lunes, 10 de octubre de 2011

Cuatro notas sobre la obra de DML

Mi estimada colega argentina María Lucía Puppo, estudiosa de la obra loynaciana y de la poesía cubana en general, ha tenido la gentileza de leer mi nota personal sobre Dulce María Loynaz en este blog. También me ha enviado un mensaje con sus comentarios y apreciaciones al respecto. Con su previa autorización, he decidido publicar sus palabras porque compensan, desde una perspectiva diferente, más sosegada, analítica y comprensiva, mi rencor personal a la gran cubana autora de La novia de Lázaro. Creo en la dialogicidad, esa es la fórmula para poder llegar a la esencia de las cosas. Creo en la armonía de los contrarios. Persigo ser heraclitiano, inclusivo, dialógico. Quiero hacer públicas las palabras de María Lucía porque ellas dan luz sobre aristas, verdades, perfiles de la escritora, sobre otras maneras de hacer justicia a la voz de una mujer que supo ser fiel a sí misma y a su escritura hasta el fin de sus días. Agradecido, hoy comparto estos párrafos.

Mensaje de María Lucía Puppo: 

Acabo de leer el texto sobre Loynaz de tu blog. Se me ocurren algunas reflexiones o, más bien, impresiones. Te lo escribo espontáneamente, sólo para continuar el diálogo que has abierto con total libertad...

En primer lugar, entiendo tu cansancio de Dulce María: ¿no nos pasa con todo y con todos, desde los gustos personales de música, cine, literatura, hasta los amigos, la familia, los cónyuges y los hijos (esto último lo sabemos bien los que somos casados)????  ¿Cómo no aborrecer en algún momento lo propio, aunque más no sea para abrazar lo ajeno? ¿Qué latinoamericano puede alegar que no está harto de Neruda, Vallejo, Borges o Lezama?

Segundo, creo que el modernismo (en general) o post-modernismo (de Loynaz) está completamente alejado de nuestra sensibilidad austera, depurada, a veces estridente, extrema como el verso de Celan. Pasa con el modernismo como con las letras de tango o de boleros: de ellas a la cursilería hay un solo paso. Está bien que nos pase eso, porque hoy NADIE puede escribir o leer poesía como en tiempos de Dulce María. Hay que leerla como reliquia, como testimonio de otra época, como inocencia que ha sido definitivamente perdida...

Tercero, lo digo sin tapujos: piedad para Aldo Martínez Malo. Yo conocí a ese buen señor, amateur a todas luces, profesor de talleres o escuelas (estimo), en fin, el típico "literato de provincia", término tan despectivo en el Caribe como en España y en toda Latinoamérica. Está claro que el hombre no era Ángel Rama, ni Saúl Yurkievich, sino un devoto de la Loynaz, un fan, alguien que veneraba humildemente a la poetisa olvidada. La primera en darse cuenta de eso imagino que habrá sido la propia Loynaz, pero también imagino que ella decidió confiar en ese hombre sencillo y poco conocedor de semiótica y teoría literaria, que sin embargo tuvo la proeza de llamar la atención sobre su obra, revolver el avispero, generar un "ruido" que llamó la atención de la capital cargada de poetas, libros, cánones que, dicho sea de paso, ignoraban a Dulce María. Al lado de eso (la confianza de la autora, el comienzo de su reconocimiento), me pregunto qué importan sus comentarios mediocres, su ignorancia, su protagonismo tal vez grotesco...

Cuarto, y para concluir: el hecho de que haya tantas cosas "irritantes" en la poesía de Dulce María, tantos "gestos" que resultan excesivos (lo que llamas su "femineidad", su "delicadeza" o contención, las imágenes redundantes), me pregunto: ¿acaso eso no prueba que se trata de un universo poético propio? Amanerado, controlado, insistente, limitado, por supuesto, ¡pero propio al fin! Hay Tagore, hay Juan Ramón, hay Martí, hay poesía española en ese mundo, pero hay una síntesis propia de Loynaz, y sólo por ese hecho -el de constituir un sistema poético propio- es valorable. Ojalá puedas ver las conclusiones de mi trabajo doctoral, al final del libro, que no son rimbombantes ni revolucionarias, pero creo que sí sensatas: la suya es una obra que opera con pequeños milagros, con revelaciones minúsculas y descubrimientos apenas perceptibles que tienen el enorme poder de enseñarnos nuevas formas de mirar lo cotidiano: una flor, un río, una estrella, una piedra...

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