jueves, 9 de junio de 2011

Inocencia y literatura


Me dedico a leer y a escribir. Intento hacerlo con mayúscula humildad, como he aprendido al estudiar a Horacio y como he tratado de enseñar a mis estudiantes de literatura. Disfruto la lectura y la escritura. Autoleerme es el acto narcisista más cotidiano que ejerzo, entendiendo el narcisismo como el modo de exigir perfección constante y autocorrección dinámica.

Pero he recordado hoy mis lecturas infantiles, cuando no me obsesionaba la forma, cuando no había leído a Aristóteles, cuando no estudiaba teoría. Tom Sawyer fue mi héroe de la infancia. Estudié en una escuela primaria con nombre de héroe nicaragüense, en un municipio de nombre de héroe nicaragüense, construido por la Revolución en el año 1964. En el Centro Escolar Augusto César Sandino comí mango verde, me escapé de clases por la ventana rota y leí Las aventuras de Tom Sawyer. También íbamos los fines de semana a los cortes de naranja y luego nos bañábamos en la laguna, o en el cruce del río. No había diferencia entre ganar un concurso sobre buscar con agilidad en el diccionario y jugar pelota o escaparme al campo con los amigos del barrio.

Fui muy feliz en la infancia. La felicidad tiene que ver con la ignorancia, con el desconocimiento de determinadas cosas. Mientras más se conoce, más exigente nos volvemos, más perfección exigimos y menos posibilidad de disfrute se tiene. Pasa cuando nos obsesionamos con la belleza, cuando lo bello se convierte en el norte.

Esa obsesión tiene en mí una génesis en la biblioteca municipal, en las clases de teatro, en los estudios de danza que recibía a los nueve años. Aprendí a tocar piano en la misma biblioteca que pasaba horas y horas leyendo. Recuerdo que una vez salí con una amiga a la cual considero mi hermana hasta hoy. Yo solo tenía seis años. Obligué a entrar a mi amiga a la librería del pueblo. Quería un libro y a ella no le alcanzaba el dinero, pero monté una perreta tan grande que la dependienta me dio el libro a pesar de no estar el pago completo. Todavía mi hermana me recuerda el suceso. Coleccionaba tizas de colores. Impartía clases a mis estudiantes invisibles al regresar de la escuela. Convertía mi cuarto en otro salón de clases después de recibir las mías.

Sin darme cuenta comencé a acumular libros. Hasta los diecisiete años llevé con una espontaneidad que extraño vida y lectura. Ahora la vida se ha resumido en gran parte a la lectura, y no me quejo, pero extraño el tiempo en que hacía cualquier cosa sin compromisos, sin obligaciones, y no había diferencia entre abrir un libro y danzar sobre el tabloncillo o hacer una obra de teatro. A los diez años ya había pasado por distintas manifestaciones artísticas.

A los nueve años comencé a visitar la iglesia protestante. Mi pastor me enseñó las historias bíblicas en cuadernos infantiles. Abraham, Salomón, David, Moisés, José se tornaron personajes cotidianos.

Pero todo este recuerdo comenzó por un libro que leí en mi infancia y cuyo nombre no recuerdo. Era sobre el duende de cada uno de los días de la semana. Cada duende tenía un color distinto, y cada día cambiaba de color según el duende que correspondiese. Así recuerdo los días de mi niñez: multicolores, floridos, felices, inocentes, cuando apretar el empeine en el aire era como doblar el junco que hoy leo en los versos de Safo.

3 comentarios:

  1. hola!
    y si la felicidad fuese la inocencia y la belleza su eternidad?
    sería la ignorancia un concepto para medir o juzgar?

    saludos

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  2. Interesante reflexión. Creo que el conocimiento lleva al desengaño. Pero cómo sobrevivir en el mundo siendo un inocente? Sin embargo poetas como Gastón Baquero, Whitman y Pessoa buscaron regresar a la inocencia. En mi caso el conocimiento y con él la infelicidad son ya irreversibles. Solo el mediocre es feliz. Y es feliz en tanto pase de los que cuestionan su condición. Faltará siempre algo. No somos nada, pero tampoco somos todo, y eso nos frustra, dice Pascal. O nos convencemos de ello, o luchamos en contra. De todas formas la caída será inevitable.

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  3. aprovecho para citar a Álvaro de Campos:

    No soy nada.
    Nunca seré nada.
    No puedo querer ser nada.
    y después, tengo en mi todos los sueños del mundo

    (Poema Tabacaria)

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