miércoles, 27 de abril de 2011

Como huésped rústico. Rencor y homenaje contra Dulce María Loynaz


En la madrugada del 27 de abril de 1997, hace hoy 14 años, murió en su residencia del Vedado la poetisa cubana Dulce María Loynaz del Castillo. Comencé a leer su obra precisamente el año de su fallecimiento, cuando iniciaba estudios en el IPVCE Federico Engels. Por lo que la vida de su obra en mí se inició con su muerte. En el salón de clases, debajo de la mesa de mi novia, junto a los libros de Biología y Matemática estaba un ejemplar forrado con un papel blanco, su Poesía Completa, en la edición de Letras Cubanas de 1993, la misma que hoy he tomado en préstamo de la Biblioteca de la Universidad Autónoma de Madrid, no ya como joven lector optimista, como el chico de quince años y sandalias lilas asombrado ante el verso húmedo, hermoso, lánguido y diáfano de la cubana hija del General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, desvelado ante aquello de “si dices una palabra más me moriré de tu voz”, o “solo el silencio sugiere”, o “no te nombro, pero estás en mí como la música en la garganta del ruiseñor, aunque no esté cantando”, o “cuando la ola viene impetuosa... ¿la acaricia o la golpea?”, o “las cosas que se mueren no se deben tocar”. Son muchos los buenos y no tan buenos versos que ahora mismo podría recordar, citar de memoria mientras escribo. Pero no he vuelto a este ejemplar, a la edición en que comencé a leer su obra con la misma avidez de mi adolescencia; he regresado incrédulo, como hijo pródigo resentido y no arrepentido, criticón, desagradecido, cuestionador, hasta paródico. Hoy aquello de “¿Y esa luz? - Es tu sombra” me parece tan ridículo que escribir la frase y palparla me ofende en este instante. Soy ingrato, soy un mal hijo, lo sé. Mi ofensa es el mejor homenaje que puedo brindar hoy a la Loynaz.

La obra poética de Dulce María Loynaz ha tenido en mí una extraña influencia. En la escritura, en el amor, en la vida, en la salud. Enfermé cuando leí su novela Jardín, caí en cama con unas fiebres altísimas, inexplicables. Detesté su poesía durante mis primeros años de la universidad porque me hacía daño leerla, recordar sus palabras, regresar a su escritura, había algo cierto en sus rancias cursilerías que me hacían llagas como si sus palabras fuesen trozos de latas almibaradas. La luz, la rosa, la copa con vino, el agua, el guijarro son símbolos que se repiten más de una vez con el mismo sentido, con las mismas imágenes en versiones parafrásticas, que llegan a ser redundantes e innecesarias, que atentan contra su estilo. Ya sabemos que un estilo se forma, en gran parte, por la repetición de determinados motivos e imágenes, pero no por la redundancia de estos. Y Dulce María pierde el límite entre lo uno y lo otro en reiteradas ocasiones.

Su poesía toma cauces extraños en su ámbito espacio-temporal, no muy transitados dentro de la poesía cubana del siglo XX. La languidez y la tristeza en Dulce María se vuelven amaneradas, derivan en ademanes afectados, en frases de un afeminamiento extremo, más pose en el vuelo que gajo enhiesto en la tierra. Sin embargo, en poemas como “La novia de Lázaro”, “Últimos días de una casa” uno aterriza de golpe, descorre los velos, palpa un carácter fecundo y de un hieratismo temible.

Dulce María es como una asignatura que después que ha sido vencida no dan muchas ganas de regresar a ella. Pero que cuando ha sido leída a fondo el lector sabrá a dónde regresar, qué poemas releer, qué voces antologar entre tanto estremecimiento de agua.

Después del olvido al que estuvo sometida su figura y su obra durante más de 30 años, era lógico que el redescubirmiento, la relectura de sus textos desembocasen en una sobrevaloración, en una explosión de estudios, en sobredimensionar su figura y su poesía. Pero en verdad esa no es su culpa, es culpa nuestra. Y esa culpa se traduce en nacionalismo, porque la identidad de un país está también en el error, y el cubano tiende a excederse, a hiperbolizar en vano palabreo lo que ha correspondido solo al silencio. Verbosidad que menciona Varona y que en Lezama alcanza la encarnación más visible dentro de la literatura cubana del siglo XX. Somos ampulosos en la frase, y también, en el caso de Dulce María y otras figuras ensombrecidas por la oficialidad durante décadas, luego queremos, pretendemos, al soltar el muelle apretado contra el piso, reconocer tanto al autor para compensarlo que le damos más de lo que le toca, e incluso, más de lo que él ha pedido. Y Dulce María nunca pidió nada. Amanerada, pero sincera cuando escribe “Muchas cosas me dieron en el mundo: solo es mía la pura soledad”.

En esa proliferación ensayística están los comentarios (lamentables, muy lamentables) sobre la obra de la Loynaz que hizo en vida Aldo Martínez Malo, posiblemente el cubano que menos ha entendido la escritura de Dulce María y, sin embargo, cosa que no podré explicarme nunca a no ser por el cariño y el aprecio personal que ella le tuvo y no por la capacidad intelectual de este, fue el hombre que más cerca estuvo de ella en sus últimos años, y que más acceso tuvo a su obra. Tanto acceso tuvo que algunos amigos admiradores del carácter y la persona de Martínez Malo me han llegado a confesar que entre los poemas de esa colección de textos desechados por la propia autora recogidos en Melancolía de Otoño por el Malo de Martínez (que aparecen en la última edición de su Poesía completa, pero no en la de 1993, cuando la autora estaba viva aún), más de un poema no son precisamente de la cubana, sino del pinareño. Y en verdad los textos recogidos en este pequeño volumen son menores en calidad (en sentido general) que los poemas publicados en vida de la autora. Aquello de “Mañanita que te pierdes por el camino...” es de un mal gusto casi inigualable, de una cursilería que evidencia por qué hasta la propia autora los desechó. ¿O el poema será de Martínez Malo?

El mejor legado que debemos a esta mujer es su convicción inclaudicable, su carácter y su actuar consecuente que ni el silencio o la soledad ni la fama y los premios desvirtuaron nunca. Se mantuvo impasible, agradecida, pero no lisonjera. Admiro a esta mujer cuando escribe:

“Mi esposo, muy conocedor del mundo, cuando ya estaba para morir me dijo que no recibiera a los jóvenes, que ellos venían a verme como a la mona del zoológico. No he olvidado el consejo y procuro seguirlo.”

[...]

“Por lo menos verá Ud. que soy sincera, lo cual es una rareza en los tiempos que corren.”

(Véase: Cartas a Alberto Lauro en http://www.eforyatocha.com/2010/07/dulce-maria-loynaz-cartas-lauro.html)

La voz que narra en Un verano en Tenerife, el rejuego con la metaescritura; la frialdad de Bárbara, la de los ojos de estanque de agua, el tiempo de la memoria y de la maleza interminable de los recuerdos encarnados en su jardín escrito, esa mezcla entre lírica y prosa que arremete contra tanta escuelita provinciana de narradores de los últimos años; la dureza trasgresora y casi blasfema de su inolvidable novia de Lázaro; los momentos ensayísticos y poéticos en que es categórica y proverbial, sin vacilaciones: “Para ti lo infinito o nada”; todo ello es lo que he guardado sin rencor de esta escritora.

Pero a estas alturas Dulce María ha sido demasiado dañina para mí, y eso me hace detestarla, ahí está mi devoción. Cuando algún perdido enamorado de sus poemitas viene a mí, y me comenta, yo me burlo de su cursilísima "Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen", de su afectación cuando escribe “no me des tus rosas frescas, soy grave para rosas, dame el mar”. Porque al conocer su obra puedo buscar sus puntos débiles para desarmar al enamoradito superficial del agua y de la rosa. Los propios comentarios de la autora sobre su carta al joven faraón son superiores a su epístola, ahí está la Dulce María que creo rescatable:

“Sí, yo amo a Tut-Ank-Amen porque tiene el silencio de la muerte, el prestigio de la Muerte. Lo amo porque está muerto… Si lo viera sentarse sobre el último de sus sarcófagos, desatarse sus vendas de momia y salir a limpiarse el polvo de los siglos de las sandalias […] dejaría en el acto de amarlo.”

Los comentarios de Aldo Martínez Malo a este fragmento en el pequeño volumen Cartas de Egipto, publicado por Ediciones Loynaz son de lo más lamentable que he leído. El insigne ensayista e investigador de Pinar del Río afirma que este pasaje evidencia el peculiar sentido de humor que caracterizó siempre a nuestra autora. Irónica sí, ácida, cortante, inaccesible, ¿pero Dulce María humorista? No lo veo. Creo que en este pasaje la poeta habla con toda la seriedad lírica y metafórica que se pueda imaginar un lector competente.

La parte meliflua de su poesía ha sido uno de los males más desoladores que ha atacado a la lírica cubana de los años 90, no siempre con buenos resultados. A la par está la mala lectura y reescritura del estilo lezamiano que se ha confundido con un metaforismo rocambolesco y una tropología hueca que poco agradaría al mismo gordo de Trocadero. Pero no culpemos ni a Lezama ni a la Loynaz de lo que solo corresponde a nuestra responsabilidad. La propia carta dirigida a Tut-Ank-Amen ha tenido una contrarrespuesta de la mano del multipremiado poeta Luis Manuel Pérez Boitel la cual evidencia que puede concebirse una epístola de peor gusto que la escrita por Dulce María.

La trasgresora consecuente de los temas bíblicos y mitológicos, la mujer que hereda el beso frío de Juana Borrero, su Bárbara helada y pálida como la propia muerte, su verbo como látigo inflexible, su novia de invierno, su amante de Lázaro que desordena el milagro con la lógica aplastante de su discurso se oponen a la otra parte más endeble de su escritura, sobrevalorada y repetida en tanta exégesis hueca y en tanto canto a la rosa y al pétalo.

A los catorce años de su muerte es mi rencor personal e intelectual el mejor modo de homenajearla que encuentro. Mi ofensa es válida en tanto la he leído desde mis quince años ininterrumpidamente. Hoy vuelvo a sus poemas, hoy me río de algún verso, hoy me incomoda alguna frase naíf, hoy descubro que debe tanto a Tagore que podría ser acusada de plagio, y algunos de sus textos que me fueron más entrañables me parecen casi intrascendentes, lo cual me hace preguntar si el fallo está en mí como lector o si acaso el tiempo ha vuelto rutinario lo que antes fue descubirmiento. Hay algo cierto: poemas como "Balada del amor tardío" y el número LXXXI de Poemas sin nombre no dejan de desconcertarme desde su propio y evidente melindre, desde un artificio edulcorado y hasta ridículo. Pero en esa afectación hay también sinceridad, en medio de las palabras aparece el frío, y antes que rosas se prefiere la inmensidad del mar. Son tan afeminados estos textos que parecen la voz engolada de un actor travestido. No logro imaginármelos de otro modo cuando los leo.

Nunca antes me había atrevido a escribir siquiera una línea sobre esta mujer, la poetisa cubana que más a fondo he leído. Estas son las retorcidas texturas que nos unen y que nos alejan. De ellas se nutren nuestro diálogo que, como su muerte, suma ya catorce años.

LXXXI


El Señor me ha hospedado en este mundo hecho por sus propias manos. 


Ha puesto un fino aire transparente para que yo pueda respirarlo y ver al mismo tiempo a través de él los hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul. El Señor ha puesto el sol que alumbra mis pasos en el día, y la luz mitigada de las estrellas que vela mi sueño por las noches.



Ha sujetado el mar a mis pies con una cinta de arena y la montaña con una raíz de flor.



El Señor ha soltado, en cambio, los ríos y los pájaros que refrescan y alegran el mundo que me ha dado, y ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos.



Todo esto ha hecho el Señor. Y, sin embargo, yo, como huésped rústico, me muevo con torpeza y con desgano, sigo extrañando vagamente otras cosas… No sé qué intimidad, qué vieja casa mía…

1 comentario:

  1. Tu tienes la flecha:
    yo tengo el espacio;
    soy lo que no queda
    ni vuelve. Soy algo
    que pasa... En tus manos.

    D.M.L

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