domingo, 10 de julio de 2011

SUSHI BAR


Esos castillos de menta,
pirámides trenzadas de pimiento desconocido,
de paredes verdes que nadie habita;
esas ruinas recién hechas,
abandonadas antes de usarse
que se elevan sobre el plato
desafiando toda utilidad.

Esa crueldad vuelta estética,
belleza organizada contra el mar inmenso, desordenado;
metáfora masticable, directa,
que las manos reajustan en un nuevo mapa,
blanco, en una ola detenida, de porcelana,
o de barro dormido, sin luz,
con la humildad de las sombras.

Cilindros de arroz y de algas marinas,
peces atrapados en jaulas de sintaxis pastosa,
o colchas de carne sobre el cuerpo abandonado.
Verde, rosa, agridulce, y el fondo blanco,
y sobre el pálido sol de la piedra
las formas simétricas de la crudeza.

Sin piedad, ante el desorden vivo,
dionisíaco del océano,
un solo rayo de Apolo para organizar el mundo,
un cuadrado, un tablero, unas fichas que se habrán de comer,
un ajedrez de peces,
donde hasta el rey será carnada en el cubierto,
tres gotas en fila
y en los jardines, en los márgenes el verde se eleva,
las estancias suben, las ramas se encrespan,
hacia el cielo de la nada,
y el pez arqueado por las líneas,
atravesado de la cola a las branquias
va del plato al fregadero,
fiel a las formas que persigue el creador,
a los trazos asesinos de la geometría.

En una isla, lanzado a la costa de la tarde,
un plato de cojines rojos, sobre la superficie blanca,
la vid verde, silenciosa, serpenteando el aire:
allí, un hombre sostiene otro plato donde las almohadas caen,
como bordadas y consistentes gotas de sangre,
y sobre ellas, otro hombre, otro Golem, otro Borges,
eleva la mano como una torre,
sostiene en sus dedos la fuente donde el hombre-pez,
entre cilindros y ramas, se acerca a la boca de Dios.

El paciente cultivo de lo bello es un atentado.
Pero se es doblemente cruel si al aniquilar,
al cortar, procuramos la belleza.

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