martes, 29 de noviembre de 2011

Los mangos de Mnemosyne



“[…] y se deslizó debajo de dos matas que habían nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para acoger a dos o tres hombres en el invierno por riguroso que fuera.” 

Homero. Odisea, canto V.




  


Hace días veo a mi padre, por la carretera central que lleva a la base de San Julián en Pinar del Río, penetrando por entre las matas de mango con un saco, y yo, con apenas once años, voy con él, más interesado en la maleza y en la vegetación irregular y abundante que en los frutos que mi padre recoge. Hoy me inclino en el sofá, prestando atención a mí mismo, a la escena que la memoria en su azar incomprensible cruza reiteradamente en mi presente como si se tratase de un filme.

O recuerdo las enormes arboledas tupidísimas que recorrí cuando en primaria fuimos de exploración por las calles y los terrenos que conducían a escuelas en el campo o a tierras labradas por campesinos: fue entonces que vi el delgado y lírico cadáver de las hojas, casi transparente ya, de muchas, infinitas: observé cómo se acumulaban en la sombra, debajo de las ramas aún verdes que luego pude leer en los versos de Homero, en boca de Glauco, repetidos, reescritos eternamente.

Recuerdo que en uno de esos viajes escolares vi dos árboles tan unidos que no podía caber ni siquiera un rayo de luz por entre ellos, me sorprendió la danza inmóvil de aquellos troncos mudos, la contundente alianza de la madera viva. Luego me sería revelada la misma escena en unos versos de la Odisea y en unas ilustraciones de una edición bíblica que he dejado en Cuba. Esas imágenes eternamente ligadas a mi niñez me permiten entender con mayor facilidad algunas anacreónticas de Luaces que recrean el tópico del locus amoenus. Yo mismo escribí, a los veinte años, un poema que hoy reproduzco aquí, sin conciencia en aquel entonces de que estaba relacionado con el tópico literario antes mencionado y que ahora se me antoja como parte y recreación de esas imágenes bucólicas que pertenecen a mi niñez:


QUIMERA

Ahora que los días se agitan
como vino oscuro sobre el kylix de la noche
y lo extiende
ebria
entre las manos
Que tu pie va donde no habito
y recorres otro extremo de la isla
Que la violencia borra de mis labios
la sal de los frutos secos
y se acercan libaciones amargas
no pedidas como viajes
Que el dolor hace de mí
la sombra amarga de la espuma
pincel sepulto de la tarde
y con el marfil se fue
el sabor a almendras y el sueño
Propongo escapar tras las montañas
haremos un colchón de heno y flores secas
la angustia será verja de agua en mis manos
Allí donde el viento
espiral invisible reza más fuerte
cuando llegan los amantes



Todavía siento la respiración de mi padre sobre mi cuello cuando me llevaba en el caballo de la bicicleta hasta mi secundaria, a las seis de la mañana por el camino arenoso y difícil custodiado por altos eucaliptos, mientras el sol, con cierta timidez al principio, comenzaba a asomar. Mi padre palpitando a mi espalda, sudoroso al amanecer, profundo, como un bosque, como un dios de camisa abierta que avanza con la bicicleta que le ha durado desde mis trece años hasta hoy. En estas tardes también he vuelto una y otra vez a cruzar el barranco en quitrín con mi primo Elier, que es un loco, y con la yegua a la que azuza con fuerza. Mi madre asustada me aguanta y sonríe, entre nerviosa y feliz.

El tronco seco en medio del río que extendía sus viejas raíces hacia la orilla y desde el que nos lanzábamos al azul abismal del agua, siempre con un poco de miedo. Mi padre sobre un caballo sin montura el día que llovió tanto que no podía llegar en bicicleta a recogerme a la secundaria. Mi madre abriendo la ventana hacia el mediodía cubano y a los naranjales incendiados, como ejércitos luminosos y florecidos. El río Guadiana, humilde y eterno como el de Heráclito. Un almendro frente al mar, dueño del estío, sobre el promontorio que deja ver las encanecidas olas. 

Entre la sombra y la luz, las hojas verdes y las secas, mi madre y mi padre, el mango y su pulpa. Estas imágenes vuelven como una pequeña antología de la memoria, como una traición dulceamarga del destino, del pasado, ese cuerpo interminable que nunca acaba de pasar. La memoria es un dios caprichoso, imprevisible, manipulador y cada vez se vuelve más importante, y a cada instante crece más hacia todas direcciones. Se confunde con el vacío y el viento. Nos deja desnudos, náufragos, indefensos ante el bosque de todo lo vivido. La titánide memoria edita, antologa, presenta su trabajo ante nuestros ojos, recorta momentos que sabe no nos dejarán indiferentes. La memoria, urania, es un enemigo necesario, un aliado traicionero al que habremos de agradecer la pérdida, la nada o el recuerdo.

VII
EL ESCAMPADO

Hay en el centro mismo
de aquel follaje denso
un limpio delicioso
asilo del misterio.
La entrada, al hombre, impiden
bejucos mil rastreros,
zarzales y magueyes
en matorral espeso.
Dos mangos poderosos
se elevan en el medio
y su ramaje enlazan
con círculos diversos;
templando con sus hojas
de nuestro sol el fuego
no impiden que la Brisa
penetre con su aliento.
Pajizas hojas secas
se miran por el suelo
como acolchada alfombra
que incita al grato sueño.
Allí serpeando gime
tan diáfano arroyuelo
que nunca á las muchachas
podrá servir de espejo.
Siguiendo una rabiche
ayer he descubierto
perdido en la maleza
aquel Edén pequeño.
No revelarlo á nadie
juré... Pero confieso
que la trigueña Lola
me arrebató el secreto.
Flaqueza fue? Lo ignoro:
mas sé que lo celebro,
pues Lola en aquel limpio 
me ha dado el primer beso.

Joaquín Lorenzo Luaces

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