sábado, 25 de junio de 2011

Un viaje interminable




Entendamos la vida como un texto ininterrumpido. Vivir es textuar. Del discurso infinito de la naturaleza, el ser creador elige episodios, formas, experiencias para llevarlas al lenguaje artístico. De ese modo Homero no cuenta los supuestos diez años que duró (según la tradición mítica) la guerra de Troya, sino se centra en lo concerniente a la cólera de Aquiles y en las consecuencias que esta trae. Desde esa experiencia particular de un personaje se accede también a lo general, a lo universal: comportamientos, conceptos y enseñanzas que llegan a nuestros días.

También, a través de sendas obras particulares, de dos experiencias personales pertenecientes al arte moderno, he vislumbrado un concepto vital que ha caracterizado la vida en el mundo desde los tiempos más remotos, y que se ha testimoniado desde Odiseo hasta mí mismo hoy, en cualquier texto que escriba. El azar artístico me ha hecho encontrar dos obras relacionadas con la soledad, el éxodo, el desarraigo, el viaje, el nostos interminable que es la existencia humana.

Testimoniar el peregrinaje es el propósito de estos artistas: una de las piezas pertenece a la serie fotográfica publicada en la revista soviética URSS en construcción de 1932, del artista ucraniano Max Alpert (1899-1980) y que forma parte del movimiento de la fotografía obrera entre 1926 y 1939.


El movimiento fotográfico obrero amateur convocado por la revista comunista alemana AIZ (Der Arbeiter-Fotograf), órgano de los fotógrafos obreros alemanes se dedicó a dos temáticas principales: hacer la crónica del trabajador y el proletariado y denunciar la miseria y la explotación del mismo en la sociedad capitalista.

En esta foto, Alpert congela el instante en que ya casi parte un joven ruso, dispuesto a marchar, con la maleta en la mano, sin apoyar, con pantalones y botas empolvadas, en una posición segura, decidida sobre sus dos pies enhiestos. Este momento singular se vuelve metáfora del peregrinaje, de la zozobra humana, de la miseria nuestra.

Max Alpert atrapa el momento en que un tren ya casi sale y los viajeros miran desde la escalera con sus sucios abrigos, sus barbas, gorros , botas, sacos y maletas de madera. Ahora el mismo joven observa desde el escalón quizá al viajero que se acerca, y esa mirada azarosa (semejante a la de la imagen anterior en que está a punto de salir de casa) ese instante efímero queda en la fotografía como testimonio del desarraigo, del viaje, de la nostalgia, de la pose espontánea que desconoce la lente que lo encuadra.


La luz dura, sin compasión, en unos grises intensos, en tonalidades de blanco y negro, contrastan con la policromía de la otra obra que he visto también en el museo Reina Sofía. Su título es "Peregrino" (1960) del nortemaericano Robert Rauschenberg:


A la epicidad de la fotografía obrera de Alpert y del movimiento socialista de los años veinte y treinta del siglo XX en sentido general, se opone el lirismo abstracto de Rauschenberg. Dos formas, una realista y otra abstracta, una fotográfica y otra plástica, de describir y expresar el peregrinaje, nuestro camino azaroso por la tierra. Los que hemos decidido el éxodo como destino, los que sabemos que el nostos es ya fatum, savia diaria, no debiésemos quedar indiferentes ante estas representaciones. Fénix huyendo de su padre, Odiseo regresando a una Ítaca imposible, Medea hacia Corinto o a la muerte (es lo mismo), Jasón en la nave Argos, Marco Polo en China, Colón llegando a América, Cernuda en México, Martí en Nueva York, Heredia frente al Niágara. La emigración, la ausencia, el vacío y a la vez el descubrimiento, la experiencia, el conocimiento van en la maleta del joven ruso, están en la silla multicolor y solitaria que prolonga los colores del marco, y forman parte también de nuestra identidad.

Brochazos que en la distancia hieren, como tajos sobre el cuerpo interminable del éxodo. Un lugar al abandono. Blanco, negro, marrón, amarillo. Como las vivas y dolorosas vocales de Rimbaud. "Peregrino" es una metáfora desde el abstraccionismo sobre el lugar que dejamos cuando decidimos echar a andar. Hay un cuerpo, un molde que queda en las aristas del aire cuando abandonamos. Un pálpito, una respiración esculpida, una huella tatuada en cada paso. Estas dos obras quedan como relieves de la ausencia, como testimonios del viaje, del abandono, del apretón azaroso y gravitacional que es la vida como camino. Distintas formas que convergen en un mismo concepto: la partida. En la fotografía, el hombre a punto de partir, sobre sus piernas duras como columnas, dispuestas. En la obra de Rauschenberg, la ausencia tangible del que ya no está, del hombre que es nombrado por el vacío que deja.

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