lunes, 25 de abril de 2011

Discurso de Tom Bombadil en una calma tarde de domingo



“Sentándose junto al agua durante horas y horas.”
Tolkien






Algún secreto hay en la transparencia,
una mano que no veo si no persisto
en saltar el ciego monte de mis ojos,
mis sentidos de bestia escurridiza,
espantada por las hojas o el viento.

Después del temblor del agua habrá algún cuerpo,
o un rostro que el aire esculpe con sus palabras sonoras,
gravitantes contra los muros y las ramas.
Alguien tiene que pronunciar esta sintaxis húmeda
que llena el cauce de los ríos.

Y si observo el titilar en la noche,
o la delgadez de una luna
que se encaja silenciosa en la vigilia,
o si escapo de las tumbas y
del engañoso lirio de agua
que absorbe hacia el fondo,
es porque busco el golpe misterioso en lo invisible,
una verdad como un dolmen,
de fina y helada cintura,
de escarcha viva en los ojos.

El chasquido del Tornasauce
guarda en su discurso el mar entero.
Y busco atrapar en su voz violenta,
entre los lirios de agua,
ese manto interminable de voces y juncos
que en un fino cuerpo de alabastro
cabe inexplicablemente.



Ninfa, Hija del Río, Baya de Oro,
cuerpo chispeante de lo oculto,
la mesa está servida,
y en las aguas de tu madre no encontrarás
un amante como yo.
Pon tu mano en la mía
de modo que mi almohada y la noche
se enciendan de una vez y para siempre.

Déjame remar tu cuerpo, apartar el argénteo vestido
de helecho y algas que parlotea con olas
desde tu delgada cintura en que los sauces de la noche y el sol
han guardado los más altos secretos,
las historias que el viento repite en desorden,
en confuso y alargado palabreo.

Déjame encender la noche con tu mano,
decorar mi mesa con la concha rosásea de tus dedos.
Que entre las frutas esté alumbrando
para siempre el pistilo de oro
en tus cabellos, en tus labios,
en la blanca vigilia de tu piel,
en el pez azul de tus uñas.

Déjame golpear, palear la sombra de tu cuello,
que se alarga como un dios oscuro
por el cuerpo interminable de este río.
O cobijar mis sueños, mis simples sueños
bajo el frescor gris de tu mirada,
de tu suave conversación.



Que pueda compartir el blanco pan de las palabras,
el orden que tus gestos dan al ritmo sonoro de las horas,
a la canción dispersa que tus manos reajustan.
Que mis botas amarillas sean más amarillas,
y mi cara tan roja como el crepúsculo,
y la túnica, azul como el agua indescifrable de tus ojos.
Que mi canto sea más canto
si tú enciendes las ventanas de la tarde.

Que la blanca neblina de la noche
y los troncos nudosos de las horas
ardan a tu paso, con las sonoras cañas del silencio.
Que se lime la madera oscura de mis versos con tu risa.

Casa, cuerpo de la luz en que me muestro,
risa y cosquilleo del arroyo,
puertas, ademanes, pálpitos y frutas.
Miel callada sobre el pan.
Contigo soy más dueño, más canto,
contigo el poema anda como un niño
recorriendo las estancias.
Contigo la luz queda,
como un cuerpo que en las sábanas respira
esperando a que en la noche
deposite mis cansados miembros
y mi paso saltarín de todo un día
sobre su agua y
su espejo de misterio.

MADRID Y 24 DE ABRIL DE 2011.


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