martes, 13 de septiembre de 2011

Sobre las altas murallas

“[...] si todo no ha sido un sueño.” Homero. Ilíada III, 180.

Sobre las altas murallas, Helena, después de una inquieta y calurosa noche, ha despertado sobresaltada. A un lado queda la rueca, el hilo, el manto en que repite, bordando, los trabajos de los hombres, los golpes ensangrentados entre argivos y teucros que copia en puntadas palpitantes, casi vivas. Baja de sus aposentos, se acerca a los ancianos, mira hacia el mar, al campo de batalla, a esa ola de polvo y humanos que en corazas metálicas giran bajo la luz funesta. Horrorizada por la belleza, por el odio que despierta la belleza, Helena se aleja de sí, abandona sus blancas manos como quien se quita un par de guantes argénteos, se aparta por unos segundos de su cuerpo y, observada, al oír los comentarios sobre su talle, sus brazos, comprende la amarga relación que existe entre la guerra y la armonía de las formas; al otro lado de sí misma, entiende que lo bello y el deseo, que la codicia, que la avidez por poseer son eternos. Ella es solo el comienzo, lo sabe, el símbolo terrible y hermoso a la vez (en una palabra: deinós) que ha de rodar por los siglos de boca en boca, de letra en letra. Lentamente, sin remedio, vuelve a su cuerpo, a sus telas, al viento que le toca, y asiente con amargura, murmurando entre pasos: “si todo no ha sido un sueño”.

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