sábado, 26 de marzo de 2011

DOMINGOS VACÍOS


A AMALIA, QUE ME ENSEÑÓ LA CERCANÍA ENTRE LA INFANCIA Y LA LOCURA

Atardece un hombre tras las montañas. Amalia sostiene un puñado de días en sus manos, sentada en su sillón sonríe a aquel que se pone en el horizonte, se mece lentamente, no sabe qué hacer con el día que se le escapa del cuerpo y viene a sumar uno más entre sus dedos.

Amalia responde al llamado de la noche y se disfraza de luna para alumbrar a los hombres, inútiles criaturas que transitan sin saber a dónde.

Amanece el hombre a lo lejos y ella recoge los días que dejó sobre la tierra, los aprieta en sus manos y vuelve al sillón, en el portal. Yo pienso en la soledad de su balanceo, en lo inútil del tiempo, en los domingos vacíos...

Amalia me pregunta cuántos jinetes cabalgan en mis bolsillos y alguien le grita loca.

Será difícil que el silencio de esta noche sea interrumpido por los gritos de los hombres... Amalia se está disfrazando de luna mientras, levemente, yo vuelvo a atardecer tras las montañas.

EN CIUDAD SANDINO, AÑO 2000.

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