domingo, 16 de octubre de 2011

CRISES




Salió temprano en la mañana hoy, despeinado, como un hombre que ha perdido la razón, con el paso torpe, pero exacerbado y nervioso, sin haber dormido en toda la noche, esquivando el duro viento con su manto. Y ahora regresa llorando, más desolado aún, como empujado por el mismo viento que rehuía. Lanza maldiciones en voz alta, se retuerce, temeroso e impotente. Pide a Apolo un castigo terrible para sus enemigos.

Los mercaderes de Crisa habían despertado temprano como de costumbre, moviéndose entre las naves quemadas o en reparación. Pero lo extraño ha sido que entre los marineros vi hoy al sacerdote, ojerizo y triste, dando órdenes para colocar con cuidado y organizadamente objetos: telas, ánforas llenas de aceite, caballos, escudos valorados en sesenta bueyes, calderas de bronce, trípodes. Me acerqué a uno de sus hombres y pregunté. El discípulo de Apolo ha perdido a su hija que fue llevada como botín por los despiadados aqueos, esas bestias hambrientas de metal que vienen desde lejos a devastar nuestras tierras. Como muchas otras doncellas y mujeres de la ciudad después de ser tomada por esos extranjeros temibles, pensé, pero las otras que fueron cautivas, o ya no tenían quien las representara e intercediera por ellas, o nadie se atrevía a hacerlo después de padecer y conocer el carácter irascible e intolerante de estos ladrones sanguinarios. Pero este anciano sacerdote, enloquecido y creyendo que al menos los desoladores respetarían las ínfulas de Febo, se ha atrevido.

Criseida, la muchacha más hermosa de la ciudad, a la que pretendían los hombres más acaudalados de los alrededores, callada y obediente a su padre, ágil en el tejido y dulce en la mirada temerosa, ahora duerme con el jefe de los argivos. Y su padre se desvela; había llevado, a cuenta y riesgo, un rescate ante los Atridas. Al menos regresó con vida. Con esos hombres iracundos que desafían el mar y a los mismos dioses es mejor no tener ningún trato a no ser en la batalla, cuando es inevitable. El sacerdote ahora aprieta el báculo con furia, su cuerpo parece atado, encadenado por la respuesta del jefe aqueo. Vuelve a mirar al cielo, repasa la línea que une el mar con el infinito y, otra vez cabizbajo, dice unas palabras que muerde con ira.

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