jueves, 26 de mayo de 2011

Saturno devorando a sus hijos




Un pinareño llamado Heberto Padilla ya lo había dicho en su polémico libro Fuera del juego, y específicamente en el poema homónimo. Ya me he referido a ello en este mismo blog. Ahora otro pinareño lo padece, lo vuelve a sufrir en carne propia: el intelectual cuestionador y verdaderamente revolucionante es siempre incómodo en los gobiernos que no logran acomodar las críticas y las formas de pensar que van en contra de sus rigideces e intolerancias. Cuando un sistema de poder niega la voz, la posibilidad de opinión que él mismo ha educado y fomentado, cercena entonces las aptitudes que él defendió y exigió para sí. Toda revolución deviene conservadora y dictatorial. En ese sentido las estadísticas históricas son aplastantes.

Cuando estudiaba en el IPVCE Federico Engels de Pinar del Río, teníamos en el grupo 4 de la unidad 4 un cartel del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano ilustrado por el pintor vueltabajero Pedro Pablo Oliva. A mí me parecía extraño, no lograba comprenderlo, no me parecía siquiera atractivo. Mi profesora guía, cuando critiqué el cuadro frente a ella y a mis compañeros, me dio una explicación equivocada: me dijo que al pintor poco podía interesarle la opinión de alguien como yo, porque por aquel cuadro le habían pagado unos cuantos miles. Esa no era la respuesta que debía dar una educadora ni la que una persona de un mínimo de sensibilidad hubiera dado a un joven de solo quince años sin ninguna formación artística ni estudios previos sobre artes plásticas. Pero hube de aprender yo mismo la lección con el tiempo de aquel sillón utópico en que se sentaba América, como en su propia casa.

Acabo de escribir en mi estado de Facebook que el grado de sensibilidad artística tiene que ver con el nivel de conocimiento que se tiene sobre el arte, sobre su historia, su tradición, su cambiante y polifónica cosmovisión. Al concluir duodécimo grado terminé llevándome a mi casa el cartel ilustrado por Pedro Pablo Oliva que estuvo durante tres años en nuestro salón de clases: aquel sillón de mimbre en el que cabían todas las criaturas, alrededor del que se ubicaban seres insólitos, nacidos de un ser humano con una sensibilidad y una fantasía frutos de su formación académica y de su esencia provinciana y humilde, decoró mi cuarto de Pinar del Río por unos años más. Supe desde entonces que tanto la vivencia como la educación del gusto eran necesarios para entender una obra de arte, y aprendí a ser inclusivo, comprensivo, a ensanchar mi percepción y sensibilidad a través de la formación académica.

Llega un momento en que el conocimiento adquirido y bien digerido se vuelve savia en las venas, se convierte en algo sustancial y palpitante, y eso lo alcancé gracias a mis estudios en la Facultad de Artes y Letras con profesores que me hablarían con argumentos más sólidos y coherentes que los de mi arrogante profesora de bachillerato. Eso agradezco hoy a Guadalupe Ordaz y a María Elena Jubrías, que me enseñaron a leer el arte desde el conocimiento, y entendiendo que con frecuencia el ser humano suele menospreciar lo que no logra entender, aquello para lo que no está capacitado ni instruido. Esa misma capacidad de razonamiento, de entendimiento, ese dialogismo que aprendí en mi país, esa libertad en el pensar y en el crear que adquirí en sus aulas universitarias con profesores e intelectuales de un alto calibre, a ratos es aplastada y silenciada dentro de la isla. Nos han enseñado a pensar, pero incomoda a veces que uno piense, y peor aún que uno diga con coherencia y responsabilidad, sin ser esquemático ni discriminatorio, lo que piensa. Nos han enseñado a cuestionar, pero molesta que uno cuestione. Pues que moleste.

Pinar del Río es una provincia de seres entrañables, es otra idea que he defendido ya en este blog cuando hablé de Pedro Junco. Pero también es un lugar donde personas como Nelson Simón y Pedro Pablo Oliva, dos de sus intelectuales más importantes, han tenido que padecer la rigidez mental, los esquematismos, las moralidades y los códigos retrógrados y absurdos de una casta de individuos con poca materia gris en los que con mucha frecuencia cae el poder por aquellos dominios.

Pedro Pablo Oliva ha demostrado ser un intelectual y un pintor de calibre, de una sensibilidad extraordinaria, de una prolífera fantasía, y de valores enraizados incluso en medio de cuestionamientos y tildes que nada favorecen al devenir de la isla. En Cuba, en su provincia, en la que empinó papalotes y recogió romerillos, como él mismo declara, en la que ha decidido vivir, lo han tildado de "disidente" por decir lo que piensa, por ejercer el derecho que se nos enseñó en la propia isla, por hacer carne aquella frase sobre Félix Varela, quien fue el primero que nos enseñó en pensar, como nos han repetido tantas veces. Todavía necesitamos un Martí, un altavoz que recuerde que un país no se manda como se manda a un ejército. Desde la disidencia más radical (a mí es que las posiciones radicales, sean de un lado o de otro, me dan muchas ganas de vomitar) lo acusan de comulgar con el "régimen" y por ello se ha ganado lo que le ha ocurrido, que lo han expulsado de la Asamblea del Poder Popular por publicar una carta en el blog de Yoani Sánchez y por hacer declaraciones que rompen con el código que él mismo firmó al decidir ser delegado de dicha Asamblea. Detesto tanto las posiciones absurdas y rígidas que atentan contra el derecho de expresión dentro de la isla y de sus mecanismos gubernamentales, como las posiciones de la disidencia militante que cree también y exige un rompimiento, un desentendimiento, una militancia a ratos más dañina inclusive que la que hoy mismo se exige en Cuba. Cierta disidencia tiene que ver con el comportamiento de ciertos políticos en Cuba más de lo que ella misma querría o pretende hacer creer, por coincidir en la misma intolerancia y la misma falta de comprensión.

Los códigos y los reglamentos de las organizaciones políticas y de masa en Cuba suelen ir en contra de sus propios miembros, dichos aparatos de reunión responden a intereses que poco tienen que ver muchas veces con lo que sus mismos integrantes opinan, necesitan, prefieren, expresan. La UJC como organización no representa en absoluto a sus militantes, es más bien un mecanismo que tributa a propósitos estatales, gubernamentales, que se coloca de cara al poder y no teniendo en cuenta las necesidades de esos jóvenes que conforman sus filas. Ese es un paso que se intenta dar en la Cuba de hoy, pero que le falta tener un verdadero auge porque no ha surgido del pueblo, porque el gobierno en estos más de 50 años ha matado la capacidad de movilización espontánea, ha logrado mover a las masas en las plazas como ganado dócil a unas celebraciones en un país de por sí monótono, aISLAdo, en el que pocas veces sucede algo de gran resonancia.

Le falta a Cuba que se pluralice la actitud de Pedro Pablo Oliva, que su ejemplo no sea una excepción, sino un derecho que en multitudes unidas despierte la atención y haga reaccionar en serio a la casta gobernante, a la oligarquía dominante de la isla. Falta en Cuba que las reuniones supuestamente democráticas no sean movidas por el gobierno, sino que sean exigidas por el pueblo a los que tienen el deber de cumplir con la sociedad y de buscar su bienestar. Falta en Cuba que el pueblo comience a gobernar a esos que lo mandan, que el pueblo defienda el derecho de que se le escuche. Falta que los cubanos comiencen a hablar sin que se les dé la palabra, porque lamentablemente a estas alturas a nombre de ese incógnito y manipulado personaje llamado "Revolución", se nos ha quitado el derecho a la manifestación espontánea, hemos aprendido a dar, a entregar, a sacrificar sin saber por qué y para qué muchas veces; y ya es hora de exigir.

Repito que no creo en determinados movimientos revolucionarios que históricamente llegan al poder y que de izquierdistas terminan apoyándose en la derecha, que de revolucionarios se vuelven reacios a cualquier cambio, conservadores a ultranza. Una de las razones más fuertes por las que la Universidad en Cuba no es autónoma es porque precisamente de ahí surgió el germen revolucionario de 1959, y el gobierno que se formó en esa misma Universidad ha cercenado el derecho a esa autonomía para impedir que se vuelva en su contra. La Revolución se ha convertido en un ente abstracto que exige tributos no para el pueblo sino para intereses que van en contra de la integridad de sus propios ciudadanos. No creo en la posible buena relación entre el intelectual, el ser pensante y la política rígida, porque el intelectual cuestiona, desestabiliza, profundiza, indaga, opina, piensa; todo lo cual un sistema político impositor intentará anular porque va en contra de su esquemática plataforma e intereses.

En la Cuba de hoy el derecho al diálogo, a la opinión ha crecido, ha cambiado en comparación con décadas anteriores; pero necesita seguir creciendo, y merece un despertar de conciencia, que existe en la población, pero que no se manifiesta porque hemos aprendido a "dejar la casa y el sillón" y a "quemar el cielo si es preciso", pero hemos olvidado que eso no es para un manipulado ente, desconocido y abstracto, sino que ha de ser "por vivir", para vivir, para el bienestar de la existencia humana. Mientras existan casos como el de Pedro Pablo Oliva faltará mucho por hacer para que el respeto a la opinión y a la libre expresión sea también parte del ente verdadermante revolucionario.

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