domingo, 23 de octubre de 2011

Un lugar llamado Casablanca





"Play it again, Sam!"

Hay un momento en el filme de Michael Curtiz que no está entre los que más se recuerdan, pero que para mí tiene una significación singular porque, además del valor simbólico que posee, representa un giro hacia la soledad como destino que se repite al final con otro matiz y otra lectura, pero dialogando y contrastando, sin dudas, con este primer momento. Me refiero al instante en que Rick Blaine espera bajo la lluvia y termina tomando el tren solo, sin que Ilsa nunca llegue. Las gotas de agua van dispersando la tinta en la nota que le había dejado la joven mientras Rick lee, luego sube al vagón y mira hacia el incierto y desolador entorno de un París que abandona no sabe por cuánto tiempo.


Casablanca, esa ciudad marroquí, se vuelve símbolo del encierro, la corrupción, el egoísmo, el oportunismo y la incomprensión humana, de la intolerancia y de las discordias en plena segunda guerra mundial. Pero al mismo tiempo es el espacio para el amor, el multiculturalismo, la amistad y la esperanza, para asumir la vida con entereza y para comprender que la soledad no es azar sino el camino que el protagonista elige ya con plena conciencia. Asumirla es un acto de madurez y de iniciación. De París a África. Del humo ferroviario y la lluvia parisiense a la niebla marroquí. Del desamor y la desolación a la convicción sosegada. La libertad, nos enseña Rick con su contención, tiene que ver con el pensamiento, con el espacio interior, con el éxodo incesante. Regresar a este filme permite que explique por qué hay obras consideradas clásicas en su género que no necesitan grandes efectos especiales ni saltos increíbles para conmover y mantenernos en vilo. 

Como en la tragedia griega, otra vez la palabra, dentro de una economía espacial evidente, se erige como eje emocional y dramático. La palabra y el silencio que quedan escritos para siempre en esa niebla, antesala de una vida que comienza una y otra vez como la canción de Sam.





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