jueves, 27 de octubre de 2011

¿Sabe usted que tiene una sonrisa muy hermosa?

Escribía, hace dos noches, una entrada sobre un periódico colonial cubano para este blog. Pero en medio de la redacción me llegó una noticia inesperada. Por unos quince minutos quedé desconcertado, afectadísimo. Levanté la cortina de la ventana en el salón de casa. Necesitaba respirar, abrir el espacio de algún modo, mirar al horizonte, ya que no tengo el mar cerca,  y al menos poder dispersar la vista entre los árboles y los rascacielos madrileños. Quedé pensativo, preocupado. Esa noche, con cierta dificultad, logré dormir.

Al otro día salió el sol, la ciudad me regalaba el comienzo de un otoño entrañable. Salí a mi rutina diaria, a impartir mis clases y todo comenzó a confabularse. Las hojas revueltas, un sol insinuante y leve, una canción en la mente y en el lánguido ritmo del día. Las primeras gotas de un otoño que parecía hacerse esperar más de lo acostumbrado, como a un caballero distinguido y trajeado que esperamos en la estación y llega en un tren con retraso, me hicieron sonreír.

Sonreír, dije. Sonreír, me decía una amiga que me llamaba (confabulada con el otoño) desde Berlín para saber de mí. Sonreír, me repetía un amigo en la noche cuando hablamos. Sonreír, dije, sonreír, que es demasiado corta la vida para estar siempre amargado. Sonreír y mirar al sol. 

No hay mayor razón para ser feliz que saberse vivo. Nadie mejor que el sufriente para saber lo importante que es disfrutar el día, para entender toda palabra, todo ademán como milagro extrañísimo e irrepetible. La cercanía de la muerte o su presunción, de esa puerta desconocida, quizá iniciática, nos pone en alerta y nos hace ver en derredor una nobleza hasta ese instante desconocida en el paisaje. 

La entrañable profesora Nara Araújo, enferma de una dolencia terminal cuando me impartió clases, al ser  importunada por mí para darle algún artículo a revisar, o para pedirle alguna opinión profesional, me hablaba de mi sonrisa, detenía mi nerviosismo, peinaba mis crispaciones juveniles e inquietas, me calmaba. Como recordándome la frase horaciana del "carpe diem". Como la luz de sus ojos en los pasillos de la Facultad de Artes y Letras en La Habana, o su sonrisa espejeante que colocaba como fino vaso de cristal sobre la mano acodada para escucharme al pedir la palabra en clases, hoy es la luz del sol que se acerca calma en este día gris. Vuelvo a sentir la voz de Nara: "¿Sabe usted que tiene una sonrisa muy hermosa? Se lo han dicho, ¿verdad?" Y vuelvo a sonreír.

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