio
del río que extendía sus viejas raíces hacia la orilla y desde el
que nos lanzábamos al azul abismal del agua, siempre con un poco de
miedo. Mi padre sobre un caballo sin montura el día que llovió tanto que no
podía llegar en bicicleta a recogerme a la secundaria. Mi madre
abriendo la ventana hacia el mediodía cubano y a los naranjales
incendiados, como ejércitos luminosos y florecidos. El río
Guadiana, humilde y eterno como el de Heráclito. Un almendro frente al mar, dueño del estío, sobre el promontorio que deja ver las encanecidas olas.
Entre la sombra y
la luz, las hojas verdes y las secas, mi madre y mi padre, el mango y
su pulpa. Estas imágenes vuelven como una pequeña antología de la
memoria, como una traición dulceamarga del destino, del pasado, ese
cuerpo interminable que nunca acaba de pasar. La memoria es un dios
caprichoso, imprevisible, manipulador y cada vez se vuelve más
importante, y a cada instante crece más hacia todas direcciones. Se
confunde con el vacío y el viento. Nos deja desnudos, náufragos, indefensos ante el bosque de todo lo vivido. La titánide memoria edita, antologa,
presenta su trabajo ante nuestros ojos, recorta momentos que sabe no
nos dejarán indiferentes. La memoria, urania, es un enemigo necesario, un
aliado traicionero al que habremos de agradecer la pérdida, la nada o el
recuerdo.
VII
EL ESCAMPADO
Hay en el centro mismo
de aquel follaje denso
un limpio delicioso
asilo del misterio.
La entrada, al hombre, impiden
bejucos mil rastreros,
zarzales y magueyes
en matorral espeso.
Dos mangos poderosos
se elevan en el medio
y su ramaje enlazan
con círculos diversos;
templando con sus hojas
de nuestro sol el fuego
no impiden que la Brisa
penetre con su aliento.
Pajizas hojas secas
se miran por el suelo
como acolchada alfombra
que incita al grato sueño.
Allí serpeando gime
tan diáfano arroyuelo
que nunca á las muchachas
podrá servir de espejo.
Siguiendo una rabiche
ayer he descubierto
perdido en la maleza
aquel Edén pequeño.
No revelarlo á nadie
juré... Pero confieso
que la trigueña Lola
me arrebató el secreto.
Flaqueza fue? Lo ignoro:
mas sé que lo celebro,
pues Lola en aquel limpio
me ha dado el primer beso.
Joaquín Lorenzo Luaces

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