sábado, 15 de octubre de 2011

Aquiles frente al mar



“y se echó a llorar sentado sobre la ribera del canoso mar, mirando al ilimitado ponto.”

Ilíada I, 349-350.

Habíamos discutido en frente de todos, en la asamblea. El lenguaje es una red de laberintos insalvables. Las palabras son menos coherentes que esas piedras que el mar estruja y reordena. Quise ser persuasivo, educado, intentaba resolver un problema de todos. Y salta él, con toda la arrogancia, como si en los dientes le cupiese la muralla de Tirinto cuando habla o pudiera transportar entre la barba el propio palacio de Argos. Con soberbia barre la tierra al tomar la palabra. Ofende, grita. Se considera merecedor de todo. No creo en un orden donde alguien tan grosero, excéntrico, equivocado impone su ley y su brazo.

Lloré de impotencia, de rabia. Y vi cómo la nave hacia Crisa se alejaba entre arrecifes que el sol doraba en la tarde, como pedazos de oro marino. Tenía la certeza de que se había equivocado, la diestra divina del viento sobre mis cabellos así me lo susurró y me contuve; no puede tratarnos así, como si fuésemos perros, como si pudiera decidir en contra de todos. Cada vez que abre la boca lanza una nueva epidemia contra sus propios hombres. Tiene la palabra enferma, crispada, áspera. Pagamos su incompetencia y encima nos castiga. Y nadie responde, y nadie lo enfrenta.

Me quedaré a la orilla del mar melodioso, solo, entre las cuerdas canosas de las olas, tratando de escuchar en el golpe del agua contra las rocas otra voz que me salve, el cabello cristalino de mi madre, su mano fluvial como peine de bronce en mi cabeza. Que el espejo infinito del mar distorsione mi dolor y su culpa; que la ira que ahora siento dispersándose en mis ojos no se extienda, como el ponto, hasta las costas más distantes de Etiopía.

Madrid, 15 de octubre de 2011.

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