lunes, 28 de febrero de 2011

Por cinco años






de madrugada

sobre este banco
contra algún muro
a cielo abierto
en la escalera
en un pasillo
bajo la luz
de la patrulla
tristes y azules
en aquel cine
en una pista
contra un cartel
y sus consignas
de patria o muerte

nos desnudamos

miércoles, 16 de febrero de 2011

ANTES DEL ÉXODO. PLAGAS


I

A dónde corre el cuerpo del agua
desangrado
después de Jehová herir el río con la vara
y desinflar sus venas

Una puñalada en los estanques
en los depósitos
hasta en los vasos de piedra o madera

El corazón del agua
ahora es verso en el golpe
ola ensangrentada en tus manos

miércoles, 2 de febrero de 2011

NÁRKISSOS



“mientras intentaba saciar su sed, otra sed fue creciendo dentro de él”

Ovidio

“la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.”

José Lezama Lima




Se puede comenzar por la eufonía onomástica de Narciso en griego, que ya pierde tanto en español: pronúnciese Nárkissos una y otra vez, como conjuro, y podrá entenderse la fascinación que produce el vocablo desde la misma cáscara fónica.

Nárkissos es, como Edipo, un ser que las circunstancias presionan y manipulan. Nárkissos no ama con facilidad, no es sensible a lo que las ninfas sienten por él, y por ello, despechadas, piden contra el bello joven un castigo. Pero la belleza no se desprende de sí misma con liviandad, si no ve en derredor algo comparable a su propia esencia que le permita confiar, al menos de manera instintiva, y entregarse.

A Narciso se le exige que ame, se le castiga por despecho. Por ello, desde su génesis, el narcisismo se relaciona con una incapacidad del entorno de entender la esencia egótica y cósmica de un ser superior que pretende toda la belleza para sí, que busca conjugar lo inmanente, lo trascendente en su propio rostro.



El narcisismo es, en el arte y en la vida, un modo de protesta y una forma de protección. Si nada a tu alrededor puede convencerte, mejor buscar y pretender un convencimiento en tu propia persona, perseguir lo que los demás o desvirtúan o desprecian.

El narcisismo es una trampa necesaria y su dolorosa esencia es enunciada por Ovidio del modo siguiente: “lo que deseo está conmigo: mi propia riqueza me hace pobre”. No es simple egocentrismo. El ente narcisista es superior porque ama la belleza, cincela sobre sí mismo la perfección que persigue, se asume como soporte para sus utopías: “Máscara y río, grifo de los sueños”, como asegura Lezama. Si no encuentra un ser digno de su hallazgo, de sus logros, de su sueño, termina autocontemplándose. Y la autocontemplación es soledad. Es su riesgo. Es su castigo inevitable e inmerecido.

El narcisismo es también una lucha por la trascendencia, por violentar el carácter efímero de la belleza, de lo que amamos, por perpetuar las formas hermosas de poca duración. Es una lucha enconada por la originalidad y la visión propia. Es desestimar cualquier lastre insustancial y estéril en la creación, que es lo que viene a representar la ninfa Eco dentro del mito.



Tal y como lo entiendo, el narcisista es, con mucho, el ser más exigente y perseverante de los conocidos, perfeccionista incansable, el que más exige de sí, el que menos concesiones hace con su personalidad, el más autocrítico, el más consciente y conocedor de sus propias imprecisiones, lo cual convierte su búsqueda arquetípica en acto demiúrgico, creador, especular. Por tanto, todo acto de creación es narcisista.

A Narciso le obsesionan los dos elementos más sagrados de la existencia humana: la belleza y el conocimiento. Su grado incalculable de exigencia hace que termine incomprendido y en soledad frente a su propio cuerpo escrito. Ovidio cuenta que Narciso nace de la violación de Cefiso a Liríope contra las ondas del río, de ahí que el regreso al reflejo de las aguas persigue, en un sentido mucho más profundo del que se ha leído, alcanzar conocimiento de su esencia, de sí mismo, comprender a cabalidad los orígenes.

Yo quiero defender hoy un narcisismo no ensimismado, no egocéntrico, sino prismático, revelador de los misterios de lo que le rodea, elitista, dueño absoluto del tortuoso misterio de las aguas. Un narcisismo que, con “asco celeste”, abarca en su mirada el Universo e intenta descifrar el espejo engañoso por el que caminamos.