jueves, 29 de septiembre de 2011

Algunas claridades

"[...]se han alcanzado entre nosotros ya algunas claridades."
José Lezama Lima

Dentro de las encarnaciones de la imago en el ballet de inicios del siglo XXI en Cuba tendrán que contarse, sin duda, las insólitas extensiones de Sadaise Arencibia y el sobrecogedor cambré de Viengsay Valdés. Y cuando me refiero a estos dos elementos técnicos, físicos, no restrinjo la mirada a la forma; nada más alejado de mi propósito. Estos dos artilugios formales, en cuanto al cisne blanco (variación de Odette en el II acto y la Metamorfosis) en El lago de los cisnes, son verdaderos signos, entidades de dos caras, donde la forma converge con el contenido: metamorfosis, dolor, ligereza, nostalgia, levedad, agonía, imposible se encarnan en ciertos movimientos.


Al verlas en estos dos instantes señalados, uno se sabe en presencia de mutaciones que derivan en "la toma de posesión del ser", al decir de Lezama; nos reconocemos frente a creaciones "en la[s] que el hombre muestra su tensión, su fiebre, sus momentos más vigilados o valiosos", y con sus espasmos también se para la respiración del espectador, porque vemos "incorporado el mundo a su propia sustancia". La metáfora, de este modo, toma cuerpo, encarna; "el germen se convierte en criatura y lo desconocido va siendo poseído en la medida en que esto es posible".

El inicio de la variación está hecho, indudablemente, para una bailarina como Arencibia, de grandes extensiones. Sadaise nos conduce, tanto en el pas de deux como en la variación del cisne blanco, hacia las banderas más altas de la noche, como un Ícaro que sabe que "morir en la belleza no es morir". Cuello, manos, pies se confabulan y escalan la sombra con ademanes precisos y bordados, su pecho asciende los peldaños invisibles de un viento genésico,  desconocido y vertical. Y esa ascendencia inevitable del ala es agónica. 

Viengsay se dobla como un junco sáfico. Su vuelo órfico, su cuello inevitablemente altazoriano, su torso que trasgrede las posibilidades anatómicas medias picotean en los ínferos por una salvación negada. Cuando Viengsay gravita, alejada ya por fin del balanceo espectacular y de  todo equilibrismo circense, cuando se deja vencer y cae  apenas sostenida, su caída se vuelve símbolo, un arco en el que cabe todo el dolor del cisne que ella encarna. Y es que la belleza es más genuina y prístina al revelársenos en toda su indefensión.




Ícaro que asciende con elegancia y sobresalto es Sadaise. Ícaro que cae y zurce el aire con su cuerpo palpitante, como un paño que se dobla en el vacío, es Viengsay. Dos secuencias de un mismo vuelo. Ajenas ellas mismas al milagro, a la humildad irradiante de sus cuerpos transformados. La convergencia entre esteticismo, idea y forma hacen de estos dos momentos encarnación sublime, hallazgo, revelación instantánea de eso que los grandes hombres han llamado misterio o Poesía.  

A SADAISE ARENCIBIA

Como el polvo que la luz revuelve,
herida por lo eterno,
esta muchacha tiene una pluma
atravesándole el corazón.
Se dobla, torcida como un paño holandés,
expuesta su cerviz a la daga lunar
que empuña la noche.

Escribe con su cuerpo el torso poético
que no he podido alcanzar.
Su pie, como estilete afilado,
iza lo efímero y lo clava allá
donde la noche agita sus banderas más altas.

Como ave de polvo en la luz,
su abdomen gime, mudo, en ascendencia
dolorosa.
Y su vuelo avisora una caída,
en que el cuerpo queda,
como un símbolo, como una señal,
como un aleph sobre el oscuro seno de la tierra.

Yoandy Cabrera
Ciudad de La Habana, Regla, otoño de 2008. 



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