domingo, 13 de noviembre de 2011

Adria Santana en la Medea de Estorino



[Sobre Medea sueña Corinto de Abelardo Estorino]

Era costumbre dentro del teatro griego que los acontecimientos que tenían lugar fuera de la escena y que ofrecían dificultades en la representación por limitaciones de espacio y de escenografía fueran relatados por un mensajero. El heraldo que cuenta la muerte de Creúsa en Medea y el que refiere el accidente de Hipólito son dos ejemplos que evidencian la especialización a la que llegó Eurípides en estas intervenciones dentro de su obra. Albin Lesky llega a denominarlas “pequeñas piezas épicas” por su exactitud, su fuerza y su perfección.

En la Medea… de Estorino (además de ser ya la obra misma un largo e ininterrumpido discurso de un solo personaje, al escoger como forma dramática el monólogo) hay dos momentos que recuerdan estos discursos de los mensajeros en las piezas griegas.

El primero es el relato de la muerte de Absirto, que se mueve entre la crueldad, los celos, la decisión irrevocable de llegar a Corinto y un cariño contradictorio por el joven hermano despedazado en las aguas; y que recuerda en esta Medea, por los violentos movimientos de una mano contra otra, a Lady Macbeth cuando enloquecida intenta lavar su culpa. La joven princesa de la Cólquide tiene que actuar cuando su hermano comienza con el llanto, pues si son descubiertos podría frustrarse el viaje, de ahí que ella decide descuartizarlo y entretener con sus pedazos al padre que los persigue para ganar tiempo y escapar. Lo sacrifica todo esta mujer para que la tarea de Jasón se cumpla y él pueda llegar con el vellocino a Corinto, y ella con él. Es el de Medea, pues, un heroísmo secundario y doloroso, para que Jasón alcance gloria y honor. No persigue esta mujer otro premio que estar a su lado, darle hijos y hacerlo feliz. Este episodio en que descuartiza a su hermano enriquece y complejiza la caracterización psicológica del personaje, además de crear analogías con los que se han lanzado al mar por llegar a la Corinto desarrollada de nuestros días. El acto de la heroína al permitir que Jasón se lleve la piel de oro que representa la riqueza de sus tierras, pudiera interpretarse análogo al saqueo de las tierras latinoamericanas por parte de las potencias desarrolladas del mundo moderno, algo que es sugerido en el texto frecuentemente.

El segundo es el relato de la muerte de sus hijos. Medea, aunque se encuentre lejos del palacio, en calidad de hechicera y visionaria, puede observar cómo sus pequeños entregan el regalo a Creúsa, por eso no necesita que el heraldo tradicional venga y haga la narración, y del mismo modo el dramaturgo puede mantener a la vez las características del monólogo y recrear el famoso episodio de la muerte de la princesa de Corinto a través de uno de los más elevados e inolvidables momentos dentro de la carrera de la actriz Adria Santana, que asume el personaje de la heroína euripidea. El autor utiliza varios registros en el episodio, mezcla el estilo trágico y la voz de la hechicera con parlamentos domésticos y coloquiales. Mientras Medea habla, revive los acontecimientos, vuelve a pasar por el dolor de ver a sus hijos abrazar a la hija de Creón, de modo que con el vestido llameante de la princesa las palabras y los gestos de Adria/Medea también se encienden, arden. Luego viene la ceniza, el olor acre, el sueño de Corinto transformado en fuego y muerte, la venganza convertida en puñal reversible. Se apagan las luces, se termina el ritual que es toda representación, y en la cadena de invocaciones que conforman la obra (a Eurípides, a Séneca, a Corneille, a los Argonautas, a la Cólquida, a Corinto y todo lo que ella representa) regresa Jasón esta vez del infierno como quien viene de cortar leña. Los personajes, desvestidos de todo ropaje heroico y mítico, se sientan a la mesa donde la sopa está servida junto a la absurda sucesión de los días y a la “lenta sensación de eternidad”. Jasón ha cambiado sus hazañas épicas por la pesca silenciosa y cotidiana. Medea termina sirviendo el café, como una novia imposible para un Jasón que desde el sigilo se define como algo ya muy distinto y alejado al héroe que fue en busca del vellocino.

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Del mito griego a un tono más costumbrista; de los rituales iniciáticos del teatro que el propio Eurípides describió en su obra Las bacantes fusionados con movimientos y conjuros afrocubanos, pasamos al final de la obra a la mesa servida y a la pesca del otro día; del desenfreno de una poseída por Dionisos y de las lumbreras invocadas, a la voz dolorosa y doméstica de una mujer que prepara la cena con la luz de una vela cada vez más leve; del sueño de una adolescente por el amor y el azul del mar al desengaño de una mujer adulta que ve la felicidad lejana e imposible; de la Cólquida de su infancia a una tierra de prosperidad que le ha dejado las manos ensangrentadas y vacías; del deseo por el hombre que quiere y del amor por sus hijos a la esterilidad y el desamparo; del anhelo y las esperanzas por llegar a Corinto al vacío, la muerte y el fuego. La ciudad soñada y sus casas emblanquecidas se convierten en tinieblas, ceniza y silencio. Medea, al final de la obra, ha cambiado sus habilidades mágicas y su capacidad de hechicera por las labores del hogar. Todo su furor, todos sus deseos de venganza terminan en murmullo y en monotonía doméstica.

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La resistencia de Medea, esa mirada última buscando un mañana distinto ante tanta adversidad, nos hace esperar para el Caribe y Latinoamérica otro amanecer. ¿Por qué Medea regresa a la cocina, a la penumbra, al plato de sopa y al espacio doméstico? Porque, mal que nos pese, esta ha sido la historia de nuestro ámbito geográfico y cultural. El mañana es deseo e ilusión. Porque Medea caribeña, Medea tropical sigue siendo una realidad, una sombra desde la cocina en cuanto marginada. El Caribe, esa doncella venida de la Cólquide, no ha dejado de ser, mal que nos pese a europeos y americanos, la emigrante, la explotada, la sirvienta, la heroína secundaria. Porque todavía en Europa, en los estudios de versiones de obras grecolatinas se olvida con facilidad y desdén las formas en que el Caribe y Latinoamérica leen y asumen desde sus cardinales y su realidad personajes como Antígona, Medea, Fedra, Ariadna, Electra e Ifigenia. Desde la inmovilidad o el éxodo, esta mujer se dobla, persiste, es Medea buscando el “sueño americano” o Antígona en contra de la dictadura. Los últimos estudios de la continuidad clásica en América y el Caribe reconocen y continúan la tradición europea que va de Eurípides a Christa Wolf, la revisita, la hace dialogar con Lars von Trier, con Müller, porque reconocen en esos gestos universales un desarrollo ininterrumpido y orgánico que se mueve entre la veneración y las trasgresiones. Negarse a ella es desconocer esos otros rumbos valederos de las heroínas trágicas en nuestro ámbito caribeño. Desde el margen, el calor y la penumbra o la “demasiada luz”, el Caribe escribe y se afana para que empecemos a entender la transformación especular de estos personajes míticos que proponen la lectura de la realidad de nuestras tierras desde un cuerpo textuado, a través de un palimpsesto incesante.

Medea no discrimina ámbitos ni autores, ayuda a la comprensión de nosotros mismos, a asumir nuestra realidad desde la vivencia. Aprendamos de ella y encendamos una luz porque se ha quedado en penumbras en medio del escenario.

[Yoandy Cabrera. "Medea sueña una isla. Medea sueña a Estorino". En: Dagmary Olívar Graterol y Jesús del Valle Vélez (eds.). El mito de la mujer caribeña. Ediciones la Discreta, Madrid, 2011, pp. 173-187.]

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