viernes, 29 de abril de 2011

Apuntes sobre la obra poética de Fina García Marruz (I)




Y traspasé, temblando,
la losa, el umbral.


FGM



Releo las notas que en sucesivas vigilias he tomado sobre la poesía de Fina García Marruz, ahora que se celebran sus 88 años de vida y se le otorga el merecido premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Primeros versos (1939-1949)

Quedémonos en el umbral. Porque en la génesis, además del error de juventud, de la poca experiencia, de la frase imprecisa, está el primer destello, el sesgo de luz que anuncia el comienzo de los grandes temas, de las grandes obsesiones líricas de un poeta. Diríase que muchas veces los motivos principales de la poética de un autor están en el verso quizá incompleto o no tan perfecto de la adolescencia. Queda la vida por delante para buscar en la estatura del lenguaje la perfección de la imagen y de las ideas.

Visitemos el zaguán escrito, las columnas sintácticas de la primera habitación que se construye esta mujer con el discurso. Una enramada con la primera luz del día, esperando a que Dios quede en el silencio nombrado, viendo plenitud en el deterioro circundante, u orden nuevo en el caos arquitectónico y social que le rodea. La palabra es para Fina techo y coraza, habitáculo, revelación, epifanía, cosmos, telos.

Estudiosa de Martí, conciliadora de las ideas revolucionarias y cristianas en textos como El amor como energía revolucionaria en José Martí, conocedora y estudiosa de la literatura colonial cubana, ser de una gran sensibilidad para la poesía y el ensayo, dos caras de la creación complementarias y comunicantes en su obra; Fina García Marruz es, hoy mismo, el poeta cubano vivo más importante de un país que se ha conocido históricamente como tierra de poetas.

Dueña del verso y de la prosa poética, polítropa como Odiseo en temas y tonos, García-Marruz va del verso monosilábico a la plenitud de la décima, el alejandrino y el soneto, y desemboca en torrentes continuos de prosa lírica, como se ve en su fabulosa y polifónica “Una oda para Anacreonte”. La noche, el tiempo, la sagrada memoria, el silencio, la plenitud de la pobreza son motivos que encontramos desde sus primeras composiciones. Dialoga con la plástica, el cine, la danza, la música, la poesía, la obra martiana... Su poesía es también un descubrimiento de nuestra América, incluyendo, incluso, el norte continental, va de Teotihuacán a Carolina del Norte, de Arroyo Naranjo a Miami, de Ernesto Che Guevara a Abraham Lincoln.

En Primeros versos, que aparecen recogidos en el apédice de su Obra poética publicada por Letras Cubanas en 2008, vemos que la dedicatoria a su amigo Augusto (por quien conoció a Gastón Baquero) es precisamente un soneto, de ahí que ya esta primera composición, con respecto a lo formal, marca el gusto de la autora por esta forma estrófica cerrada, y en materia de contenido ya señala la memoria y la palabra como complemento del vacío, del olvido, reorganizando el recuerdo, alcanzando la plenitud de lo perdido a través del verbo.

Fina García-Marruz ha dado algunos de los mejores sonetos que se han escrito en lengua española: “Ama la criatura casta y triste”, “Una dulce nevada está cayendo” y “Quiero escribir con el silencio vivo” son ejemplos de ello, composiciones de riesgo formal, de saltos en fabulosos encabalgamientos; poemas que encarnan conceptos como lo exterior, el silencio y la memoria, tan importantes en la cosmovisión de la autora.

En cuanto a lo fragmentario, a la plenitud del recuerdo cercenado, este soneto que sirve como pórtico y dedicatoria, como umbral del umbral, recompone versos dispersos de su amigo Augusto, frases incompletas que la autora rescata con sosiego y devoción del tiempo transcurrido. Evidencia ello la vocación dialógica e intertextual, polifónica y multiculturalista de la autora que atraviesa toda su obra. Fina es, sin dudas, una restauradora (en el sentido plástico) del friso interminable que conforma la memoria, filtra en su voz las voces anteriores y contemporáneas que afectan su sensibilidad y que convergen con su manera de ver el mundo, cura con las palabras lo que habría quedado en el olvido o el vacío, reorganiza y cuelga en un orden insólito, renovado (como en una exposición) los dones del tiempo. El pasado es para Fina más vívido que el presente: “al ayer, no al mañana, el tiempo insiste”.

La escritora realza la ruina, la arquitectura gravitante, y la acomoda sin moverla, la ilumina de modo que parezca (sea) plena otra vez en su imperfección, perfecta en su caída, exacta dentro de un nuevo orden. Funda del caos un cosmos pleno e inesperado, un modo telúrico de presentar lo que ha perdido su estructura genésica, lo abandonado, la destrucción, el incendio, ya sea de su Habana, de Arroyo Naranjo o de los versos de su amigo de colegio.

Ante la palabra perdida, ante el recuerdo, ante la devastación Fina no desespera, tiene la paciencia y la visión del arqueólogo, encuentra el origen en la destrucción, rescata el esplendor arcano. Reconstruye en sus palabras el cuerpo roto de una estatua de Terpsícore o de una casa que solo padecemos, reencontramos en los milagrosos corredores de sus versos.

En el Umbral (1940-1951), que recoge los poemas no incluidos en Las miradas perdidas, también está la noche. Resonancias de "la noche dichosa” de San Juan de la Cruz en su “Nocturno”. Una oscuridad fecunda y genésica, demiúrgica, sólida como un cuerpo. La poeta relaciona la noche con las palabras, la naturaleza con el lenguaje, la vigilia como verso escrito, como literatura de la sombra, como encarnación del secreto sonoro, de lo indecible, del origen:

“Escucha la noche íntegra, los salmos profundos de la noche.
Su tumulto de voces en la espalda, su cuerpo de temeraria roca,”

Y en verdad, no hemos avanzado nada. Habíamos llegado al atardecer, la puerta ha estado entreabierta, no hemos querido siquiera llamar. Quedamos en el umbral, en la entrada; sin embargo, desde aquí algunas visiones de adentro llegan ya, como relámpagos de una luz prometida, como las propias “manos de la luz” que “van recordando/ en la tiniebla ciega, lentamente,/ las praderas azules”; se escuchan frases, algún cuerpo que pasa de una habitación a otra, se ve un jarrón, un pasillo casi imposible, un jardín al fondo, un señor que lee, una muchacha retraída, que entiende “la soledad sin fin que es la hermosura” y que halla “en lo escondido una extraña familia”. No hemos querido molestar. En el atrio de su poesía, por hoy, nos quedamos.

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