viernes, 10 de junio de 2011

Elena, tú, mi delirio



El 9 de junio de 2002, hace ya nueve años, murió una de las voces más importantes del siglo XX cubano. A la edad de 74, Elena Burke nos abandonaba físicamente. Y ahora me pregunto por qué no recuerdo la noticia en La Habana de inicios del siglo XXI, cuando ya estudiaba en la universidad, cuando ya su voz me era cercana y necesaria. Esta mulata cubanísima cuyo nombre verdadero era clásico y romano (Romana se llamaba), lo readaptó artísticamente al griego y cuestionado nombre de la raptada Elena. Junto a Omara y Haydée Portuondo, y a Moraima Secada crearon uno de los cuartetos más famosos de mediados del siglo XX cubano, cuyo nombre fue Las D´Aida, título que le vino de la directora y pianista del grupo Aida Diestro.


Es interesante la interrelación que se estableció entre el feeling cantado por la Burke y la génesis de la nueva trova cubana. Así la encontramos interpretando tanto boleros clásicos como piezas de un Pablo Milanés o de un Silvio Rodríguez. Luego de pertenecer al cuarteto Las D´Aida, en 1958 comenzó su carrera artística en solitario. Era muy frecuente encontrarla en El gato tuerto, por ejemplo, en los años ochenta habaneros, dando unas descargas fabulosas, e interactuando con un público agradecido y desenfadado, como ella misma. De esa sabrosura y solemnidad, de esa naturalidad caribeña y a la vez seriedad y profundidad de sentimiento e interpretación, son herederas las mejores voces cubanas de hoy, como Xiomara Laugart y Vania Borges. Ellas mismas lo reconocen.

Un artista genuino encuentra siempre, sin pretenderlo siquiera, formas espontáneas de sobrevivir al tiempo, de trasgredir la muerte. Su voz, su talento, su inspiración están palpitantes hoy, perduran.

Llegaba la televisión en los años cincuenta a Cuba, surgían grupos y cuartetos por toda la isla, Aida Diestro daba descargas entre sus amigos en su casa de Luyanó. Una Habana de música e imagen que se abría a la isla y al mundo. Elena y el cuarteto fueron conocidos por América y Europa durante las giras que dieron frecuentemente.

La integrante de Las D´Aida que queda entre nosotros, la queridísima Omara Portuondo me ha dado una de las lecciones más grandes de profesionalidad y respeto a su trabajo y al público. Una noche, pasadas las once, frente a la Catedral, en una cena que la Oficina del Historiador organizó para profesores y educadores, Omara, después de una joven cantante cubana que no supo siquiera doblar su propia voz, se recostó al piano, dejó que el pianista comenzara e hizo surgir su canto íntegro, tangible, ancestral y vivo como la propia piedra de la Catedral. No dobló nada, por respeto a aquellos intelectuales que la escuchaban y a ella misma, y con sus casi ochenta años, desafió el frío de la noche en la isla con su voz. De esa estirpe era Elena Burke: mujeres conscientes de que cantar no es oficio ni beneficio, es algo inevitable cuando se profesa como un don, y que el acto de interpretar es siempre como la primera vez.

Véase el inicio de este documental, y constátese la confluencia entre espontaneidad frente a cualquier contratiempo, y la voz; siempre la voz sobre todo lo que se opone, ya sea un botón o la muerte misma.

1 comentario:

  1. También yo me pregunto por qué no recuerdas la noticia, y me respondo de un modo muy sencillo: eras demasiado joven (apenas 20 años), acababas de llegar como quien dice a La Habana y entonces este tipo de cantantes no significaban lo mismo que hoy.
    Los jóvenes en Cuba -no sé si decir lamentablemente, aunque no es de ninguna manera su responsabilidad- crecieron sin entender el filin, en los años 80 y 90 muchos detestaban esos espacios de descarga en televisión donde cantaban esos y esas que hoy adoran (y que son unos fantásticos reductos de nostalgia). Había que tener una dosis extra de madurez para comulgar con este tipo de interpretación, y como dices, por norma general cuando la juventud escuchaba a Omara o Elena (a partir de finales de los 70 incluso) era porque cantaban temas de la nueva trova, era el mejor modo en que la juventud se sentía atraída por estas voces, en medio de una sociedad que cultivaba el 'entusiasmo' patriótico.
    En La Habana se vivía de un modo muy distinto al resto de provincias, todo era más caótico y al mismo tiempo todo parecía más inmediato. Siendo yo un niño, recuerdo el día que murió Moraima Secada, a finales de 1984, y le pregunté a mi madre si iríamos a su entierro. Está de más que escriba su respuesta, pero a mí me parecía como si hubiera muerto un familiar o un vecino.
    La muerte de Elena no por esperada resultó menos triste; todos recordamos ese último concierto que dio con las fuerzas que le quedaban, sentada en el escenario y aplaudido su esfuerzo por quienes por entonces conocían de sus limitaciones.
    El rinconcito de Elena en La Habana no era tanto El Gato Tuerto como el Pico Blanco del Hotel St. John. Desde allí hay quien dice que su fantasma todavía canta con un vasito de ron a la diestra.

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