viernes, 22 de abril de 2011

María perdida en la distante isla del sueño


A pesar de haber sido elogiada por la prensa y la crítica en las primeras décadas del siglo XX, María del Carmen Villar Buceta (21 [¿ó 25?] de abril de 1899- 29 de junio de 1977) sigue siendo una desconocida entre los cubanos. Los que leyeron sus primeros poemas no podían creer que fuese aquella joven la autora de unos versos que parecían salidos de la mano de un autor con mayor madurez. Sin embargo, se ha hecho más énfasis en su labor política y revolucionaria que en su poesía y su literatura, dispersa aún entre periódicos y publicaciones del siglo pasado. Dentro de su escritura destacan la lírica y el periodismo, y en esta última modalidad sobresalió por textos sobre la lucha revolucionaria, o sobre personajes como Rosa Luxemburgo y el novelista ruso Máximo Gorki.

Fue hija de un sevillano y una matancera. Después de recibir la primera enseñanza en su pueblo natal de Matanzas, Corral Falso de Macuriges, su formación fue autodidacta, pues, a causa de la muerte de su madre, tuvo que dedicarse a otras labores. En 1921 se traslada a La Habana. Colaboró en publicaciones como El Fígaro y Orígenes; fue bibliotecaria, redactora, periodista, profesora, conferencista, poeta, comunista.

María Villar Buceta era una de las pocas mujeres que frecuentaban los almuerzos sabáticos del “Grupo Minorista”; con el ascenso de Machado al poder quedó sin trabajo y sus amigos lograron que pudiese trabajar en la Biblioteca Nacional. Sobre la aparición de su cuaderno de poesía Unanimismo en 1927, Helio Orovio ha expresado que “produjo una sensación de cercanía espiritual, no exenta de cierta sorpresa ante una voz nueva, inmersa en lo más profundo de lo cotidiano, extraordinaria en su sencillez, que tocaba las fibras más profundas y eternas del hombre”.

A la par de su obra poética y periodística, llevó a cabo sus actividades revolucionarias durante las décadas del 20 y del 30. Villar Buceta fue entre nosotros una de las pocas mujeres que conjugó las armas y las letras, contemporánea y amiga de Martínez Villena, compartió con él ese misterioso afán unificador de la lucha social y del espíritu lírico. Sus opiniones con respecto a la mujer, a la sociedad, a Cuba eran radicales y pro-comunistas, y tal vez su época así lo pedía, y tal vez su carácter decidido desde su difícil niñez así lo fraguó. Confieso que ante sus ideas revolucionarias me sucede lo que suele ocurrirme cuando conozco a alguien que profesa algún tipo de partidismo, que se posiciona con convicciones fuertes y aparentemente inamovibles: lo admiro y me asusto, me parece a los ojos sorprendente y al mismo tiempo terrible.

Amante de su padre, cuidadosa con su jardín, lectora incansable desde sus primeros años, Villar Buceta refleja en su poesía melancolía, dolor, burla amarga, ironía, perseverancia, giros coloquiales, cotidianidad a través de imágenes que recogen la mejor tradición modernista de nuestras letras. En el número siete de la revista Orígenes, correspondiente al otoño de 1945, aparecieron cuatro sonetos de la poeta matancera. El primero se titula “El faro” y es de tema mitológico. Trata la figura de Jasón enfrentado a un mar de dificultades, perdido en la marea inmensa. Cuando pienso en esta mujer, y en su descripción del héroe mitológico, la veo a ella en sus palabras, en el héroe que pinta, inmersa en en el dolor, pero no vencida; con queja en el costado y con llanto, pero a la espera del faro encendido que la “devuelva a la esperanza”.

Frente a mi escepticismo, quiero colocar este soneto, quiero recordar a esta mujer autodidacta, revolucionaria, luchadora en todos los ámbitos, poeta porque sí, porque le tocaba, como le pudo corresponder un pelo rizo o unos ojos lánguidos, pero seguros. No solo conjugó armas y letras, espíritu revolucionario y soledad lírica, también conjugó comunismo con fe en Dios, alma perseverante que mira a su Creador, irreverente ante el mundo, que, como Ícaro (con quien la poeta se compara en su poemario Unanimismo) se anima y se dice:

Tú, la rebelde, tú, la indómita,
la enamorada de la audacia
y de la fuerza, te detienes
prematuramente cansada.

[…]

Sigue adelante, oh alma ¡Ícaro
no temió al sol!

Como en el caso de Ícaro, quiero leer su soneto “El faro” también como una conversación consigo misma, porque esa impresión da su poesía en más de una oportunidad: que la poeta se desdobla y habla al tú como si fuese ella, y nos habla también, ¿por qué no?, en un plural del TÚ que también la incluye. Nos ve como se ve, nos manda a luchar como se manda también a sí. Ícaro o Jasón, esta mujer no teme ni al mar tormentoso, ni a la escala encendida del aire. Siempre ante situaciones extremas, ante la inmovilidad indecorosa, frente a embates y a soledad, busca el resquicio de luz, el faro de una salvación que pareciera perdida.

Ahora que se cumplen 112 años de su nacimiento, leámosla para pensar, para creer que, a pesar de “otra vez hundirse en el vacío”, vale la pena “abrir los ojos a la vida nueva”. Cuartetos dedicados al dolor y a la zozobra, tercetos de invocación en busca de un norte, de un referente.

Jasón esta vez está solo, sin los argonautas y es una mujer en la distante isla del sueño.

EL FARO

Nuevo Jasón en busca del tesoro
que en su canto le mienten las sirenas,
en gesto audaz rompiendo las cadenas
que a tierra firme ataban su decoro

-anclas levando hacia la costa de oro-
justo Dios, a qué duelo le condenas,
a qué herida, a qué llanto, sin que ajenas
manos le enjuguen el candente lloro!

Viejo faro perdido en la distante
isla del sueño, dulce al navegante
en la zozobra como en la bonanza:

prende, en la angustia de su desamparo,
en lo cimero de tu torre, el claro
fanal que lo devuelva a la esperanza!



PARA LEER MÁS POEMAS DE LA AUTORA, PUEDE DIRIGIRSE A HOJAS DE PRENSA PARA LA HISTORIA DE CUBA

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