miércoles, 6 de julio de 2011

Retorno a las islas


Hace casi un año y medio que visité Palermo, la capital de Sicilia. Sus personas amables y desenfadadas son uno de los mejores regalos que he tenido en mis andanzas por Europa. La arquitectura decadente, el desgaste de la ciudad, las sábanas blancas como lenguas encendidas contra el viento, la vida hacia afuera, me recordaron la Habana constantemente. Hoy he regresado a Sicilia, a otro punto de la costa Jonia, a Catania y he vuelto a caer rendido ante la humildad de las tierras que el mar ciñe con más fuerza, cuya cintura es más estrecha, la porción en que los dedos del mar se cierran en círculo palpitante.


Ahora voy en un autobús camino a Messina. De allí viajaré a Milazzo y del puerto he de perderme entre erupciones volcánicas milenarias, que hoy se conocen como Islas Eolias. De la ínsula a la península, y de allí a un viaje profundo, hacia dentro, al soplo que formó en el mar remolinos, piedras que la noche abraza, golpe creador sobre el agua, como vara de Moisés.


Ayer caminaba las crudas y hermosas calles de Catania, disfrutaba de la Piazza del Duomo, de sus catedrales, de la cantidad de iglesias, de las tiendas chinas y los kebaps que son casi más internacionales que la coca-cola; y entre callecitas estrechas e inmensas piedras cuadradas sobre las vías yo descubrí un olor familiar.

Me di una ducha al llegar al hotel, di parte a mis seres queridos de la travesía y salí a tomar fotos, y también a buscar ese olor; llegué a la Via Antonino de San Giuliano y miré recto: la calle descendía, y mientras mayor era el descenso más indefinible se veía todo: la indefinición, cuando es azul, se llama mar.


Bajé con calma, con toda la seguridad de antaño; descendía como si fuese aquella calle Maceo en Regla o 23 en el Vedado. Bajé al mar y allí me senté, en un banco frente al puerto de Catania, la ciudad de los caballos en las tardes turbulentas de tráfico y blancas de sol; recordé el día en que Dashiell y yo, ante la prematura destrucción de nuestra isla, callábamos y asumíamos la sombra como el tácito sombrero de la tarde que nos haría, como a Manuel de Zequeira, invisibles. La invisibilidad, como la pobreza, es un don liviano, de una humildad epifánica.



Esa confluencia del sur, de la pobreza, de la alegría, del mar y el sol, del tiempo perfilado y oscuro sobre las fachadas barrocas, eclécticas, me hace entremezclar recuerdos de La Habana con ademanes sevillanos y sicilianos, comportamientos espontáneos que caracterizan de forma semejante a una habanera, a una siciliana y a una malagueña. Precisamente, muchos de los españoles que más han amado y entendido a Cuba son del sur: Lorca, Cernuda, Juan Ramón, María Zambrano, son ejemplos de ello.

Voy acercándome de forma inevitable y peligrosa a los recuerdos, a los cuerpos blancos que se asoman por sobre las aguas. Ayer, frente a la ventana de mi habitación, el mismo viento que golpeaba las cortinas me traía una fragancia que ya había conocido, me volvió a dar la seguridad de que cualquier calle me llevaría al misterio indescifrable de las aguas. Ítaca, Sicilia, Paros, Cuba...


Como mismo en Agamenón de Esquilo el regreso del Atrida está marcado progresivamente por el humo, el fuego, la noticia, el mensajero y finalmente el cuerpo del propio héroe, su presencia que confirma lo anterior; así el mar se ha revelado en mí en este regreso a las islas, con toda la pobreza que ello conlleva: fue primero intuición en la luz, fragancia, noticia, palabra, verso, luego algo en el aire que podía adivinar, y ahora, mientras escribo, miro por el cristal del autobús, y el continuo ir y venir de olas me golpea la vista y lo siento en el pecho, cerca. Esas palpitaciones que pronto serán las mismas que mis pies descubran al montar un barco, se presentan como una enorme tasa de té, ondas de crecientes y sucesivas transparencias. Crecí yendo todos los años a pasar una semana frente al mar, estudié frente al mar, crucé el mar y hoy regreso. El presente es una extraña guirnalda donde el pasado se arquea haciendo señas, y el futuro una mentira necesaria, un espejismo al que no hemos llegado aún. El pasado, como el mar, es lo único seguro de contar. El pasado y esta instantánea certeza en la mirada al abrir la puerta y ver el interminble cuerpo de Neptuno desangrándose en el horizonte.

1 comentario:

  1. Si alguna vez me atrapaste con la idea de que la literatura siempre nos reconcilia con el mundo, con la vida o si acaso con la fe que se pierde a veces... hasta hoy tengo una representación clara: este texto. Él me ha dicho ven, no te alejes, no te pares a incendiar lo que regresa siempre, encendido y con más vida que nunca. Que nos lleve, pues, una tromba de puros recuerdos buenos, chocando de mar a mar, de continente a continente, de planeta a planeta... siempre, regresando hasta otro borde de lo amado, amando, hondamente.

    Claudia Salamanca

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