jueves, 21 de julio de 2011

GODS AND MONSTERS


He recordado insistentemente un filme que vi en La Habana, hace ya siete años. Dioses y monstruos, protagonizado por Sir Ian Murray McKellen. Padecía uno de esos tránsitos esquileos hacia la purificación constante a la que te somete vivir en una isla como Cuba, en que estás obligado a una doble lucha enconada, sin tregua: hacia adentro, por una parte, y contra el entorno hostil y el estío interminable, por otra. Después de salir del cine me senté en el Parque Central, convencido de que, como el personaje principal, el famoso realizador James Whale, director de la película El doctor Frankenstein, llegaría un momento en mi vida en que no podría soportar el peso monstuoso, el lastre agudísimo de los recuerdos.

Estaba en tercer año de la carrera, había pasado todo el verano esperando llegar a La Habana, después de un ciclón que nos dejó sin luz en occidente por más de diez días. Fue un agosto cruel. Pero el ciclón no solo había dispersado tiendas y cristalerías cercanas al mar, no solo asotó los muros y las calles hasta llegar a Línea, no solo alcanzó los leones de Prado, también había apagado estancias que yo no sospechaba. Y como un ciego, atravesé verjas que ya no existían, que solo el recuerdo, meses después haría más consistente que la realidad misma.

Pero antes de bordar el torso del dolor, el sufrimiento es como un trozo de piedra cruda, sin relieve perfilado, sin un cuerpo preciso, sin nombre. Y allí estaba yo, tratando de hacer, como Adriano, una estatua con la argamasa de un presente que me era cada vez más esquivo, sentado sobre unos recuerdos demasiado recientes, sin el añejo necesario para poder moldearlos. Y el hombre que borró las habitaciones que él mismo perfiló en líneas que parecían indestructibles, el de las promesas escritas sobre un agua que por un momento creí sólida, segura, se acercó a mí. Hablé, siempre hablo. Pero esta vez no fui cruel, ni estuve cuatro horas declarando, con una frialdad punzante, verdades terribles, con un tono iracundo e irónico, y al mismo tiempo pausado y distante, impersonal. No. Esta vez fui haciendo aguas infinitas con las palabras, aguas mansas, con leves claridades, aguas profundas con todo lo vivido sin nombrarlo, y el recién llegado cada vez era menos visible, cada vez era más agua, cuerpo abandonado sobre un Nilo textual, sintáctico. Fue un asesinato consentido. No hubo espasmos, ni contracciones, se fue ahogando en las palabras, en las ondas discursivas, sosegadas que fui tejiendo sin parar. Solo, antes de hundirse en la tarde definitivamente, dijo algo sobre mi belleza, y yo pensé en los personajes de Balzac. Hasta que otra vez quedé solo, mirando hacia algún lugar incierto, sin ver ya el cuerpo de aquel joven que quedó disperso en el agua y la luz de un Egipto lejano, en el rojo, terroso y legendario Nilo sintáctico.


REFLEJO

En el fango de sus ojos
el desconocido me desteje los brazos 
su tarea es desmembrarme hasta el silencio

Con manos de sastre remos afilados
descose las aguas el espejo
es revés que trastorna mis guiños
imagen torcida sombra en la suela 

Su tarea es segmentarme

Vuelvo el torso encorvado
desmembrado ya él persiste
desde el fango de mis ojos
hasta el labio encanecido del silencio


Esta mañana, con el paisaje incándome la garganta, despiadadamente, he caminado por el puerto, y me he sentado al borde de las aguas. El sueño de la isla te regresa a lo esencial, te sacude los recuerdos, te golpea, con una levedad simétrica y desafiante. He recordado el filme una y otra vez, pero en mis sueños no veo el Nilo, ni la tarde en que fui dispersando mi dolor con mayor sosiego. Eso pertenece a los monstruos que la isla despierta, bestias que lanzan coletazos al estómago, Titanes encerrados que cada cierto tiempo vuelven, remueven la tierra, porque el pasado es así, nunca acaba de pasar.

En mis sueños aparece un dios, un archiefebo, un danzante que agoniza. En mis sueños la isla, esa bestia desafiante, me conduce a un cuerpo que no secciono, que reconstruyo en la distancia. En mis sueños vuelvo a lo que todavía amo. No he dado ni un paso del que me pueda arrepentir. Dejar la isla. El éxodo. Asumir no sentirte de ninguna parte con entereza. Abandonar cualquier ciudad sin cerrar ninguna puerta, sin tener una llave de ningún lugar. Luchar contra todo encierro. Pero estoy lejos de todo lo que amo, y eso regresa en mis sueños, la isla lo despierta. Ayer en el mar, un desconocido hablaba de sus razones para regresar a Panarea. Esta isla te vuelve a lo esencial, va de lo abstracto a lo concreto, de la dispersión tirrena al cuerpo consistente de lo que uno ama.


ADÁN EN EL ESTANQUE

Génesis 3: 22


Como una fruta que la luz muerde
el cuerpo del hombre
costilla de agua en el Éufrates
descubre su desnudez
se bendice
Su dedo es dios modelando el agua 
busca en lo frugal y vacuo 
aliento perenne
aura perdurable en la transparencia
Pasa la mano húmeda por los labios 
la agita modela su perfil en el aire
rompe el pacto del viento y la soledad 
extirpa con su diestra 
lo invisible lo amargo 
Funde su reflejo en el trasluz
rostro réplica 
que le ayude a construir 
lo que pudo ser


Me queda el recuerdo, esa tierra amarga bajo la cual están las bestias que he encerrado, vivas, desafiantes, aunque prisioneras sin remedio. Me queda el recuerdo para soplar en el viento otra vez el polvo, y cultivar la esfinge precisa y dolorosa de lo que uno ama. Encima y abajo, en la memoria, ese monstruo textual ininterrumpido e interconectado, guardo mis dioses y mis monstruos, y con ellos viajo, moviéndome entre la resignación y el pacto.

lunes, 18 de julio de 2011

STROMBOLI



Papiro sobre el azul intenso,
nota incendiaria en las aguas,
bestia de tres bocas.

Palabra de raíz sumergida.
Verso perdido de Teócrito.
Con una cresta blanca en la falda,
ola de cemento.
Distante, triangular, pitagórica.

Barca explosiva.
Estruendo de la tarde.
Caligrama de tierra y sueño y ceniza.

domingo, 10 de julio de 2011

SUSHI BAR


Esos castillos de menta,
pirámides trenzadas de pimiento desconocido,
de paredes verdes que nadie habita;
esas ruinas recién hechas,
abandonadas antes de usarse
que se elevan sobre el plato
desafiando toda utilidad.

Esa crueldad vuelta estética,
belleza organizada contra el mar inmenso, desordenado;
metáfora masticable, directa,
que las manos reajustan en un nuevo mapa,
blanco, en una ola detenida, de porcelana,
o de barro dormido, sin luz,
con la humildad de las sombras.

Cilindros de arroz y de algas marinas,
peces atrapados en jaulas de sintaxis pastosa,
o colchas de carne sobre el cuerpo abandonado.
Verde, rosa, agridulce, y el fondo blanco,
y sobre el pálido sol de la piedra
las formas simétricas de la crudeza.

Sin piedad, ante el desorden vivo,
dionisíaco del océano,
un solo rayo de Apolo para organizar el mundo,
un cuadrado, un tablero, unas fichas que se habrán de comer,
un ajedrez de peces,
donde hasta el rey será carnada en el cubierto,
tres gotas en fila
y en los jardines, en los márgenes el verde se eleva,
las estancias suben, las ramas se encrespan,
hacia el cielo de la nada,
y el pez arqueado por las líneas,
atravesado de la cola a las branquias
va del plato al fregadero,
fiel a las formas que persigue el creador,
a los trazos asesinos de la geometría.

En una isla, lanzado a la costa de la tarde,
un plato de cojines rojos, sobre la superficie blanca,
la vid verde, silenciosa, serpenteando el aire:
allí, un hombre sostiene otro plato donde las almohadas caen,
como bordadas y consistentes gotas de sangre,
y sobre ellas, otro hombre, otro Golem, otro Borges,
eleva la mano como una torre,
sostiene en sus dedos la fuente donde el hombre-pez,
entre cilindros y ramas, se acerca a la boca de Dios.

El paciente cultivo de lo bello es un atentado.
Pero se es doblemente cruel si al aniquilar,
al cortar, procuramos la belleza.

miércoles, 6 de julio de 2011

Retorno a las islas


Hace casi un año y medio que visité Palermo, la capital de Sicilia. Sus personas amables y desenfadadas son uno de los mejores regalos que he tenido en mis andanzas por Europa. La arquitectura decadente, el desgaste de la ciudad, las sábanas blancas como lenguas encendidas contra el viento, la vida hacia afuera, me recordaron la Habana constantemente. Hoy he regresado a Sicilia, a otro punto de la costa Jonia, a Catania y he vuelto a caer rendido ante la humildad de las tierras que el mar ciñe con más fuerza, cuya cintura es más estrecha, la porción en que los dedos del mar se cierran en círculo palpitante.


Ahora voy en un autobús camino a Messina. De allí viajaré a Milazzo y del puerto he de perderme entre erupciones volcánicas milenarias, que hoy se conocen como Islas Eolias. De la ínsula a la península, y de allí a un viaje profundo, hacia dentro, al soplo que formó en el mar remolinos, piedras que la noche abraza, golpe creador sobre el agua, como vara de Moisés.


Ayer caminaba las crudas y hermosas calles de Catania, disfrutaba de la Piazza del Duomo, de sus catedrales, de la cantidad de iglesias, de las tiendas chinas y los kebaps que son casi más internacionales que la coca-cola; y entre callecitas estrechas e inmensas piedras cuadradas sobre las vías yo descubrí un olor familiar.

Me di una ducha al llegar al hotel, di parte a mis seres queridos de la travesía y salí a tomar fotos, y también a buscar ese olor; llegué a la Via Antonino de San Giuliano y miré recto: la calle descendía, y mientras mayor era el descenso más indefinible se veía todo: la indefinición, cuando es azul, se llama mar.


Bajé con calma, con toda la seguridad de antaño; descendía como si fuese aquella calle Maceo en Regla o 23 en el Vedado. Bajé al mar y allí me senté, en un banco frente al puerto de Catania, la ciudad de los caballos en las tardes turbulentas de tráfico y blancas de sol; recordé el día en que Dashiell y yo, ante la prematura destrucción de nuestra isla, callábamos y asumíamos la sombra como el tácito sombrero de la tarde que nos haría, como a Manuel de Zequeira, invisibles. La invisibilidad, como la pobreza, es un don liviano, de una humildad epifánica.



Esa confluencia del sur, de la pobreza, de la alegría, del mar y el sol, del tiempo perfilado y oscuro sobre las fachadas barrocas, eclécticas, me hace entremezclar recuerdos de La Habana con ademanes sevillanos y sicilianos, comportamientos espontáneos que caracterizan de forma semejante a una habanera, a una siciliana y a una malagueña. Precisamente, muchos de los españoles que más han amado y entendido a Cuba son del sur: Lorca, Cernuda, Juan Ramón, María Zambrano, son ejemplos de ello.

Voy acercándome de forma inevitable y peligrosa a los recuerdos, a los cuerpos blancos que se asoman por sobre las aguas. Ayer, frente a la ventana de mi habitación, el mismo viento que golpeaba las cortinas me traía una fragancia que ya había conocido, me volvió a dar la seguridad de que cualquier calle me llevaría al misterio indescifrable de las aguas. Ítaca, Sicilia, Paros, Cuba...


Como mismo en Agamenón de Esquilo el regreso del Atrida está marcado progresivamente por el humo, el fuego, la noticia, el mensajero y finalmente el cuerpo del propio héroe, su presencia que confirma lo anterior; así el mar se ha revelado en mí en este regreso a las islas, con toda la pobreza que ello conlleva: fue primero intuición en la luz, fragancia, noticia, palabra, verso, luego algo en el aire que podía adivinar, y ahora, mientras escribo, miro por el cristal del autobús, y el continuo ir y venir de olas me golpea la vista y lo siento en el pecho, cerca. Esas palpitaciones que pronto serán las mismas que mis pies descubran al montar un barco, se presentan como una enorme tasa de té, ondas de crecientes y sucesivas transparencias. Crecí yendo todos los años a pasar una semana frente al mar, estudié frente al mar, crucé el mar y hoy regreso. El presente es una extraña guirnalda donde el pasado se arquea haciendo señas, y el futuro una mentira necesaria, un espejismo al que no hemos llegado aún. El pasado, como el mar, es lo único seguro de contar. El pasado y esta instantánea certeza en la mirada al abrir la puerta y ver el interminble cuerpo de Neptuno desangrándose en el horizonte.