viernes, 22 de abril de 2011

OCNOS


a Mairim y a Johnny

Todo arte es completamente inútil
O.Wilde

La vida, en general, no es sino la pérdida constante de toda soberanía
V. Piñera

Una amiga me dice que ha caído en crisis existencial porque siente que lo que estudia, lo que hace no sirve para nada, no tiene un fin utilitario, no produce. En una conferencia su profesora de Teoría Literaria en la Universidad de Humboldt comenzó a hablar sobre el fin de la teoría y se cuestionaba si servía para algo. Al terminar el bachillerato, cuando decidí estudiar Filología una joven recién graduada de la Universidad de La Habana me dijo que para qué iba a estudiar una carrera que no conocía nadie y que no servía para nada. Yo le dije, por instinto más que por convicción, que era lo que me gustaba, y lo iba a estudiar, aunque al pasar el tiempo me arrepintiese de no dedicarme a algo más “provechoso” o más “útil”. Han pasado diez años de aquella decisión y no me he arrepentido, estoy esperando en un rapto utópico de soberbia que el mundo se canse, se arrepienta de producir para consumir de un modo desmesurado.

Ya es proverbial entre mis compañeros de filología clásica la frase que nos dijo hace unas semanas el profesor de papirología: “ESTO ES MUY IMPORTANTE, VAMOS, NO SIRVE PARA NADA”. En una clase sobre la estética artística latina, Isabel Velázquez en la Universidad Complutense de Madrid se cuestionaba por qué siempre algo tiene que poseer una utilidad, un fin económico, una productividad contable, por qué no hacer algo por simple placer, sin pretender nada más que el disfrute, la hedoné. Y para colmo, si uno puede hacer creer a los demás que esa panda de antiguos a los que lee, que esas ideas que estudia son importantes, son legado intangible, ayudan a que seamos mejores seres humanos, y logramos convertirlo en una línea de investigación financiada por el estado, y nos pagan por un proyecto que se le ocurrió a algún académico medio loco, pues hemos logrado horadar ese mecanismo terrible que es la sociedad y el mundo consumista en el que nos movemos.

Le escribía a un ser entreñable hace poco, el pasado 8 de marzo, lo siguiente:

“Ahora voy para la pizzería, trabajo hasta las dos de la mañana, ya sabes, es lo que toca. Estoy cansado, he impartido tres clases y al regresar tú no me esperarás, esa es la verdadera pobreza, no la que teníamos en Regla. La pobreza es un estado de ánimo. La pobreza es la ausencia de lo que uno ama. Recuerdo que un día, con una lucidez inucitada, en una 106, camino a Regla, te dije que éramos pobres, comparados con cualquier habitante de cualquier lugar del mundo éramos muy pobres. Pero ahora soy pobre en verdad porque no te tengo. Y esas dos pobrezas son causadas ambas por los sistemas políticos, lo cual me da cada vez más asco.

Todo lo que emprendo lo hago con ganas y con alegría: vender pizzas, escribir un poema, enseñar latín, alfabetizar, etcétera. Pero a veces siento muchas ganas de abandonarlo casi todo y al menos intentar vivir al margen de todas las exigencias de la sociedad, de la necesidad del dinero, del vestir, de la moda, de todas esas cosas que me alejan, y hacen que uno se dedique a lo que no considera prioritario. Nos vendemos, J, nos vendemos siempre a algo en que no creemos, en Cuba o en España, da igual, terminamos comulgando con algo que no compartimos, que no nos complementa por satisfacer simplemente las necesidades que la propia sociedad nos crea. La ciudad es posiblemente el monstruo más terrible que ha creado el hombre. Nos prostituimos cuando estamos obligados a hacer alguna tarea que no nos hace sentir realizados, ya sea vender queso y leche en polvo en Bahía después de impartir mis clases de literatura griega en la Universidad de La Habana, o vender pizzas en el mismo corazón de la calle Arenal en Madrid. Y a pesar de todo ello, uno siempre aprende, uno pasa por estas experiencias que le hacen crecer inclusive haciendo actividades que no son exactamente aquello a lo que se quisiera dedicar. La interacción con el mundo, con el ser humano es una lectura enriquecedora e infinita, a veces triste. A estas alturas lo que más agradezco es la posibilidad de diálogo, la salida de mi encierro y mi eremitismo, porque si no tuviera la obligación de cumplir con el capitalismo, poco me asomaría al mundo.”



En 1947 en Buenos Aires Virgilio Piñera escribía un texto que tituló "El país del Arte". En él expresa:

"La vida, en general, no es sino la pérdida constante de toda soberanía: dependemos siempre de alguien, algo nos limita y conforma en algo que está fuera de nosotros. Y lo único que puede hacernos soberanos es la medida de nuestra propia existencia, lo que podemos sacar de dentro a afuera y administrar como propio. Ahora bien, el arte sólo es tal en cuanto es el reflejo exacto de nuestro paso sobre la tierra."

Y declaraba Piñera que era necesario, para que el arte fuese genuino, poner "sobre un plano artístico nuestra propia existencia". Yo quiero entender el arte como modo de protesta, de atentado contra el medio agresivo en que nos desarrollamos, contra las exigencias sociales, contra el alquiler del mes. Si nos movemos en un mundo artificial, no podemos permitir que el arte también lo sea; sublimamos, estetizamos el dolor, que es lo único que podemos presentar como completamente nuestro. De adentro hacia afuera. De porcelana, con volutas, de mármol grabado, pero palpitante, vivo, con nervios, con alma. Si estoy obligado a ser yo y mi circunstancia, como nos enseñó Ortega y Gasset, que el arte sea la daga con la que protestamos ante lo cinrcundante. Es mi elección escribir mientras existo sobre temas que poco interesarán a un empresario o a un comerciante, al menos para echar adelante su negocio. Es mi prioridad, es la pobreza que elijo.

Hace poco releía a Cernuda. En el epígrafe de Goethe que introduce el libro Ocnos nos encontramos con un personaje llamado Ocnos que trenza los juncos que el asno se come. Pero el asno se los comerá, aunque Ocnos no los trence. Como la profesora de Teoría Literaria de mi amiga que dudaba sobre cuál era la utilidad de los estudios literarios, en el texto queda como posibilidad remota que al ser trenzados los juncos “sepan mejor, o sean más sustanciosos”. Entonces supe que mi nombre también podía ser Ocnos. Trenzar, eso, estetizar lo efímero en un mundo cambiante y vertiginoso.

Los textos de Cernuda hablan a una segunda persona que bien puede ser un diálogo consigo mismo. El propio andaluz ha dicho que Albanio, el personaje de estos textos es una especie de alter ego que se creó. De modo que muchas vivencias del autor están recreadas en estos poemas en prosa que parecen escritos sobre el cristal sin que la superficie se empañe siquiera, o grabados sobre el agua tranquila de un mar por el que podría caminarse de tan manso que se ve. Se lee cada frase y es como la fina tela de la memoria en los labios, casi imperceptible, suave, “como leve sonido”.

En el texto titulado “El destino”, Cernuda se refiere a esas necesidades que crea la sociedad e impiden que el hombre vea las necesidades esenciales, fundamentales del ser humano y, aunque la mirada es desesperanzada al quitar esos propósitos materiales, en lo personal, yo preferiría verme ante mi destino triste como ente pensante, que seguir respondiendo a exigencias de una sociedad que cada vez está más lejos de lo que busco y priorizo. Por suerte, no soy Ocnos único, hay un grupo de inadaptados que estudian lenguas “muertas”, que leen poesía, que con una actitud cotidiana protestan contra todo consumismo lascerante y que creen fervorosamente en la provechosa y utilísima inutilidad de la creación artística.

EL DESTINO
de Luis Cernuda


Había en el viejo edificio de la universidad, pasado el patio grande, otro más pequeño, tras de cuyos arcos, entre las adelfas y limoneros, susurraba una fuente. El loco bullicio del patio principal, sólo con subir unos escalones y atravesar una galería, se trocaba allá silencio y quietud.


Un atardecer de mayo, tranquilo el edificio todo, porque era ya pasada la hora de las clases y los exámenes estaban cerca, te paseabas por las galerías de aquel patio escondido. No había otro rumor sino el del agua en la fuente, leve y sostenido, al que se sobreponía a veces el trino fugitivo de un bando de golondrinas cruzando el cielo que encuadraban los aleros.



Cuántas cosas no te ha dicho a lo largo de la vida el rumor del agua. Podrías pasarte las horas escuchándola, lo mismo que podrías pasarlas contemplando el fuego. ¡Hermosa hermandad la del agua y la llama! Aquella tarde, el surtidor que se alzaba como una garzota blanca para caer luego deshecho en lágrimas sobre la taza de la fuente, su brotar y anegarse sempiterno, trajo a tu memoria, por una vaga asociación de ideas, el fin de tu estancia en la universidad.



Nunca el pasar de las generaciones parece tan melancólico como al representárselo en algo materialmente, tal en esos viejos edificios de universidades o cuarteles, por los que discurre cada año la juventud nueva, dejando en ellos sus voces, los locos impulsos de la sangre. Recuerdos de juventudes idas llenan su ámbito, y resuenan sus muros en el silencio como la espiral vacía de un caracol marino.



Apoyado en una columna del patio, pensaste en tus días futuros, en la necesidad de escoger una profesión, tú, a quien todas repugnaban igualmente, y sólo deseabas escapar de aquella ciudad y de aquel ambiente letal. Cosas contradictorias eran tu necesidad y tu deseo, atándote a ambos sin solución la pobreza. Mas aquel problema mezquino, ¿qué valor tenía cuando te veías arrastrado en el avanzar incesante del tiempo, ascendiendo con una generación de hombres para caer luego, perdiéndote con ellos en la sombra? Privado de gozo, de placer y de libertad, como tantos otros, comprendiste entonces que acaso la sociedad ha cubierto con falsos problemas materiales los verdaderos problemas del hombre, para evitarle que reconozca la melancolía de su destino o la desesperación de su impotencia.

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