jueves, 20 de enero de 2011

EL SUEÑO DE GILGAMESH



La esencia de Anu descendió sobre mí
y abracé al desconocido como si fuera mi esposa;
contra la noche, contra los árboles, contra las bestias de su mirada,
lo abracé, a mi enemigo, y su venganza
volvió en sonrisa, en una ola de estrellas ordenadas.

Madre, vi otro sueño en la confusión.
Uruk es una ciudad rodeada de hachas,
de puñales florecidos bajo los que algunos hombres,
como bestias, se mueven con agilidad, con torpeza,
buscando algo que ni siquiera ellos conocen con exactitud.
Pero este no había nacido de madre sino de un dios.
No creció en las calles de Uruk,
sino que las bestias cuidaron de él en las colinas.
Un hacha es como una mujer que atrae,
y golpea con exactitud sobre el costado
o sobre la flor de un pecho.
Y el desconocido era el hacha de la noche,
con ojos de bestia indomable, de centinela perdido,
con rostro de viajero que ha caminado demasiado
bajo el cielo enemigo de la madrugada.

Levantó la vista y Uruk, la amurallada,
Uruk, la de amplios mercados
tensó sus caminos, sus arterias pobladas,
su festejo interminable.
Levantó la vista y luchó contra sí mismo,
porque toda amistad es un largo enfrentamiento,
porque toda amistad tiene una batalla iniciática.
Luchó contra sí, contra él, contra el otro,
el yo de las colinas y chocaron como bueyes.
Revolcados contra el polvo de la isla,
contra el dintel de la muralla,
contra el muro interminable de Uruk.
Y se besaron.

He tenido, amigo, otro sueño:
mi cabeza, mientras descansaba sobre tus rodillas,
duras y altas como estos cedros,
andaba por páramos silenciosos,
hasta que pude tocar el corazón de la bestia,
hasta que hurgué en el pecho del enemigo,
como quien penetra en un blanco santuario,
y pude ver tu rostro abrirse entre las altas ramas.
Entonces callé, entonces me detuve.
Abriste tu corazón desde el corazón de la bestia y me diste de beber:
como un dios, en medio de los cedros, me diste agua.



¿Era necesario, en verdad, cortar los altos cedros?
Las alas de lapislázuli, el viaje como un velo de novia,
y el dolor de la partida inevitable
como un pino viejo que se viene abajo
carraspeando el vacío.

El recuerdo es una estatua de oro invisible.

Como una esposa perdida,
Gilgamesh salió al campo a llorar la muerte de su amigo,
entre cedros velados, entre verdes y silenciosas novias
se retorcía y por primera vez sintió miedo.
Su elección era la soledad y el destierro,
y avanzó temeroso, con el hacha al hombro,
con la memoria en estela sobre su pecho.

El dolor es la ausencia de fuego matinal.
Pero deja que mis ojos contemplen el sol
para saciarme de luz.
Deja que baje yo a las profundas arcas marinas
y recuerde el duro abdomen sobre el que construí una casa,
sobre el que planté un árbol,
sobre el que juré con amargura.

Como un junco esquivo,
tu cuerpo se volvió golpe de viento,
pájaro de tempestad.
Y una camisa blanca
delató tu condición de forastero.
Uruk es la ciudad que abandonas.
Uruk es la ciudad que no vuelve.
Uruk es el tiempo,
la tiranía que cambias por el camino
hacia los desconocidos ínferos,
hacia los hermosos paisajes de la muerte.
Y tu cuerpo, que yo tocaba
con regocijo en el corazón,
estará lleno de polvo.

¿Has visto? Mi brazo,
como el de un diestro escriba,
surge íntegro y desnudo
entre las densas aguas de la vigilia.
Y estoy solo.

YOANDY CABRERA
MADRID, 20 DE ENERO DE 2011

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