jueves, 29 de septiembre de 2011

La tensa escritura corporal

Ulvi Azizov e Isabelle Ciaravola en Giselle 



Acabo de descubrir tres figuras del ballet internacional y me pregunto si las conoces. El joven, Ulvi Azizov (1985), que es actualmente bailarín principal del Praga State Opera, se ve, por momentos, un poco histérico en El Quijote, pero esa histeria sabe resolverla en buenos saltos, en un balón a considerar, en giros elegantes y en una espontaneidad que no deja de agradar y se aviene bien con el personaje y la caracterización del mismo en este ballet de tema español: es arriesgado y cortante en los tours y en los ademanes, a la manera hispana. Sin embargo, en la variación del tercer acto de El lago, es mucho más exacto y exquisito en los giros y movimientos, por lo que creo que lo de El Quijote es ex profeso. El muchacho, como puedes ver en la foto que te adjunto, tiene un cambré admirable.


Ahora veo el pas de deux de Giselle por él y otra de las figuras que se me ha revelado esta noche. La muchacha que lo acompaña y que evidentemente encarna el personaje de Giselle, es Isabelle Ciaravola que no es precisamente una jovencita, mas sin duda es una dama de una elegancia y una delicadeza poco frecuentes. He buscado información sobre ella, pero sabes que las bailarinas guardan bajo tierra, como si fuera un fósil desconocido, el dato de su año de nacimiento. Sin embargo, he leído que en 1988 ganó su primer premio a la edad de 16 años, por lo que hoy debe de tener 39 años, y habrá nacido en 1972. Quedarías enamorado de su veleidad, de su línea, de un empeine que duele al mirarse, de su batería tan pausada y perfecta, de ese bordado en el movimiento que deja como un hilo mágico en el aire, de sus manos que parecen esculpir el vacío. Tiene unas condiciones a su edad que no tendrán ni han tenido jamás otras que son más jóvenes. En el ballet, como en todo arte, hay que tener, como dijo Horacio, talento natural y técnica, y la Ciaravola posee ambos. 









Al ver el pas de deux de El Quijote por Lali Kandelaki, la tercera revelación de la noche, acompañada de Ulvi Azizov, he pensado en la emoción casi terrible, espasmódica que siente un bailarín al estrenarse en uno de esos personajes principales con larga tradición. He pensado también en la palpitación constante al aspirar y desear encarnar uno de esos roles. Los bailarines, en ballets como El lago, Giselle, El quijote tienen la enorme tarea de asumir una coreografía  ya legitimada y conocida, y al mismo tiempo, en medio de esa tradición y de esa técnica que han de cumplir, todavía logran trasgredir, casi tocando el cielo con su cuerpo, atentando contra todo lo conocido, al lanzarse como flechas, como juncos sáficos sobre el escenario.


Lali Kandelaki y Ulvi Azizov
El poeta no, el poeta moderno puede escapar del espectáculo, esconderse tras el silencio y la sombra de su habitación, asumir la vigilia como refugio. Su sobresalto, su nerviosismo no tiene que ser público, puede decir "no" a las entrevistas, a lo mediático, a las lecturas de poesía, a las tertulias, y podrá seguir trabajando y continuarán leyéndolo, quizá aún más por despertar el misterio en su derredor. Puede llegar al otro a través del cuerpo de sus palabras, su movimiento está en su discurso. Pero el actor y el bailarín tienen como discurso principal su cuerpo, y el bailarín más, porque ha de escribir el poema con la sintaxis de su movimiento, sin la voz. Solo el cuerpo. Y la reacción de su público no es en la callada lectura, sin que se entere el artista, sino que es directa, instantánea, y eso genera un estrés y un cúmulo de sensaciones casi incontables.

Kandelaki entrega una Kitri vívida y refrescante, juvenil, por eso quizá me ha hecho pensar en todo lo anterior. Como Azizov en esta versión, es rápida en los movimientos, segura de sí y de una sensualidad que sabe trasmitir bien, acorde a su personaje, sin dejar de ser inocente y pícara al mismo tiempo. La variación es muy distinta a la versión cubana, pero es hermosa, ciertamente, ojalá puedas verla alguna vez. Los fouettes son un verdadero escándalo, termina haciendo un círculo sobre el escenario mientras gira.


Sabes que en asuntos de ballet descubrimos a Dios juntos, y en ballet Dios se llama Zakharova. Pero estos bailarines me han hecho pensar en la existencia de un panteón contemporáneo de la danza. Así que pronto, de seguro, me declaro panteísta, en relación con el ballet y las figuras que van pareciendo a mis ojos como olímpicos, no solo por la perfección, sino por la perseverancia en querer alcanzarla.

Demás está decir que esto lo escribo porque en cada movimiento, en cada músculo en tensión, en cada cuello flexible apareces tú. Y no tengo otro modo de espantar la soledad y la ausencia sino escribiéndote. Sin sobresaltos, sin público, sin tensos espasmos, sino "como el viajero que llega a un puerto y no lo espera nadie". Al puerto de las palabras. Al puerto de la noche, sin poder ver cómo, en la alta vigilia, aprietas el empeine y lo sometes al espacio reducido entre el suelo y el tanque de agua.



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