sábado, 30 de abril de 2011

IGNACIO CERVANTES



El 29 de abril de 1905, hace ya 106 años, muere en La Habana el compositor y pianista cubano Ignacio Cervantes. En el siglo XX podría decirse que, además de Lecuona, los hermanos José María y Sergio Vitier heredan esa extraña cubanía decimonónica impregnada por Cervantes a la música clásica. Él fue el primero entre nosotros que fusionó los acordes de las composiciones musicales conocidas como "cultas" con la imagen ya cubana que alcanza en la plástica colonial un cuadro como "La siesta" (1888) de Guillermo Collazo. Una paz que nos pertenece, un dolor que ya es nuestro, un canto que nace de la propia desilusión. La belleza que surge del exilio, del dolor, del padecimiento.

Admirado por Rossini, Liszt y Paderewski. Estudió en París de 1866 a 1870. En 1875 Cervantes y el músico José White dejaron Cuba expulsados por el Capitán General de la isla, por haber realizado una serie de conciertos a lo largo del país para recaudar dinero para la causa separatista durante la Guerra de los Diez Años. Exiliado por sus ideas políticas: colaboró con fondos para las luchas independentistas por lo que se vio obligado a marchar a Estados Unidos donde también ofreció conciertos con fines patrióticos. Visitó Madrid.

Escribió la ópera Maledetto (1895), un sinnúmero de sinfonías de cámara, Scherzo Capriccioso (1885), varias zarzuelas y las famosas Danzas Cubanas. Ejerció como conductor de la Compañía Cubana de Opera del Teatro Payret.

Hoy lo escucho y despierta en mí otra vez una tristeza rara, una agonía desde la propia quietud. Un dolor hecho melodía. Del desarraigo, del sufrimiento nacen estas notas, del amor a una Cuba que esta vez en medio de la guerra y la sangre se hizo para siempre canción.



viernes, 29 de abril de 2011

Apuntes sobre la obra poética de Fina García Marruz (I)




Y traspasé, temblando,
la losa, el umbral.


FGM



Releo las notas que en sucesivas vigilias he tomado sobre la poesía de Fina García Marruz, ahora que se celebran sus 88 años de vida y se le otorga el merecido premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Primeros versos (1939-1949)

Quedémonos en el umbral. Porque en la génesis, además del error de juventud, de la poca experiencia, de la frase imprecisa, está el primer destello, el sesgo de luz que anuncia el comienzo de los grandes temas, de las grandes obsesiones líricas de un poeta. Diríase que muchas veces los motivos principales de la poética de un autor están en el verso quizá incompleto o no tan perfecto de la adolescencia. Queda la vida por delante para buscar en la estatura del lenguaje la perfección de la imagen y de las ideas.

Visitemos el zaguán escrito, las columnas sintácticas de la primera habitación que se construye esta mujer con el discurso. Una enramada con la primera luz del día, esperando a que Dios quede en el silencio nombrado, viendo plenitud en el deterioro circundante, u orden nuevo en el caos arquitectónico y social que le rodea. La palabra es para Fina techo y coraza, habitáculo, revelación, epifanía, cosmos, telos.

Estudiosa de Martí, conciliadora de las ideas revolucionarias y cristianas en textos como El amor como energía revolucionaria en José Martí, conocedora y estudiosa de la literatura colonial cubana, ser de una gran sensibilidad para la poesía y el ensayo, dos caras de la creación complementarias y comunicantes en su obra; Fina García Marruz es, hoy mismo, el poeta cubano vivo más importante de un país que se ha conocido históricamente como tierra de poetas.

Dueña del verso y de la prosa poética, polítropa como Odiseo en temas y tonos, García-Marruz va del verso monosilábico a la plenitud de la décima, el alejandrino y el soneto, y desemboca en torrentes continuos de prosa lírica, como se ve en su fabulosa y polifónica “Una oda para Anacreonte”. La noche, el tiempo, la sagrada memoria, el silencio, la plenitud de la pobreza son motivos que encontramos desde sus primeras composiciones. Dialoga con la plástica, el cine, la danza, la música, la poesía, la obra martiana... Su poesía es también un descubrimiento de nuestra América, incluyendo, incluso, el norte continental, va de Teotihuacán a Carolina del Norte, de Arroyo Naranjo a Miami, de Ernesto Che Guevara a Abraham Lincoln.

En Primeros versos, que aparecen recogidos en el apédice de su Obra poética publicada por Letras Cubanas en 2008, vemos que la dedicatoria a su amigo Augusto (por quien conoció a Gastón Baquero) es precisamente un soneto, de ahí que ya esta primera composición, con respecto a lo formal, marca el gusto de la autora por esta forma estrófica cerrada, y en materia de contenido ya señala la memoria y la palabra como complemento del vacío, del olvido, reorganizando el recuerdo, alcanzando la plenitud de lo perdido a través del verbo.

Fina García-Marruz ha dado algunos de los mejores sonetos que se han escrito en lengua española: “Ama la criatura casta y triste”, “Una dulce nevada está cayendo” y “Quiero escribir con el silencio vivo” son ejemplos de ello, composiciones de riesgo formal, de saltos en fabulosos encabalgamientos; poemas que encarnan conceptos como lo exterior, el silencio y la memoria, tan importantes en la cosmovisión de la autora.

En cuanto a lo fragmentario, a la plenitud del recuerdo cercenado, este soneto que sirve como pórtico y dedicatoria, como umbral del umbral, recompone versos dispersos de su amigo Augusto, frases incompletas que la autora rescata con sosiego y devoción del tiempo transcurrido. Evidencia ello la vocación dialógica e intertextual, polifónica y multiculturalista de la autora que atraviesa toda su obra. Fina es, sin dudas, una restauradora (en el sentido plástico) del friso interminable que conforma la memoria, filtra en su voz las voces anteriores y contemporáneas que afectan su sensibilidad y que convergen con su manera de ver el mundo, cura con las palabras lo que habría quedado en el olvido o el vacío, reorganiza y cuelga en un orden insólito, renovado (como en una exposición) los dones del tiempo. El pasado es para Fina más vívido que el presente: “al ayer, no al mañana, el tiempo insiste”.

La escritora realza la ruina, la arquitectura gravitante, y la acomoda sin moverla, la ilumina de modo que parezca (sea) plena otra vez en su imperfección, perfecta en su caída, exacta dentro de un nuevo orden. Funda del caos un cosmos pleno e inesperado, un modo telúrico de presentar lo que ha perdido su estructura genésica, lo abandonado, la destrucción, el incendio, ya sea de su Habana, de Arroyo Naranjo o de los versos de su amigo de colegio.

Ante la palabra perdida, ante el recuerdo, ante la devastación Fina no desespera, tiene la paciencia y la visión del arqueólogo, encuentra el origen en la destrucción, rescata el esplendor arcano. Reconstruye en sus palabras el cuerpo roto de una estatua de Terpsícore o de una casa que solo padecemos, reencontramos en los milagrosos corredores de sus versos.

En el Umbral (1940-1951), que recoge los poemas no incluidos en Las miradas perdidas, también está la noche. Resonancias de "la noche dichosa” de San Juan de la Cruz en su “Nocturno”. Una oscuridad fecunda y genésica, demiúrgica, sólida como un cuerpo. La poeta relaciona la noche con las palabras, la naturaleza con el lenguaje, la vigilia como verso escrito, como literatura de la sombra, como encarnación del secreto sonoro, de lo indecible, del origen:

“Escucha la noche íntegra, los salmos profundos de la noche.
Su tumulto de voces en la espalda, su cuerpo de temeraria roca,”

Y en verdad, no hemos avanzado nada. Habíamos llegado al atardecer, la puerta ha estado entreabierta, no hemos querido siquiera llamar. Quedamos en el umbral, en la entrada; sin embargo, desde aquí algunas visiones de adentro llegan ya, como relámpagos de una luz prometida, como las propias “manos de la luz” que “van recordando/ en la tiniebla ciega, lentamente,/ las praderas azules”; se escuchan frases, algún cuerpo que pasa de una habitación a otra, se ve un jarrón, un pasillo casi imposible, un jardín al fondo, un señor que lee, una muchacha retraída, que entiende “la soledad sin fin que es la hermosura” y que halla “en lo escondido una extraña familia”. No hemos querido molestar. En el atrio de su poesía, por hoy, nos quedamos.

miércoles, 27 de abril de 2011

Como huésped rústico. Rencor y homenaje contra Dulce María Loynaz


En la madrugada del 27 de abril de 1997, hace hoy 14 años, murió en su residencia del Vedado la poetisa cubana Dulce María Loynaz del Castillo. Comencé a leer su obra precisamente el año de su fallecimiento, cuando iniciaba estudios en el IPVCE Federico Engels. Por lo que la vida de su obra en mí se inició con su muerte. En el salón de clases, debajo de la mesa de mi novia, junto a los libros de Biología y Matemática estaba un ejemplar forrado con un papel blanco, su Poesía Completa, en la edición de Letras Cubanas de 1993, la misma que hoy he tomado en préstamo de la Biblioteca de la Universidad Autónoma de Madrid, no ya como joven lector optimista, como el chico de quince años y sandalias lilas asombrado ante el verso húmedo, hermoso, lánguido y diáfano de la cubana hija del General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, desvelado ante aquello de “si dices una palabra más me moriré de tu voz”, o “solo el silencio sugiere”, o “no te nombro, pero estás en mí como la música en la garganta del ruiseñor, aunque no esté cantando”, o “cuando la ola viene impetuosa... ¿la acaricia o la golpea?”, o “las cosas que se mueren no se deben tocar”. Son muchos los buenos y no tan buenos versos que ahora mismo podría recordar, citar de memoria mientras escribo. Pero no he vuelto a este ejemplar, a la edición en que comencé a leer su obra con la misma avidez de mi adolescencia; he regresado incrédulo, como hijo pródigo resentido y no arrepentido, criticón, desagradecido, cuestionador, hasta paródico. Hoy aquello de “¿Y esa luz? - Es tu sombra” me parece tan ridículo que escribir la frase y palparla me ofende en este instante. Soy ingrato, soy un mal hijo, lo sé. Mi ofensa es el mejor homenaje que puedo brindar hoy a la Loynaz.

La obra poética de Dulce María Loynaz ha tenido en mí una extraña influencia. En la escritura, en el amor, en la vida, en la salud. Enfermé cuando leí su novela Jardín, caí en cama con unas fiebres altísimas, inexplicables. Detesté su poesía durante mis primeros años de la universidad porque me hacía daño leerla, recordar sus palabras, regresar a su escritura, había algo cierto en sus rancias cursilerías que me hacían llagas como si sus palabras fuesen trozos de latas almibaradas. La luz, la rosa, la copa con vino, el agua, el guijarro son símbolos que se repiten más de una vez con el mismo sentido, con las mismas imágenes en versiones parafrásticas, que llegan a ser redundantes e innecesarias, que atentan contra su estilo. Ya sabemos que un estilo se forma, en gran parte, por la repetición de determinados motivos e imágenes, pero no por la redundancia de estos. Y Dulce María pierde el límite entre lo uno y lo otro en reiteradas ocasiones.

Su poesía toma cauces extraños en su ámbito espacio-temporal, no muy transitados dentro de la poesía cubana del siglo XX. La languidez y la tristeza en Dulce María se vuelven amaneradas, derivan en ademanes afectados, en frases de un afeminamiento extremo, más pose en el vuelo que gajo enhiesto en la tierra. Sin embargo, en poemas como “La novia de Lázaro”, “Últimos días de una casa” uno aterriza de golpe, descorre los velos, palpa un carácter fecundo y de un hieratismo temible.

Dulce María es como una asignatura que después que ha sido vencida no dan muchas ganas de regresar a ella. Pero que cuando ha sido leída a fondo el lector sabrá a dónde regresar, qué poemas releer, qué voces antologar entre tanto estremecimiento de agua.

Después del olvido al que estuvo sometida su figura y su obra durante más de 30 años, era lógico que el redescubirmiento, la relectura de sus textos desembocasen en una sobrevaloración, en una explosión de estudios, en sobredimensionar su figura y su poesía. Pero en verdad esa no es su culpa, es culpa nuestra. Y esa culpa se traduce en nacionalismo, porque la identidad de un país está también en el error, y el cubano tiende a excederse, a hiperbolizar en vano palabreo lo que ha correspondido solo al silencio. Verbosidad que menciona Varona y que en Lezama alcanza la encarnación más visible dentro de la literatura cubana del siglo XX. Somos ampulosos en la frase, y también, en el caso de Dulce María y otras figuras ensombrecidas por la oficialidad durante décadas, luego queremos, pretendemos, al soltar el muelle apretado contra el piso, reconocer tanto al autor para compensarlo que le damos más de lo que le toca, e incluso, más de lo que él ha pedido. Y Dulce María nunca pidió nada. Amanerada, pero sincera cuando escribe “Muchas cosas me dieron en el mundo: solo es mía la pura soledad”.

En esa proliferación ensayística están los comentarios (lamentables, muy lamentables) sobre la obra de la Loynaz que hizo en vida Aldo Martínez Malo, posiblemente el cubano que menos ha entendido la escritura de Dulce María y, sin embargo, cosa que no podré explicarme nunca a no ser por el cariño y el aprecio personal que ella le tuvo y no por la capacidad intelectual de este, fue el hombre que más cerca estuvo de ella en sus últimos años, y que más acceso tuvo a su obra. Tanto acceso tuvo que algunos amigos admiradores del carácter y la persona de Martínez Malo me han llegado a confesar que entre los poemas de esa colección de textos desechados por la propia autora recogidos en Melancolía de Otoño por el Malo de Martínez (que aparecen en la última edición de su Poesía completa, pero no en la de 1993, cuando la autora estaba viva aún), más de un poema no son precisamente de la cubana, sino del pinareño. Y en verdad los textos recogidos en este pequeño volumen son menores en calidad (en sentido general) que los poemas publicados en vida de la autora. Aquello de “Mañanita que te pierdes por el camino...” es de un mal gusto casi inigualable, de una cursilería que evidencia por qué hasta la propia autora los desechó. ¿O el poema será de Martínez Malo?

El mejor legado que debemos a esta mujer es su convicción inclaudicable, su carácter y su actuar consecuente que ni el silencio o la soledad ni la fama y los premios desvirtuaron nunca. Se mantuvo impasible, agradecida, pero no lisonjera. Admiro a esta mujer cuando escribe:

“Mi esposo, muy conocedor del mundo, cuando ya estaba para morir me dijo que no recibiera a los jóvenes, que ellos venían a verme como a la mona del zoológico. No he olvidado el consejo y procuro seguirlo.”

[...]

“Por lo menos verá Ud. que soy sincera, lo cual es una rareza en los tiempos que corren.”

(Véase: Cartas a Alberto Lauro en http://www.eforyatocha.com/2010/07/dulce-maria-loynaz-cartas-lauro.html)

La voz que narra en Un verano en Tenerife, el rejuego con la metaescritura; la frialdad de Bárbara, la de los ojos de estanque de agua, el tiempo de la memoria y de la maleza interminable de los recuerdos encarnados en su jardín escrito, esa mezcla entre lírica y prosa que arremete contra tanta escuelita provinciana de narradores de los últimos años; la dureza trasgresora y casi blasfema de su inolvidable novia de Lázaro; los momentos ensayísticos y poéticos en que es categórica y proverbial, sin vacilaciones: “Para ti lo infinito o nada”; todo ello es lo que he guardado sin rencor de esta escritora.

Pero a estas alturas Dulce María ha sido demasiado dañina para mí, y eso me hace detestarla, ahí está mi devoción. Cuando algún perdido enamorado de sus poemitas viene a mí, y me comenta, yo me burlo de su cursilísima "Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen", de su afectación cuando escribe “no me des tus rosas frescas, soy grave para rosas, dame el mar”. Porque al conocer su obra puedo buscar sus puntos débiles para desarmar al enamoradito superficial del agua y de la rosa. Los propios comentarios de la autora sobre su carta al joven faraón son superiores a su epístola, ahí está la Dulce María que creo rescatable:

“Sí, yo amo a Tut-Ank-Amen porque tiene el silencio de la muerte, el prestigio de la Muerte. Lo amo porque está muerto… Si lo viera sentarse sobre el último de sus sarcófagos, desatarse sus vendas de momia y salir a limpiarse el polvo de los siglos de las sandalias […] dejaría en el acto de amarlo.”

Los comentarios de Aldo Martínez Malo a este fragmento en el pequeño volumen Cartas de Egipto, publicado por Ediciones Loynaz son de lo más lamentable que he leído. El insigne ensayista e investigador de Pinar del Río afirma que este pasaje evidencia el peculiar sentido de humor que caracterizó siempre a nuestra autora. Irónica sí, ácida, cortante, inaccesible, ¿pero Dulce María humorista? No lo veo. Creo que en este pasaje la poeta habla con toda la seriedad lírica y metafórica que se pueda imaginar un lector competente.

La parte meliflua de su poesía ha sido uno de los males más desoladores que ha atacado a la lírica cubana de los años 90, no siempre con buenos resultados. A la par está la mala lectura y reescritura del estilo lezamiano que se ha confundido con un metaforismo rocambolesco y una tropología hueca que poco agradaría al mismo gordo de Trocadero. Pero no culpemos ni a Lezama ni a la Loynaz de lo que solo corresponde a nuestra responsabilidad. La propia carta dirigida a Tut-Ank-Amen ha tenido una contrarrespuesta de la mano del multipremiado poeta Luis Manuel Pérez Boitel la cual evidencia que puede concebirse una epístola de peor gusto que la escrita por Dulce María.

La trasgresora consecuente de los temas bíblicos y mitológicos, la mujer que hereda el beso frío de Juana Borrero, su Bárbara helada y pálida como la propia muerte, su verbo como látigo inflexible, su novia de invierno, su amante de Lázaro que desordena el milagro con la lógica aplastante de su discurso se oponen a la otra parte más endeble de su escritura, sobrevalorada y repetida en tanta exégesis hueca y en tanto canto a la rosa y al pétalo.

A los catorce años de su muerte es mi rencor personal e intelectual el mejor modo de homenajearla que encuentro. Mi ofensa es válida en tanto la he leído desde mis quince años ininterrumpidamente. Hoy vuelvo a sus poemas, hoy me río de algún verso, hoy me incomoda alguna frase naíf, hoy descubro que debe tanto a Tagore que podría ser acusada de plagio, y algunos de sus textos que me fueron más entrañables me parecen casi intrascendentes, lo cual me hace preguntar si el fallo está en mí como lector o si acaso el tiempo ha vuelto rutinario lo que antes fue descubirmiento. Hay algo cierto: poemas como "Balada del amor tardío" y el número LXXXI de Poemas sin nombre no dejan de desconcertarme desde su propio y evidente melindre, desde un artificio edulcorado y hasta ridículo. Pero en esa afectación hay también sinceridad, en medio de las palabras aparece el frío, y antes que rosas se prefiere la inmensidad del mar. Son tan afeminados estos textos que parecen la voz engolada de un actor travestido. No logro imaginármelos de otro modo cuando los leo.

Nunca antes me había atrevido a escribir siquiera una línea sobre esta mujer, la poetisa cubana que más a fondo he leído. Estas son las retorcidas texturas que nos unen y que nos alejan. De ellas se nutren nuestro diálogo que, como su muerte, suma ya catorce años.

LXXXI


El Señor me ha hospedado en este mundo hecho por sus propias manos. 


Ha puesto un fino aire transparente para que yo pueda respirarlo y ver al mismo tiempo a través de él los hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul. El Señor ha puesto el sol que alumbra mis pasos en el día, y la luz mitigada de las estrellas que vela mi sueño por las noches.



Ha sujetado el mar a mis pies con una cinta de arena y la montaña con una raíz de flor.



El Señor ha soltado, en cambio, los ríos y los pájaros que refrescan y alegran el mundo que me ha dado, y ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos.



Todo esto ha hecho el Señor. Y, sin embargo, yo, como huésped rústico, me muevo con torpeza y con desgano, sigo extrañando vagamente otras cosas… No sé qué intimidad, qué vieja casa mía…

lunes, 25 de abril de 2011

Discurso de Tom Bombadil en una calma tarde de domingo



“Sentándose junto al agua durante horas y horas.”
Tolkien






Algún secreto hay en la transparencia,
una mano que no veo si no persisto
en saltar el ciego monte de mis ojos,
mis sentidos de bestia escurridiza,
espantada por las hojas o el viento.

Después del temblor del agua habrá algún cuerpo,
o un rostro que el aire esculpe con sus palabras sonoras,
gravitantes contra los muros y las ramas.
Alguien tiene que pronunciar esta sintaxis húmeda
que llena el cauce de los ríos.

Y si observo el titilar en la noche,
o la delgadez de una luna
que se encaja silenciosa en la vigilia,
o si escapo de las tumbas y
del engañoso lirio de agua
que absorbe hacia el fondo,
es porque busco el golpe misterioso en lo invisible,
una verdad como un dolmen,
de fina y helada cintura,
de escarcha viva en los ojos.

El chasquido del Tornasauce
guarda en su discurso el mar entero.
Y busco atrapar en su voz violenta,
entre los lirios de agua,
ese manto interminable de voces y juncos
que en un fino cuerpo de alabastro
cabe inexplicablemente.



Ninfa, Hija del Río, Baya de Oro,
cuerpo chispeante de lo oculto,
la mesa está servida,
y en las aguas de tu madre no encontrarás
un amante como yo.
Pon tu mano en la mía
de modo que mi almohada y la noche
se enciendan de una vez y para siempre.

Déjame remar tu cuerpo, apartar el argénteo vestido
de helecho y algas que parlotea con olas
desde tu delgada cintura en que los sauces de la noche y el sol
han guardado los más altos secretos,
las historias que el viento repite en desorden,
en confuso y alargado palabreo.

Déjame encender la noche con tu mano,
decorar mi mesa con la concha rosásea de tus dedos.
Que entre las frutas esté alumbrando
para siempre el pistilo de oro
en tus cabellos, en tus labios,
en la blanca vigilia de tu piel,
en el pez azul de tus uñas.

Déjame golpear, palear la sombra de tu cuello,
que se alarga como un dios oscuro
por el cuerpo interminable de este río.
O cobijar mis sueños, mis simples sueños
bajo el frescor gris de tu mirada,
de tu suave conversación.



Que pueda compartir el blanco pan de las palabras,
el orden que tus gestos dan al ritmo sonoro de las horas,
a la canción dispersa que tus manos reajustan.
Que mis botas amarillas sean más amarillas,
y mi cara tan roja como el crepúsculo,
y la túnica, azul como el agua indescifrable de tus ojos.
Que mi canto sea más canto
si tú enciendes las ventanas de la tarde.

Que la blanca neblina de la noche
y los troncos nudosos de las horas
ardan a tu paso, con las sonoras cañas del silencio.
Que se lime la madera oscura de mis versos con tu risa.

Casa, cuerpo de la luz en que me muestro,
risa y cosquilleo del arroyo,
puertas, ademanes, pálpitos y frutas.
Miel callada sobre el pan.
Contigo soy más dueño, más canto,
contigo el poema anda como un niño
recorriendo las estancias.
Contigo la luz queda,
como un cuerpo que en las sábanas respira
esperando a que en la noche
deposite mis cansados miembros
y mi paso saltarín de todo un día
sobre su agua y
su espejo de misterio.

MADRID Y 24 DE ABRIL DE 2011.


DOLOROSO TAL VEZ


San Juan y Martínez es tierra de gente amante, de seres entrañables, de magia inesperada en las tardes de verano. De allí era María Victoria Mora Morales. Una noche de 1943 viajaba a La Habana, con el corazón deshecho por la pérdida de un amor de juventud. A ella iban dirigidos los versos de uno de los boleros más famosos de todo el mundo, compuesto por un joven de Vueltabajo llamado Pedro Buenaventura Jesús Junco Redondas.

María Victoria también le inspiró canciones como "Soy como soy", "Tu mirar", "Te espero", "Estoy triste", "Cuando hablo contigo" y "Yo te lo dije". El 8 de octubre de 1940, cuando Pedro Junco contaba la edad de 20, aparecieron publicados en el Diario de La Marina unos versos dedicados a los quince años de la sanjuanera, que cautivó al joven desde que la conoció en una fiesta escolar.

A los 23, además de observador y callado, Tito (como llamaban sus amigos a Pedro Junco) tenía un cuerpo trabajado y atlético, pues se dedicaba a hacer ejercicios con determinada frecuencia en la azotea de su casa en la ciudad de Pinar del Río. A pesar de su estupenda condición física, el joven cantante comienza a padecer en 1939 de tuberculosis. Una noche, a las tres de la madrugada, mientras estudiaba, tose un poco de sangre. Era en marzo y principios de abril cuando más daño le hacían las condiciones climatológicas tropicales, período del cambio de invierno a primavera en el clima vertiginoso y cambiante de la isla, tiempo de lluvias inesperadas o de un sol desolador.

Cuatro años después, en 1943, Tito moría por la misma fecha, el 25 de abril, con apenas 23 años cumplidos, a causa de tan terrible enfermedad. Unos días antes había estado haciendo ejercicios en la azotea de su casa y lo sorprendió la lluvia que lo llevó a la cama con altas fiebres y vómitos sanguinolentos.



Su famoso bolero "Nosotros", dedicado a María Victoria, se escuchó por primera vez en febrero de 1943 en la emisora pinareña C.M.A.B. Dos meses después de ese renunciamiento amoroso que lo hizo conocido en el mundo entero, Pedro Junco nos abandonaba y era enterrado en su tierra natal. Nos dejó más de 36 canciones y un poemario de 21 composiciones. Pero fue "Nosotros" su venganza contra lo irremediable y contra la muerte, la canción que estuvo durante dos años en México en el primer lugar del Hit Parade.

María Victoria, en algún lugar de San Juan y Martínez, esta noche tomará el autobús para La Habana, porque de amores y perseverancias, de viajes interminables y dolorosos renunciamientos, de confidencias de amantes, de boleros y tardes de amor siguen sabiendo los jóvenes de Vueltabajo. Hay una alegría sana en el vivir y en la entrega de los pinareños que descubro y recuerdo, porque mis grandes amores pertenecen a aquellas tierras de un verde casi ofensivo y a la vez confortable, porque yo mismo pertenezco a los pinos que la distancia ennoblece, aunque haga tiempo ya que tomé el autobús hacia La Habana tarareando algún verso de una canción, dolorosa tal vez.

A los 68 años de su muerte, escuchemos a este Aquiles del bolero internacional en la voz del cantante puertorriqueño Daniel Santos. "Nosotros" fue su flecha certera contra el olvido y el tiempo:



NOSOTROS
de Pedro Junco

Atiéndeme
quiero decirte algo
que quizás no esperes
doloroso tal vez,
escúchame
que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte
y así lo haré.

Nosotros
que fuimos tan sinceros
que desde que nos vimos
amándonos estamos
nosotros
que del amor hicimos
un sol maravilloso
romance tan divino.

Nosotros
que nos queremos tanto
debemos separarnos
no me preguntes más…
No es falta de cariño,
te quiero con el alma,
te juro que te adoro
y en nombre de este amor
y por tu bien
te digo: “Adiós”.

domingo, 24 de abril de 2011

DESAYUNO EN EMAÚS


PARA EDEISY

Un desayuno con Dios debe de ser así,
imprevisto,
doblado el paño sobre la mañana.
La leche en el fogón, tibia,
como cuando frotas las manos
contra el frío matinal:
un ligero ademán de resistencia.

Y Dios hablando,
suave la conversación,
sus palabras, pan horneado en las primeras horas
para el viajero inesperado.

Afuera el sol, en el atrio.
Dentro la penumbra,
la cocina, lugar santísimo, humildísimo.
Dios limpiando las palabras con el delantal.

Con voz de anciana amable,
lee, comenta.
Respira pleno un sorbo de soledad
durante la visita.

La familia de Dios también ha emigrado.
Escribe cartas.
No me deja limpiar las migajas de mi porción:
Qué me quedará- pregunta- cuando te vayas.
No dice adiós con el abrazo.
Limpia las tazas. Sonríe.
Agrupa los platos sobre el fregadero
y sonríe.

SANDINO, VERANO Y 2009.

viernes, 22 de abril de 2011

OCNOS


a Mairim y a Johnny

Todo arte es completamente inútil
O.Wilde

La vida, en general, no es sino la pérdida constante de toda soberanía
V. Piñera

Una amiga me dice que ha caído en crisis existencial porque siente que lo que estudia, lo que hace no sirve para nada, no tiene un fin utilitario, no produce. En una conferencia su profesora de Teoría Literaria en la Universidad de Humboldt comenzó a hablar sobre el fin de la teoría y se cuestionaba si servía para algo. Al terminar el bachillerato, cuando decidí estudiar Filología una joven recién graduada de la Universidad de La Habana me dijo que para qué iba a estudiar una carrera que no conocía nadie y que no servía para nada. Yo le dije, por instinto más que por convicción, que era lo que me gustaba, y lo iba a estudiar, aunque al pasar el tiempo me arrepintiese de no dedicarme a algo más “provechoso” o más “útil”. Han pasado diez años de aquella decisión y no me he arrepentido, estoy esperando en un rapto utópico de soberbia que el mundo se canse, se arrepienta de producir para consumir de un modo desmesurado.

Ya es proverbial entre mis compañeros de filología clásica la frase que nos dijo hace unas semanas el profesor de papirología: “ESTO ES MUY IMPORTANTE, VAMOS, NO SIRVE PARA NADA”. En una clase sobre la estética artística latina, Isabel Velázquez en la Universidad Complutense de Madrid se cuestionaba por qué siempre algo tiene que poseer una utilidad, un fin económico, una productividad contable, por qué no hacer algo por simple placer, sin pretender nada más que el disfrute, la hedoné. Y para colmo, si uno puede hacer creer a los demás que esa panda de antiguos a los que lee, que esas ideas que estudia son importantes, son legado intangible, ayudan a que seamos mejores seres humanos, y logramos convertirlo en una línea de investigación financiada por el estado, y nos pagan por un proyecto que se le ocurrió a algún académico medio loco, pues hemos logrado horadar ese mecanismo terrible que es la sociedad y el mundo consumista en el que nos movemos.

Le escribía a un ser entreñable hace poco, el pasado 8 de marzo, lo siguiente:

“Ahora voy para la pizzería, trabajo hasta las dos de la mañana, ya sabes, es lo que toca. Estoy cansado, he impartido tres clases y al regresar tú no me esperarás, esa es la verdadera pobreza, no la que teníamos en Regla. La pobreza es un estado de ánimo. La pobreza es la ausencia de lo que uno ama. Recuerdo que un día, con una lucidez inucitada, en una 106, camino a Regla, te dije que éramos pobres, comparados con cualquier habitante de cualquier lugar del mundo éramos muy pobres. Pero ahora soy pobre en verdad porque no te tengo. Y esas dos pobrezas son causadas ambas por los sistemas políticos, lo cual me da cada vez más asco.

Todo lo que emprendo lo hago con ganas y con alegría: vender pizzas, escribir un poema, enseñar latín, alfabetizar, etcétera. Pero a veces siento muchas ganas de abandonarlo casi todo y al menos intentar vivir al margen de todas las exigencias de la sociedad, de la necesidad del dinero, del vestir, de la moda, de todas esas cosas que me alejan, y hacen que uno se dedique a lo que no considera prioritario. Nos vendemos, J, nos vendemos siempre a algo en que no creemos, en Cuba o en España, da igual, terminamos comulgando con algo que no compartimos, que no nos complementa por satisfacer simplemente las necesidades que la propia sociedad nos crea. La ciudad es posiblemente el monstruo más terrible que ha creado el hombre. Nos prostituimos cuando estamos obligados a hacer alguna tarea que no nos hace sentir realizados, ya sea vender queso y leche en polvo en Bahía después de impartir mis clases de literatura griega en la Universidad de La Habana, o vender pizzas en el mismo corazón de la calle Arenal en Madrid. Y a pesar de todo ello, uno siempre aprende, uno pasa por estas experiencias que le hacen crecer inclusive haciendo actividades que no son exactamente aquello a lo que se quisiera dedicar. La interacción con el mundo, con el ser humano es una lectura enriquecedora e infinita, a veces triste. A estas alturas lo que más agradezco es la posibilidad de diálogo, la salida de mi encierro y mi eremitismo, porque si no tuviera la obligación de cumplir con el capitalismo, poco me asomaría al mundo.”



En 1947 en Buenos Aires Virgilio Piñera escribía un texto que tituló "El país del Arte". En él expresa:

"La vida, en general, no es sino la pérdida constante de toda soberanía: dependemos siempre de alguien, algo nos limita y conforma en algo que está fuera de nosotros. Y lo único que puede hacernos soberanos es la medida de nuestra propia existencia, lo que podemos sacar de dentro a afuera y administrar como propio. Ahora bien, el arte sólo es tal en cuanto es el reflejo exacto de nuestro paso sobre la tierra."

Y declaraba Piñera que era necesario, para que el arte fuese genuino, poner "sobre un plano artístico nuestra propia existencia". Yo quiero entender el arte como modo de protesta, de atentado contra el medio agresivo en que nos desarrollamos, contra las exigencias sociales, contra el alquiler del mes. Si nos movemos en un mundo artificial, no podemos permitir que el arte también lo sea; sublimamos, estetizamos el dolor, que es lo único que podemos presentar como completamente nuestro. De adentro hacia afuera. De porcelana, con volutas, de mármol grabado, pero palpitante, vivo, con nervios, con alma. Si estoy obligado a ser yo y mi circunstancia, como nos enseñó Ortega y Gasset, que el arte sea la daga con la que protestamos ante lo cinrcundante. Es mi elección escribir mientras existo sobre temas que poco interesarán a un empresario o a un comerciante, al menos para echar adelante su negocio. Es mi prioridad, es la pobreza que elijo.

Hace poco releía a Cernuda. En el epígrafe de Goethe que introduce el libro Ocnos nos encontramos con un personaje llamado Ocnos que trenza los juncos que el asno se come. Pero el asno se los comerá, aunque Ocnos no los trence. Como la profesora de Teoría Literaria de mi amiga que dudaba sobre cuál era la utilidad de los estudios literarios, en el texto queda como posibilidad remota que al ser trenzados los juncos “sepan mejor, o sean más sustanciosos”. Entonces supe que mi nombre también podía ser Ocnos. Trenzar, eso, estetizar lo efímero en un mundo cambiante y vertiginoso.

Los textos de Cernuda hablan a una segunda persona que bien puede ser un diálogo consigo mismo. El propio andaluz ha dicho que Albanio, el personaje de estos textos es una especie de alter ego que se creó. De modo que muchas vivencias del autor están recreadas en estos poemas en prosa que parecen escritos sobre el cristal sin que la superficie se empañe siquiera, o grabados sobre el agua tranquila de un mar por el que podría caminarse de tan manso que se ve. Se lee cada frase y es como la fina tela de la memoria en los labios, casi imperceptible, suave, “como leve sonido”.

En el texto titulado “El destino”, Cernuda se refiere a esas necesidades que crea la sociedad e impiden que el hombre vea las necesidades esenciales, fundamentales del ser humano y, aunque la mirada es desesperanzada al quitar esos propósitos materiales, en lo personal, yo preferiría verme ante mi destino triste como ente pensante, que seguir respondiendo a exigencias de una sociedad que cada vez está más lejos de lo que busco y priorizo. Por suerte, no soy Ocnos único, hay un grupo de inadaptados que estudian lenguas “muertas”, que leen poesía, que con una actitud cotidiana protestan contra todo consumismo lascerante y que creen fervorosamente en la provechosa y utilísima inutilidad de la creación artística.

EL DESTINO
de Luis Cernuda


Había en el viejo edificio de la universidad, pasado el patio grande, otro más pequeño, tras de cuyos arcos, entre las adelfas y limoneros, susurraba una fuente. El loco bullicio del patio principal, sólo con subir unos escalones y atravesar una galería, se trocaba allá silencio y quietud.


Un atardecer de mayo, tranquilo el edificio todo, porque era ya pasada la hora de las clases y los exámenes estaban cerca, te paseabas por las galerías de aquel patio escondido. No había otro rumor sino el del agua en la fuente, leve y sostenido, al que se sobreponía a veces el trino fugitivo de un bando de golondrinas cruzando el cielo que encuadraban los aleros.



Cuántas cosas no te ha dicho a lo largo de la vida el rumor del agua. Podrías pasarte las horas escuchándola, lo mismo que podrías pasarlas contemplando el fuego. ¡Hermosa hermandad la del agua y la llama! Aquella tarde, el surtidor que se alzaba como una garzota blanca para caer luego deshecho en lágrimas sobre la taza de la fuente, su brotar y anegarse sempiterno, trajo a tu memoria, por una vaga asociación de ideas, el fin de tu estancia en la universidad.



Nunca el pasar de las generaciones parece tan melancólico como al representárselo en algo materialmente, tal en esos viejos edificios de universidades o cuarteles, por los que discurre cada año la juventud nueva, dejando en ellos sus voces, los locos impulsos de la sangre. Recuerdos de juventudes idas llenan su ámbito, y resuenan sus muros en el silencio como la espiral vacía de un caracol marino.



Apoyado en una columna del patio, pensaste en tus días futuros, en la necesidad de escoger una profesión, tú, a quien todas repugnaban igualmente, y sólo deseabas escapar de aquella ciudad y de aquel ambiente letal. Cosas contradictorias eran tu necesidad y tu deseo, atándote a ambos sin solución la pobreza. Mas aquel problema mezquino, ¿qué valor tenía cuando te veías arrastrado en el avanzar incesante del tiempo, ascendiendo con una generación de hombres para caer luego, perdiéndote con ellos en la sombra? Privado de gozo, de placer y de libertad, como tantos otros, comprendiste entonces que acaso la sociedad ha cubierto con falsos problemas materiales los verdaderos problemas del hombre, para evitarle que reconozca la melancolía de su destino o la desesperación de su impotencia.

María perdida en la distante isla del sueño


A pesar de haber sido elogiada por la prensa y la crítica en las primeras décadas del siglo XX, María del Carmen Villar Buceta (21 [¿ó 25?] de abril de 1899- 29 de junio de 1977) sigue siendo una desconocida entre los cubanos. Los que leyeron sus primeros poemas no podían creer que fuese aquella joven la autora de unos versos que parecían salidos de la mano de un autor con mayor madurez. Sin embargo, se ha hecho más énfasis en su labor política y revolucionaria que en su poesía y su literatura, dispersa aún entre periódicos y publicaciones del siglo pasado. Dentro de su escritura destacan la lírica y el periodismo, y en esta última modalidad sobresalió por textos sobre la lucha revolucionaria, o sobre personajes como Rosa Luxemburgo y el novelista ruso Máximo Gorki.

Fue hija de un sevillano y una matancera. Después de recibir la primera enseñanza en su pueblo natal de Matanzas, Corral Falso de Macuriges, su formación fue autodidacta, pues, a causa de la muerte de su madre, tuvo que dedicarse a otras labores. En 1921 se traslada a La Habana. Colaboró en publicaciones como El Fígaro y Orígenes; fue bibliotecaria, redactora, periodista, profesora, conferencista, poeta, comunista.

María Villar Buceta era una de las pocas mujeres que frecuentaban los almuerzos sabáticos del “Grupo Minorista”; con el ascenso de Machado al poder quedó sin trabajo y sus amigos lograron que pudiese trabajar en la Biblioteca Nacional. Sobre la aparición de su cuaderno de poesía Unanimismo en 1927, Helio Orovio ha expresado que “produjo una sensación de cercanía espiritual, no exenta de cierta sorpresa ante una voz nueva, inmersa en lo más profundo de lo cotidiano, extraordinaria en su sencillez, que tocaba las fibras más profundas y eternas del hombre”.

A la par de su obra poética y periodística, llevó a cabo sus actividades revolucionarias durante las décadas del 20 y del 30. Villar Buceta fue entre nosotros una de las pocas mujeres que conjugó las armas y las letras, contemporánea y amiga de Martínez Villena, compartió con él ese misterioso afán unificador de la lucha social y del espíritu lírico. Sus opiniones con respecto a la mujer, a la sociedad, a Cuba eran radicales y pro-comunistas, y tal vez su época así lo pedía, y tal vez su carácter decidido desde su difícil niñez así lo fraguó. Confieso que ante sus ideas revolucionarias me sucede lo que suele ocurrirme cuando conozco a alguien que profesa algún tipo de partidismo, que se posiciona con convicciones fuertes y aparentemente inamovibles: lo admiro y me asusto, me parece a los ojos sorprendente y al mismo tiempo terrible.

Amante de su padre, cuidadosa con su jardín, lectora incansable desde sus primeros años, Villar Buceta refleja en su poesía melancolía, dolor, burla amarga, ironía, perseverancia, giros coloquiales, cotidianidad a través de imágenes que recogen la mejor tradición modernista de nuestras letras. En el número siete de la revista Orígenes, correspondiente al otoño de 1945, aparecieron cuatro sonetos de la poeta matancera. El primero se titula “El faro” y es de tema mitológico. Trata la figura de Jasón enfrentado a un mar de dificultades, perdido en la marea inmensa. Cuando pienso en esta mujer, y en su descripción del héroe mitológico, la veo a ella en sus palabras, en el héroe que pinta, inmersa en en el dolor, pero no vencida; con queja en el costado y con llanto, pero a la espera del faro encendido que la “devuelva a la esperanza”.

Frente a mi escepticismo, quiero colocar este soneto, quiero recordar a esta mujer autodidacta, revolucionaria, luchadora en todos los ámbitos, poeta porque sí, porque le tocaba, como le pudo corresponder un pelo rizo o unos ojos lánguidos, pero seguros. No solo conjugó armas y letras, espíritu revolucionario y soledad lírica, también conjugó comunismo con fe en Dios, alma perseverante que mira a su Creador, irreverente ante el mundo, que, como Ícaro (con quien la poeta se compara en su poemario Unanimismo) se anima y se dice:

Tú, la rebelde, tú, la indómita,
la enamorada de la audacia
y de la fuerza, te detienes
prematuramente cansada.

[…]

Sigue adelante, oh alma ¡Ícaro
no temió al sol!

Como en el caso de Ícaro, quiero leer su soneto “El faro” también como una conversación consigo misma, porque esa impresión da su poesía en más de una oportunidad: que la poeta se desdobla y habla al tú como si fuese ella, y nos habla también, ¿por qué no?, en un plural del TÚ que también la incluye. Nos ve como se ve, nos manda a luchar como se manda también a sí. Ícaro o Jasón, esta mujer no teme ni al mar tormentoso, ni a la escala encendida del aire. Siempre ante situaciones extremas, ante la inmovilidad indecorosa, frente a embates y a soledad, busca el resquicio de luz, el faro de una salvación que pareciera perdida.

Ahora que se cumplen 112 años de su nacimiento, leámosla para pensar, para creer que, a pesar de “otra vez hundirse en el vacío”, vale la pena “abrir los ojos a la vida nueva”. Cuartetos dedicados al dolor y a la zozobra, tercetos de invocación en busca de un norte, de un referente.

Jasón esta vez está solo, sin los argonautas y es una mujer en la distante isla del sueño.

EL FARO

Nuevo Jasón en busca del tesoro
que en su canto le mienten las sirenas,
en gesto audaz rompiendo las cadenas
que a tierra firme ataban su decoro

-anclas levando hacia la costa de oro-
justo Dios, a qué duelo le condenas,
a qué herida, a qué llanto, sin que ajenas
manos le enjuguen el candente lloro!

Viejo faro perdido en la distante
isla del sueño, dulce al navegante
en la zozobra como en la bonanza:

prende, en la angustia de su desamparo,
en lo cimero de tu torre, el claro
fanal que lo devuelva a la esperanza!



PARA LEER MÁS POEMAS DE LA AUTORA, PUEDE DIRIGIRSE A HOJAS DE PRENSA PARA LA HISTORIA DE CUBA

martes, 19 de abril de 2011

A 165 años de la muerte de Zequeira






“Liras templando de cristal sonoro”

Manuel de Zequeira y Arango


La lírica cubana comienza a perfilarse con uno de los poetas más diversos, contradictorios e interesantes de todo el período colonial. Manuel de Zequeira y Arango nació en La Habana el 28 de agosto de 1764 y murió el 19 de abril de 1846. Tuvo una formación clásica y esmerada en el Seminario de San Carlos y desarrolló una carrera militar sobresaliente. Al lado de sus poemas de tono épico, de exaltación a España que reconoce como madre y patria, a la que defendió incluso frente a las fuerzas de Bolívar en 1810, encontramos también versos de un desenfado tal que preludian el uso del disparate en nuestra lírica y son un ejemplo del tan llevado y traído “choteo cubano”. Para entonces ya nuestro poeta era víctima de desvaríos, perdía la razón con facilidad, decía volverse invisible al colocarse sobre la cabeza un sombrero, de modo que con Zequeira también surge un mito quijotesco para nuestra historia literaria, una tensión de conceptos y tonos que perdura incluso en la literatura que se escribe hoy mismo en la isla. Esa fusión cervantina de las armas y las letras perceptible en la obra del cubano por su doble vocación de militar y poeta será continuada luego por José Martí, Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau, además de ser una obsesión que se refleja dentro de su obra. Recuérdese el cañón que aparece convertido en pluma de escribir en “La ronda” de 1808 o de qué modo une plasticidad, ambiente militar, bucolismo y poesía en la oda dedicada a Carlos III escrita en 1803.

La conceptualización misma que da Lezama respecto del “barroco americano” es constatable en la obra lírica de Manuel de Zequeira. El autor de Paradiso asegura que lo que para el europeo es consecutivo, para el americano es simultáneo. Por eso Zequeira lo mismo imita a Góngora y a Quevedo que se deja influir por la poética de Ignacio de Luzán, quien, precisamente toma el estilo gongorino como representación de lo que no se debía hacer en literatura por ser inentendible y sintácticamente complicado. El Neoclasicismo en América no es un estilo de reacción contra el Barroco, pues al no existir en nuestras tierras una tradición literaria anterior, estos estilos se funden y es posible encontrar con facilidad dentro de la poesía del propio Zequeira atisbos del estilo romántico. Los calificativos de “arrebatado y armonioso” que Martí utiliza para definir a Heredia, pueden constatarse también en la lírica del autor de "La ronda".



A través de la poesía, Manuel de Zequieira quiso perpetuar los episodios históricos importantes y apoyar las iniciativas de reformas sociales promovidas desde España por Carlos III, que tuvieron eco en nuestras tierras y apoyo de hombres como Don Luis de las Casas y el obispo Juan José de Espada, para ello utiliza en ocasiones la octava real que es el tipo de estrofa con el que se escribe el poema épico fundador de la literatura cubana, Espejo de paciencia, y la primera obra heroica escrita en tierra americana, La araucana. De ahí que en los primeros años de producción literaria, el poeta cree en la perdurabilidad de la historia y del recuerdo, en la trascendencia y eternidad a través del canto, todo ello en consonancia con sus ideales patrióticos y militares.

La poesía del cubano, sin embargo, transita de lo épico-heroico a lo subjetivo, al tema amoroso, a la incertidumbre. El paulatino escepticismo de Zequeira ante los adelantos técnicos y científicos como la nave de vapor, lo conduce al tipo de poesía más personal y lóbrega. Poemas como “A la paz”, “Contra la guerra”, “A la nave de vapor” muestran el profundo temor del poeta ante las potencialidades del hombre y al triunfo de la razón humana, sobre todo porque el ser humano suele usar sus invenciones técnicas para ir en contra de su propia especie, y esto preocupa mucho a nuestro autor.

A partir de las experiencias no muy positivas que el autor tiene, sus deseos de hacer convivir lo militar con lo artístico, de conjugar paz y cotidianidad se frustran y el poeta cambia de tono, busca la evasión, la sátira, la locura, el disparate, el sufrimiento y cuestiona, se burla, critica lo que antes defendió.

Si en las imitaciones que el autor lleva a cabo se niega a seguir cantando los temas elevados y serios y opta por un tono más humilde; utilizará la estrofa épica española por excelencia (octava real) con la que había cantado en tono majusteoso y altisonante a Cortés, para burlarse de los temas elevados y trascendentes a los que se dedicó en su poesía épico-reformista. En sus “octava jocoserias”, un tipo de poesía que encontramos también en la prensa del siglo XVIII español, se burla y satiriza los modelos literarios a los que había tributado, a la épica, a la bucólica, a todo tema serio, e impone el disparate, el sin sentido, porque su poesía también refleja el desequilibrio mental que sufrió el poeta.



El cubano cuestiona, trasgrede, se burla de todo lo coherente y lógico, de lo serio, de lo trascendente. Distinto el tono de este plectro satírico y disparatado al de aquella lira ya romántica que es para el poeta “dulce en mis soledades compañera/ consoladora de mi pena dura”. Si en la “Batalla naval de Cortés en la laguna” pide a la musa que descienda y le dicte, aquí su plectro, su inspiración está alborotada, se agita, salta enloquecida. Nada le importa sino el sin sentido, el caos, la demencia. La tradición que él mismo había venerado es puesta en tela de juicio, ridiculizada. Realiza un sabotaje a los temas serios y a la tradición con un estilo más suelto y desenfadado y a partir del mismo soporte estructural de poemas de tono sublime como La araucana.

La pluralidad de tonos, temas y formas caracteriza su literatura, y demuestra cómo en su obra se va de lo épico a lo bucólico y subjetivo, de la esperanza y la fe en la razón humana a la frustración y la evasión, de la solemnidad a la sátira y a la burla, de la búsqueda de la fama y la perdurabilidad a lo fugaz y banal de la vida, de la exaltación y el canto a la guerra a la búsqueda de una paz retirada, de la multitud festiva a la soledad, de lo estentóreo al silencio y a la paz del campo, de la lucidez a la locura y el disparate, del canto a Carlos III a creerse descendiente de los borbones cuando enloqueció.

Sobre la trascendencia de su obra, ha escrito Jorge Luis Arcos:

"[…] al comparar la poesía de Zequeira con la de algunos poetas españoles que le habían precedido, o con la de los que le eran contemporáneos, así como con la poesía de otros poetas hispanoamericanos, aquélla no desmerece en calidad, y si por un lado acoge una evidente comunidad estética y temática con la poesía neoclásica predominante, y participa tanto de sus logros más sobresalientes como de sus vicios retóricos más comunes, por otro lado logra expresarse a veces con verdadera originalidad, superando a sus modelos peninsulares y a sus pariguales hispanoamericanos.


Su obra literaria, especialmente su poesía neoclásica, sin desdeñar los valores de su prosa costumbrista, no solo inaugura en Cuba la manifestación de esa corriente literaria, sino que constituye a su vez su expresión más significativa. Si bien el neoclasicismo en Cuba e Hispanoamérica resulta una manifestación posterior respecto al inicio y desarrollo del neoclasicismo español, se desenvolverá no obstante con una mayor intensidad temporal, y sus contenidos expresarán, más allá de los convencionalismos y de la retórica de la poesía española, el dinamismo del ideario reformista de una clase productora y de una intelectualidad de origen criollo que necesitaban expresarse y reconocerse socialmente en la literatura. No es casual entonces que Zequeira encarne también al primer escritor que, en Cuba “escribió sistemáticamente con una conciencia de su misión intElectual y del carácter social de la literatura”, como ha observado Enrique Saínz." [ILL, historia de la literatura cubana I, 2002: 70-71]



Hoy, cuando se cumplen 165 años de la muerte de este intelectual cubano, autor de una de las mejores y más vívidas descripciones de La Habana en su texto “Reloj de La Habana”, quiero recordarlo con estas páginas.

Épico, bucólico, disparatado, loco, trasgresor, solemne, burlón, Zequera sigue siendo una asignatura pendiente dentro de la literatura cubana. Amante de La Habana como pocos, cantor de la Bahía de Matanzas al entrar la nave de vapor a Cuba, sigue convocando a la investigación y a la lectura, nos invita a perdernos por los bordes oscuros de la Bahía de La Habana, a releer y reescribir una de las zonas de la historia literaria más descuidada en la tradición crítica de nuestras letras.



FRAGMENTOS DE RELOJ DE LA HABANA, PUBLICADO EN EL PAPEL PERIÓDICO DE LA HAVANA EL 9 DE AGOSTO DE 1801.

A las siete corren por las calles varios escuadrones de cuadrúpedos conducidos por los africanos para llevarlos a beber: estos instantes son de sumo peligro por la insolencia de los conductores, quienes después de visitar las tabernas, gritan, corren y atropellan todo cuanto se les pone por delante.
[...]
A las nueve va creciendo el rumor por todas partes.[...] las plazas se ocupan con las volantes de alquiler, y los caleseros cometen todo género de desorden; las carretas cruzan libremente por las calles, dejando surcos por donde pasa la inmensa mole de sus ruedas, con lo que hacen irremediable la destrucción de los pisos. […]

A las diez de la mañana [...] si la estación es de lluvias, no puede andarse por las calles sin el riesgo de las salpicaduras de los caleseros, y sin temor de sumergirse en las pocilgas o en las lagunas de cieno que decoran nuestra patria […]



SONETO DE FRANCISCO MORÁN INSPIRADO EN LA LOCURA DEL POETA

EL SOMBRERO DE ZEQUEIRA

para pedro marqués de armas

Por la puerta de ayer de Monserrate
traje las joyas y el manto de la piña,
el reloj de la Habana, la lampiña
fuente de la sed y el disparate.

Traje la pompa y el aire que me abate,
el hedor de la muerte, la rapiña,
los ojos asustados de la niña
por un viejo color de escaparate.

Por la puerta de ayer de la Tenaza
llevé el agua a las quintas, la modorra,
los triunfantes despojos habaneros,

e instalé mi locura en las terrazas,
en la ciudad incesante que se borra
cada vez que me pongo este sombrero.

"ODA A LA PIÑA", CORTOMETRAJE DE LAIMIR FANO DE 2008, QUE PARTE DE LA FAMOSA ODA DE ZEQUEIRA PARA CUESTIONAR Y ANALIZAR LOS ESTEREOTIPOS CUBANOS.



ODA "A LA PIÑA" DE MANUEL DE ZEQUEIERA Y ARANGO

Del seno fértil de la madre Vesta,
en actitud erguida se levanta
la airosa piña de esplendor vestida,
llena de ricas galas.

Desde que nace, liberal Pomona
con la muy verde túnica la ampara,
hasta que Ceres borda su vestido
con estrellas doradas.

Aun antes de existir su augusta madre
el vegetal imperio le prepara,
y por regio blasón la gran diadema
la ciñe de esmeraldas.

Como suele gentil alguna ninfa,
que allá entre sus domésticas resalta,
el pomposo penacho que la cubre
brilla entre frutas varias.

Es su presencia honor de los jardines,
y obelisco rural que se levanta
en el florido templo de Amaltea,
para ilustrar sus aras.

Los olorosos jugos de las flores,
las esencias, los balsamos de Arabia,
y todos los aromas, la Natura
congela en sus entrañas.

A nuestros campos desde el sacro Olimpo,
el copero de Júpiter se lanza,
y con la fruta vuelve que los dioses
para el festín aguardan.



En la empírea mansión fué recibida
con júbilo común, y al despojarla
de su real vestidura, el firmamento
perfumó con el ámbar.

En la sagrada copa la ambrosía
su mérito perdió, con la fragancia
del dulce zumo del sorbete indiano
los númenes se inflaman.

Después que lo libó el divino Orfeo,
al compás de la lira bien templada,
hinchendo con su música el empíreo,
cantó sus alabanzas.

La madre Venus cuando al labio rojo
su néctar aplicó, quedó embriagada
de lúbrico placer y en voz festiva,
a Ganímedes llama.

"La piña, dijo, la fragante piña,
en mis pensiles sea cultivada
por manos de mis ninfas; sí, que corra
su bálsamo en Idalia."

¡Salve, suelo feliz, donde prodiga
madre naturaleza en abundancia
la odorífera planta fumigable!
¡Salve, feliz Habana!

La bella flor en tu región ardiente,
recogiendo odoríferas sustancias,
templa de Cáncer la calor estiva
con las frescas Ananas.



Coronada de flor la primavera,
de rico otoño y las benignas auras
en mil trinados y festivos coros
su mérito proclaman.

Todos los dones, las delicias todas,
que la Natura en sus talleres labra,
en el meloso néctar de la piña
se ven recopiladas.

¡Salve, divino fruto! y con el óleo
de tu esencia mis labios embalsama:
haz que mi musa, de tu elogio digna,
publique tu fragancia.

Así el clemente, el poderoso Jove,
jamás permita que de nube parda
veloz centella que tronando vibre
sobre tu copa caiga.

Así en tu derredor jamás Belona
tiña los campos con la sangre humana,
ni algún tirano asolador derribe
tu trono con su espada.

Así el céfiro blando en tu contorno
jamás se canse de batir sus alas,
de ti apartando el corruptor insecto
y el aquilón que brama.

Y así la aurora con divino aliento
brotando perlas que en su seno cuaja,
conserve tu esplendor, para que seas
la pompa de mi Patria.