jueves, 29 de diciembre de 2011

Strike 3: un hombre de verdad. Una crónica de Carlos Manuel Álvarez



En el filme argentino Yepeto de Eduardo Calcagno, el profesor de literatura interpretado por Ulises Dumont declara que el fútbol es la épica de nuestro tiempo. Nunca olvidé esa idea con la que no estaba de acuerdo. Siempre detesté el béisbol y todo el escándalo solariego que lo circunda cuando vivía en Cuba. En España detesto el fútbol, principalmente cuando quiero entrar a un bar y sentarme tranquilo y no puedo porque todos gritan como poseídos, bacantes perdidas, todos, sin excepción.

Ha pasado el tiempo y no he olvidado la sentenciosa frase del personaje que, para colmo, era un gran escritor y un curtido conocedor del arte y la literatura. Una vez iba en un auto y escuchaba en la radio a un comentarista deportivo. Habían marcado gol. La forma en que el comentarista narraba, el acento, sus comparaciones, un símil inesperado, la emoción, el modo en que lo vivía y lo iba describiendo me hizo ver en él una especie de poseído, de iniciado, a la manera en que nos presenta Platón al rapsoda en su Ión o de la poesía. 

Entonces pude comprender por qué el profesor decía que el deporte era la épica de nuestro tiempo: tenemos dos bandos (ya sean aqueos vs. troyanos o el Real Madrid vs. el Barça) y un aedo que nos cuenta, que puede ser Homero, un comentarista deportivo o un cronista. En todos ellos hay importantes elementos en común: la capacidad de encarnar en la palabra el entusiasmo (enthusiasmós), y la habilidad de fabular, de recrear, de divinizar e idealizar la realidad.

Nunca he colgado en este blog un artículo de otro sitio. Pero al leer la crónica de Carlos Manuel Álvarez sobre el pítcher cubano Norge Luis Vera he quedado deslumbrado por la sencillez y la exactitud de su discurso. Un  aedo entre nosotros, me dije de inmediato, al percibir su tono pindárico. Y luego seguí viendo los artículos de este joven estudiante de solo 22 años  y me pareció que el periodismo en Cuba tiene un buen futuro garantizado con dos más como él. Un periodismo tan precario y custodiado como el de nuestro país. Ojalá que esa frescura en la palabra y esa exactitud en el decir se contagie y no decaigan cuando se gradúe y sea ubicado en algún centro de prensa nacional. Yo apuesto con esperanza por el porvenir e insto a que lo lean.

Hay devoción, elegancia en el detalle (al modo en que Homero describía la armadura de Áyax o Diomedes), entusiasmo, subjetividad que se agradece, comparaciones que reflejan una sensibilidad poco común en los periodistas deportivos, y una capacidad de relación, de crear interconexiones entre el béisbol, el ballet, el cine, la literatura y las referencias culturales en general, todas filtradas por sus experiencias vividas. Y ya es mucho. 

Yo envidio su verbo diáfano, su certera forma de decir, de definir, de declarar, de nombrar. Por eso me permitiré subrayar las frases que me parecen un logro encomiable, las frases que quiero hacer mías y compartir. Este artículo demuestra que no importa el tema cuando hay una mano que sabe escribir, el tema es una excusa para el que sabe fabular. A mí hasta me está gustando, después de leerlo, el béisbol. Me empiezo a preocupar. Carlos Manuel es el portavoz de la areté del béisbol cubano.

A la fabulación homérica hay que unir la enunciación desde un yo que vive, que se declara enamorado, apasionado de lo que escribe, un yo con momentos de inspiración pindárica. Nos entrega un Norge Luis Vera que se mueve casi como un semidiós en el terreno, uno de sus héroes de la infancia coreografiando, ritualizando el vacío. No obstante, su apasionamiento no llega a ser desmedido, no se pierde en él, le da un toque peculiar a sus atinadas definiciones. Encuentra el equilibrio exacto entre lo dionisíaco y lo apolíneo tanto para su verbo como para su epifánica descripción de Norge Luis Vera. Envidio su concisión, la misma que me hubiera hecho falta para que esta presentación fuese menos larga. Mis palabras son balbuceo. Lo que yo hubiera querido decir ya lo ha dicho Carlos Manuel. 

Aquí va, después de tanta dilación, la crónica.



(Texto e imágenes tomados de Cubadebate)

Strike 3: Un hombre de verdad (+ Fotos)



Cuando Vera lanzaba, yo pensaba que me iba a morir. Era, por si no le bastara el talento, pura belleza.
Salía con sus medias altas y su melancólica elegancia y casi como un ritual preparaba el box, aquel redondel de tierra donde dejaba de ser un pitcher para convertirse en un incesante despliegue de formas. En una demencial acrobacia de luz.
Con los spikes removía el suelo, lo medía. Luego se inclinaba y tomaba la pez rubia o miraba la pizarra o se ajustaba el uniforme, nada de suma importancia, hasta que se acomodaba la gorra y con su mirada imperturbable, una mirada de comerciante persa, se paraba de frente al plato e iniciaba, praxitélicamente, su endiablado windup.
Otros hablarán del Duque. Porque también subía la rodilla a la altura de la visera. Y se contorsionaba. Y a la gente le parecía que después de lanzar, no tendría forma de zafarse del enredo.
Pero el hombre que yo vi fue Norge Luis Vera. Es decir, más o menos lo mismo, aunque a mí siempre me parecerá mejor. Un bailarín del pitcheo. Que es en el beisbol la mayor de las artes. Si uno mira cualquiera de sus fotos, puede que lo confunda con Fred Astaire.
Cuando Vera lanzaba, yo me ponía duro frente al televisor. Su slider congelaba el ambiente. Era como un cuchillo de circo, siempre a la altura de las rodillas. No malgastaba lanzamientos. No intimidaba con su presencia. No gesticulaba más de lo normal. Era un estoico, un tímido, un romántico.
Dos héroes tuve de muchacho. Alexei Maresiev y Vera contra los Orioles. Dos cosas me deslumbraron. La belleza de Milady de Winter y, como ya dije, aquel windup. Dos cosas me sedujeron. La vida de Huck Finn y la mirada dura de comerciante persa.
Llegué a pensar, inocentemente, que Vera me decía algo a través de la pantalla. Pero después supe que no. Que no miraba hacia ningún lugar. Y que sus ojos tristes y su quijotesca ingravidez eran extrañas expresiones de su virtuosismo.
Cómo Vera, a pesar de ser un pitcher ganado por lo reflexivo, un pitcher que llevaba en el rostro la huella indeleble de la sabiduría, lograba ser implacable, es algo que no logro entender. Un pitcher inteligente, muy inteligente, y no por eso menos impetuoso.
Todavía lo veo, así, con el 20 en la espalda, con toda la carga a cuestas, alzando la rodilla, ladeando el rostro, soltando el brazo a tres cuartos, girando las muñecas a favor del tiempo, uno, dos, varios segundos… y la slider cayendo largamente, en un sitio impreciso que no es, pero que bien pudiera ser la eternidad. 

Carlos Manuel Álvarez

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lunes, 26 de diciembre de 2011

Hable con ella (tema para una habanera)



Entre las guías turísticas que le regala el periodista Marco Zuluaga a Benigno Martín está la de Cuba, la última que se menciona en la enumeración que hace el enfermero Benigno cuando ambos salen del hospital. La inmovilidad y la capacidad de la mente de viajar, de inventarse un destino, un sentido lógico es uno de los tópicos que trata el filme "Hable con ella" de Pedro Almodóvar.

Recordaba la cinta más dispersa, menos coherente, sin embargo al repasarla esta madrugada he quedado sorprendido. Es un filme redondo. El ballet, el cine mudo, las referencias a la literatura de viaje son como tragaluces abiertos en la piedra, ékfrasis que dialogan con los dilemas que se presentan en el filme.

Cuando la vi en Cuba tenía cortadas las partes en que se habla sobre la vida en La Habana. Ahora me interesa poner a dialogar el tópico antes mencionado con las referencias a una realidad cubana que sigue siendo la misma hasta hoy y que Almodóvar utiliza como especie de mise en abyme, de puesta en el vacío, nunca mejor dicho, porque de escapar al vacío, al sinsentido va el asunto.

Entre el estado vegetativo de la joven Alicia y la vida de afuera, la posterior encarcelación de Benigno y los viajes que lee en las guías turísticas que escribió su amigo, el accidente de Lydia y la continuidad de la vida hay un factor común: la oposición de estos espacios, de estos referentes es bombardeada por los diferentes intentos de los que siguen conscientes y en vida: Benigno contándole los filmes de cine mudo a Alicia, o describiéndole el último ballet que vio; el torero hablando con Lydia, llorando, esperando por su despertar; Marco desde el exterior de la cárcel haciendo todo lo posible por ayudar a Benigno. Todos creen en el fin del encierro, de la inmovilidad, todos persiguen la vida, aguardan la esperanza de la recuperación del otro al que estiman, ya sea la paciente-amante, el amigo, o la novia.


Como una especie de símil itinerante aparece la isla de Cuba: entre las guías que lee Benigno durante las noches en la cárcel, él se siente identificado con la cubana, aquella mujer apoyada en una ventana frente al malecón como esperando que pase algo, que haya un cambio, inútilmente. "Mi guía favorita es la de La Habana", dice, "y me identifiqué mucho con esa gente que no tiene nada y que se lo inventa todo".


En esa comparación está la síntesis de todas las oposiciones que el filme representa: la búsqueda de la libertad, de un despertar o un desenlace que puede ser plural: el doloroso y lamentable suicidio en el caso de Benigno al ver toda esperanza perdida, la muerte de Lydia, y (por suerte) el despertar de Alicia que poco a poco va recuperándose y que en ese encuentro con Marco al concluir el filme (un cierre de composición anular) da lugar a la esperanza y a la continuidad de la vida, del deseo, del misterio...

Los personajes han tenido su final, doloroso o esperanzador. La cubana no. La habanera, que es el cuerpo nacional, ha quedado congelada en el símil de Almodóvar. Esa imagen permanece en perpetuo desasosiego, esperando aún. Ojalá que su espera no sea inútil, que su fin no sea el de Benigno, quien ha puesto sobre la guía cubana todas las pastillas con las que se ha de suicidar, colocando todas las esperanzas en ese último viaje, definitivo que decide emprender para encontrarse con Alicia, a la que cree muerta.






Ojalá que La Habana, esa muchacha que permanece de codos en el balcón y mirando al horizonte, pueda encontrar el modo de bailar aunque no vea nada, como sucede en el ballet que da inicio al filme. Que no se quede la joven de la isla en estado vegetativo o encerrada o inerte, que aprenda a levantarse y que logre rescatar con paciencia los triglifos y las columnas dóricas que en su ruina la siguen sosteniendo.  


  

domingo, 25 de diciembre de 2011

Parábola de Ícaro en bicicleta


"Quieren pintar como el sol pinta, y caen."
J. Martí

"Dame las alas que formaste sobre el sol"
Alberto Tosca

Anda en su nuevo ciclo por el parque, a través de las aceras más altas que rodean los cuadrantes de arena en que otros niños corren y juegan, suben a los columpios, se deslizan por la canal.

En esa sonrisa por lo nuevo, en su vitalidad y en el pedaleo de su respiración están toda la felicidad y todo el horror, toda la fuerza y toda la vulnerabilidad humana, la potencia y la fragilidad.

Cae sin alas. La madre, asustadiza, se levanta de un pálpito casi a punto de ir hacia él. Desde el suelo, la mira, sonríe y se levanta. Vuelve a la maquinaria del equilibrio. El pie sobre el pedal, un leve salto, el primer empuje, el impulso. Y otra vez andando sobre las gastadas arterias de piedra. Algún día querrá volar.

La sangre no se ve cuando se sonríe, no es importante cuando se quiere llegar más allá de ella. Volverá a caer. Acumulará caídas. Amortiguará algunas, otras no. No bastan las cercas, los cuidados. 

Pedirá alas después de aprender todo equilibrio terrestre. Es un asunto de gravedad. Y en la gravedad está nuestro temor más cotidiano. Algunos no llegan a superarlo, no comprenden que en la caída también se funda, que en la caída también se vence, que el golpe es también hallazgo. 

Él querrá tocar el sol, corregirlo.



    

jueves, 22 de diciembre de 2011

La sombra de tu cuerpo se demora



"El ídolo de las Cícladas" y "Las Ménades" de Julio Cortázar son dos textos narrativos en que determinado carácter sagrado, sobrenatural, sobrecogedor, mistérico, iniciático y hasta terrorífico del mito griego llega y se inserta en la mejor narrativa latinoamericana del siglo XX. 

Recuerdo también haber leído en mis tiempos de estudiante los versos que el argentino escribió sobre Cnossos en su libro Salvo el crepúsculo. Su poesía casi siempre me parecía el ejercicio en verso de un narrador, pero a veces, entre un prosaísmo y una sinceridad visceral y cotidiana, Cortázar alcanza un lirismo que se agradece y que conmueve por diversas razones. Ejemplo de ello son "Encargo", "Resumen en otoño" y "Después de las fiestas", resultados sólidos de un ejercicio poético encomiable, si pensamos que este hombre tenía alma y estrategia de narrador nato.

Semejante al entorno doméstico e íntimo de "Después de las fiestas", a la eternidad de lo perdido, del amor que permanece incluso después de haberse marchado, es el poema que hoy quiero compartir. En la escritura del mismo debió influir en Cortázar el haber traducido la novela Memorias de Adriano de Margarite Yurcenar. La labor traductológica dejó una especie de esencia lírica que se respira y se prolonga en estos versos cortazarianos.

El poema se titula "Adriano a Antínoo", y es un soneto con rima y metro irregulares. Sin embargo, influenciado por el lirismo diáfano de Yurcenar, Cortázar nos regala imágenes y descripciones poco frecuentes en su poesía. Adriano, desde el lecho, en el aire, en el paisaje reconoce la dolorosa prolongación del cuerpo ausente.

Como la sombra del joven que irrumpe irremediablemente en el primer verso, Antínoo, su muerte, su pérdida se desplaza desde el dolor de Adriano estilizado en el mármol, vuelto pálpito de la belleza en la piedra, a la ficcionalización de Yurcenar. La autora habla desde un Adriano narrador y envejecido que escribe sus memorias y recuerda, repasa su vida. Luego Cortázar traduce (que es otra forma de crear, de vivir, de encarnar) la novela de la autora francesa. Y termina escribiendo este soneto todavía sometido a la voz del Adriano narrador.

El emperador romano habla a su amante muerto, y, como leemos en "Después de las fiestas", parece decir al joven de Bitinia de una forma menos coloquial y más elaborada: "eras más que el tiempo". Todavía hoy, al leer estos versos, "la sombra de [s]u cuerpo se demora":

ADRIANO A ANTÍNOO

La sombra de tu cuerpo se demora,
eco fragante, centro de este lecho
donde mi amor te abrió la voz y el pecho
buscando el balbuceo de otra aurora.

No te olvidan las sábanas, añora su
lino el rubio juego, tu deshecho pelo
de espigas, el ardido trecho donde
la flor de la delicia mora.

Bajo un silencio de topacio, el río
de nuestra doble fuga arde su espuma
cada vez que mi mano se reposa

en este lecho donde fuiste mío.
Tu queja vuelve sobre tanta pluma
como tu sangre desde tanta rosa.

Julio Cortázar

domingo, 18 de diciembre de 2011

PANDÉMICA Y CELESTE




"Tengo para mí que la belleza  es una sensación 
física, algo que sentimos con todo el cuerpo."

Jorge Luis  Borges

Jaime Gil de Biedma (1929-1990) comienza su texto "Pandémica y celeste" con un epígrafe de Cayo Valerio Catulo, el escritor neotérico latino; la cita trata sobre el eterno amor del autor antiguo hacia Lesbia, el cual dice que es como las innumerables arenas o como las muchas e incontables estrellas que miran desde el cielo los furtivos amores de los hombres, cuando calla la noche.

A partir de lo terrenal, de un tono coloquial a veces, el sujeto lírico recrea, desde una mirada contemporánea, los conceptos platónicos de las Venus pandémica y celeste, expuestas en El Banquete según Pausanias

De acuerdo al poema, no hay elevación del alma sin caricia física, la belleza terrenal y palpable, el roce y el goce mundano permiten vislumbrar el Uno, el logos, la esencia, la idea primigenia, el amor como instancia superior, celestial. Nos es dado solo el deseo por lo trascendente y el ademán desesperado y desmedido de al menos arañar la belleza.

La conclusión del yo poemático es la siguiente: mientras más se ame, se rocen dos cuerpos deseosos (sean extraños o conocidos amantes, recién llegados o jóvenes en la ciudad de paso, el amor de un día o el de toda la vida) más nos podremos acercar al Uno. Cada intento es la posibilidad irrepetible y potencial de alcanzar la belleza, aunque sea en ráfagas. Solo el recuerdo de esos golpes de luz nos quedarán en la vejez.

En pocas palabras: mientras más relaciones amorosas (pandémicas) se tenga, más posibilidades habrá de vislumbrar el cielo (lo celeste). De lo diverso a lo uno. No hay cielo sin tierra, logos sin physis, arriba sin abajo, estrellas sin arena. Conjunción de lo estético, lo voluptuoso y lo trascendente. Hay algo de orgásmico en lo estético. La mente no se eleva si la mano no toca. Todo esto parece decirnos el autor. Comprobadlo:    






quam magnus numerus Libyssae arenae
[...]
aut quam sidera multa, cum tacet nox,
furtiuos hominum uident amores.

CATULO, VII


Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento igual
deslumbramiento que a los veinte años!

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes haber
hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una
imagen rota,
de la langueur goutée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semanalas
experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.
Su juventud, la mía,
-música de mi fondo--
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.

JAIME GIL DE BIEDMA

martes, 13 de diciembre de 2011

Hipotenusas sobre la yerba



A la Iglesia Misión Mundial en Sandino

"Podemos hablar de la memoria de los sueños."

"A cada hombre  le está dado, con el sueño,
una pequeña eternidad personal."

Jorge Luis Borges

"Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños."

W. Shakespeare



Hay algunos caminos que, de recorrerlos tanto en la vida, en la corta vida que nos es dada, quedan como tatuados en la memoria, una especie de secuencia cinematográfica más vívida que otras, lo que demuestra de algún modo que en la repetición, en la relectura, en el ejercicio rutinario está algunas veces el método más factible para el buen aprendizaje.

De esos trayectos aprendidos a golpe de andarlos tantas veces, ahora recuerdo tres. El que llevaba de mi casa a la iglesia, el que conducía de mi casa a la secundaria y el camino desde el Cementerio de Regla (donde me dejaba el autobús al regresar de impartir mis clases en la Universidad) hasta la casa en que viví y fui feliz (muy feliz) durante tres años en Rafaelli, a unas cuadras de la bahía reglana.

Nótese, además, que esos caminos bien aprendidos, que podemos casi palpar en el recuerdo, cerrar los ojos y recorrer con determinada facilidad, tienen que ver con ciertas aspiraciones, con algunas metas logradas, con nuestra formación, con las prioridades y los propósitos que nos trazamos (o que nos imponen) en distintos momentos de nuestra vida.

En mi caso, el primero de estos tres que recuerdo (el de la iglesia) tiene que ver con mi formación teológica y mi crecimiento en todos los sentidos, pues en la iglesia crecí, dialogué, viví desde los 9 años de edad. Ir de mi casa al templo era un trayecto de refracción, especular. La iglesia fue mi casa. A ella debo mi iniciación en el culto a la lectura, en el conocimiento de los misterios de la palabra, del logos, en la disciplina del estudio; debo mis primeros y mejores amigos, el conocer gente maravillosa con la que todavía hoy cuento de modo incondicional, estén en el lugar que estén.

Parte superior derecha: zona en la que vivía en Sandino, Pinar del Río
Al frente de mi edificio se ve una frondosa ceiba


El segundo trayecto tiene que ver con mi primera formación educacional en un país socialista, dentro de las que se llamaron “escuelas en el campo” (ESBEC): más de dos kilómetros que caminamos juntos durante tres años en las mañanas por un terraplén donde aparecían con determinada frecuencia algunas hileras de eucaliptos, el primer sol indeciso de la mañana; íbamos como ovejitas uniformadas, en medio de una angustiosa nube de polvo, por una sabana fría e inhóspita, por el atajo, especie de hipotenusa trazada entre las calles-catetos. Y luego en la tarde, el camino de regreso a casa y las noches de apagón en que hacía mis deberes bajo la luz de una lámpara que mi madre improvisaba con un tubo de pasta dental y un poco de luz brillante (petróleo) en una botella o bote de cristal (conocida como "chismosa").

El tercero, el de Regla, era una pendiente que subía en las mañanas y que bajaba en las noches, por la calle Maceo, doblando en La Piedra y entrando luego por Rafaelli 9; esta última, una calle de una sola cuadra, amurallada por la parte que da al mar.

Los tres trayectos tienen como factor común la casa donde vivía. Los tres están relacionadas con el aprendizaje y la enseñanza, dentro de la que he pasado gran parte de mi vida. En la iglesia y la escuela recibí contenidos, aprendí. En el caso del camino de Regla hacia el autobús en las mañanas para ir a la Universidad, ya en ese tiempo como profesor universitario, enseñaba, compartía un poco de lo que había estudiado y de lo que seguía investigando.

Cuando llegué a Madrid, soñé insistentemente y de forma reiterada que iba bajando la calle Maceo de Regla, me detenía en mi sueño en los hemistíquios asfálticos, arquitectónicos y hasta ferroviales que mejor recuerdo: el portal en que compraba algo de comer antes de bajar la pendiente; la línea del tren por la que casi nunca pasaba un tren, a no ser uno alguna extraña tarde u otro casi fantasmagórico que interrumpía alguna vigilia en la noche prolongada de la isla; la casa de madera colonial, casi cayéndose, que hacía esquina; el CUPET, un poco más adelante, en el que podía comprar con CUC aceite, jugos naturales y perritos calientes...

Edificio en Sandino, Pinar del Río, donde
viví durante mi niñez y adolescencia


Pero anoche he señado, con una nitidez sorprendente, con el camino hacia la iglesia cuando era niño y vivía en Sandino: la blanca puerta de mi casa, el color oscuro de la llave (color del tiempo), el escalón roto al salir de mi edificio, el trillo pitagórico (en forma de hipotenusa irregular que rectifica las molestas exactitudes geométricas urbanísticas) que acortaba el camino y seguía por el asfalto, el abrupto final de esta acera que en un poste y después de un arbusto se cortaba, desaparecía...

Luego cruzaba la calle, hacía entonces un bojeo al Palacio de Pioneros, pasaba por casa de Yaniesky (por la entrada del Paladar de Tony), seguía recto hasta la cañada, iba hacia los “cuatro plantas”, miraba las ventanas de casa de Mariolys para saber si estaba aún allí. Luego las canchas, cuidado, que ahí, desde hace poco, hay un hueco que no se ve por la oscuridad. Al frente, la casa de Triana, su abuelo sentado en el portal aprovechando el poco fresco de la tarde. Seguía por el Centro Escolar donde estudié de pequeño, bordeándolo hasta doblar, pasaba por frente de casa de Mabel, cruzaba una calle, seguía por frente de la sede de la Unión de Jóvenes Comunistas del municipio; luego otra hipotenusa sobre la yerba, un trillito de losas y ya, al acercarme, se siente la música, la voz del pastor, Narcisa dando un testimonio, el pandero, Reimel en el piano, alguien que se da la vuelta desde los primeros bancos, me mira, sonríe y me llama para que me siente a su lado...

Al centro, en la parte inferior, mi edificio.
¿Veis la pequeña hipotenusa en la esquina inferior del edificio?

domingo, 11 de diciembre de 2011

Heredia y Delacroix: la Grecia decimonónica como factor común

"Grecia muriendo en las ruinas de Missolonghi"
de Eugène Delacroix


Desde Cuba, José María Heredia y Joaquín Lorenzo Luaces, en la década del veinte del siglo diecinueve, levantaban su voz lírica ante las noticias de la guerra de liberación griega contra los otomanos. Después de tres siglos bajo el yugo imperial turco, la lucha por la independencia griega iniciada en 1821 se convirtió en modelo de inspiración y en causa común para los filohelenos europeos y americanos. El rey alemán Luis I de Baviera declaraba algo que sería bueno recordar ante la situación actual de una Europa que a ratos parece querer culpar al pueblo balcánico de los males y la crisis que en el presente azota al mundo: "Europa tiene una deuda enorme con Grecia [...], les debemos las Artes y las Ciencias." Los simpatizantes se reunieron en todo el mundo creando organizaciones para financiar ayuda y comprar armas para la causa. Esperemos que hoy, ante una situación difícil para ese país, la comunidad europea e internacional responda del mismo modo que lo hizo, espontáneamente, en el siglo diecinueve.

En el año 1822 se declaraba la independencia griega desde las gradas y la orchestra de Epidauros, aunque la lucha continuó unos cuantos años más, y fue con los enfrentamientos franceses y rusos frente a los turcos que terminó el conflicto. En materia de creación artística, quisiera destacar tres obras que tienen que ver con uno de los momentos más dramáticos y violentos de la guerra greco-turca. Me refiero a la batalla de Missolonghi que está recreada en "Grecia en las ruinas de Missolonghi" de Delacroix como homenaje a Lord Byron y que inspiró las estrofas del cubano Joaquín Lorenzo Luaces de "La caída de Missolonghi" en las que enmascara las ansias de libertad para la isla caribeña. El otro texto que quisiera hacer resaltar es el poema de José María Heredia dedicado a la insurrección griega de 1821.

La Grecia personificada de Delacroix, además de tener un perfil clásico y de acumular toda la luz, todo el blanco para sí en el centro del cuadro, tiene las manos abiertas, parecería indefensa, pero también dispuesta a la ofensiva, al esfuerzo, al sacrificio. En genuflexión sobre sus propias ruinas, sobre los cadáveres de sus hijos, con el pecho semidesnudo como otra heroína trágica (una Hécuba al suplicar a Héctor o una Yocasta ante sus hijos a punto de enfrentarse), al mismo tiempo parece desajustada y felina, indefensa, pero no vencida, sorprendida, pero alerta a cualquier ataque. Al fondo del cuadro se ve la figura de un turco armado en medio de una oscuridad acosante que contrasta con la luz de la figura de Grecia que con sus manos abiertas se mueve entre el dolor y la vigilancia. 

Cuando estalla la guerra de independencia griega, José María Heredia escribe un texto inspirado en la lucha helénica titulado "Al alzamiento de los griegos contra los turcos en 1821". La relación entre la descripción en el inicio del texto de Heredia y el lienzo de Delacroix es evidente: ambos se refieren a la ambivalencia de la situación de los griegos entre el desarme, la indefensión y la desnudez griega frente a un temible tirano y, al mismo tiempo, la valentía de enfrentarlos; ambos reflejan el contraste entre la destrucción y las ruinas y, por otra parte, la resistencia y heroicidad de anteponer el pecho desnudo contra el enemigo superior en armas y en número. Así comienza Heredia su poema:

Jamás puede un tirano
la cadena cargar á un pueblo fuerte,
que enfurecido se alza, lidia, y triunfa,
o sufre noble y envidiable muerte.
Pueblos famosos de la antigua Grecia,
vosotros lo decís: en el delirio
de su inmenso poder Darío se lanza,
y hordas y hordas sin número de esclavos
corren ciegas en pos: estremecida 
calla la tierra, y en silencio mudo
el yugo aguarda en desaliento hundida.

Pero Atenas y Esparta alzan la frente,
y con pechos impávidos resisten
aquel tremendo asolador torrente
que en ellas quiebra su ímpetu sañudo.
[...]

Heredia crea una analogía, a partir de las condiciones que hemos comentado antes, entre la Grecia decimonónica que se enfrenta contra los turcos y la Grecia del siglo V que lucha contra el imperio persa durante las guerras médicas. Este Darío que desde el tiempo presente "se lanza" nos hace entender desde el principio que para el poeta la conjunción temporal es importantísima, de ahí que persigue con su texto reunir a los hombres del pasado, el presente y el futuro a través de la poesía y a favor de la causa de la independencia griega. 

Al mismo tiempo también le recrimina al pueblo griego que haya podido librarse del yugo imperial en la antigüedad y que no haya impedido volver a caer bajo otro tirano; intenta hacerlos reaccionar y les recuerda los triunfos y las batallas librados en los tiempos de Leónidas y Esquilo.

El poema de Heredia es una puesta en batalla, una invocación que aúna a los espectros de los héroes antiguos que se suman al fragor de la guerra, a los dioses que se remueven y palpitan en el mármol clásico y fragmentario, unidos a los helenos contemporáneos en el enfrentamiento contra el cruel régimen musulmán; a ello súmese los buenos hombres de Europa y de América, los enemigos de toda tiranía, contra la que se pronuncia Heredia, y hasta los hijos de los que viven estos momentos convulsos que escucharán de sus mayores la historia de la guerra, la valentía del momento, el milagro de la victoria frente a un enemigo superior y tiránico.

El poeta cubano va de la descripción al movimiento, de la ékfrasis a la épica, sus estrofas crecen, se entretejen como las escuadras de un ejército. Si comienza despertando a vivos y muertos, a la historia y al porvenir, a dioses y hombres, a europeos y a americanos a favor de la causa griega, termina hablando desde sí mismo, desde un yo lírico que se siente desfallecer:  Heredia se descubre, como Grecia, usando sus últimas fuerzas, sus últimos trazos, agotado, sufriente, casi vencido, pero seguro de la victoria de Grecia y de sus palabras:

[...]

Ay! mis ojos ¡oh Grecia vengadora!
tu gloria no verán: enfurecida
la dolencia mortal que me devora,
seca ya en mí las fuentes de la vida,
y me agovia (sic) cruel. La muerte fiera,
de mi edad en la dulce primavera,
cual flor por el arado atropellada,
vá á despeñarme en la región sombría
del sepulcro fatal. ¡Oh lira mía!
Estos serán los últimos acentos
que haga salir de ti mi débil mano.
Pero el hado tirano 
no heló mi fantasía,
y en su fogoso vuelo arrebatado
yo á los siglos futuros me transporto,
vivo en el porvenir. Como un espectro,
del sepulcro en el borde suspendido,
dirijo al cielo mis postreros votos
por que triunfes ¡oh Grecia! y ya te miro
lanzar á tus tiranos indignada,
y á la alma libertad servir de templo,
y al mundo escucho que gozoso aplaude
victoria tal y tan glorioso ejemplo.
    
Aunque el punto de partida es el tiempo de Leónidas y la hazaña escalofriante de Las Termópilas, el sujeto lírico herediano termina palpando el futuro, prediciendo el porvenir; como un moribundo homérico que entrevé en los últimos instantes de aliento vital lo que ha de suceder en un futuro cercano, el yo poemático revela el triunfo de Grecia, pero dice que no podrá verlo con sus propios ojos. Sin embargo, Heredia murió en 1839, por lo que sí pudo ver y conocer el triunfo heleno de 1832. Sus versos me hacen recordar a otro poeta romántico que sí murió precisamente en Missolonghi en 1824, que dio sus últimos esfuerzos en la guerra griega. 

A ratos me parece que es Lord Byron quien habla desde los versos de Heredia, más si sabemos que el poema del escritor cubano fue publicado en 1823, el mismo año en que el poeta inglés es nombrado miembro del comité de Londres por la Independencia de Grecia para morir pocos meses después en suelo heleno. A Lord Byron precisamente dedica Delacroix sus obras relacionadas con Missolonghi, y a Lord Byron nos recuerda Heredia en esa voz moribunda, romántica, enferma que no verá la victoria de los griegos, pero que a ella entrega aliento y sangre.



"Byron en su lecho de muerte", lienzo al óleo, 166 x 234,5 cm,
realizado por Joseph-Denis Odevaere en 1826, Groeninge Museum,
Brujas

sábado, 10 de diciembre de 2011

La diosa de la Victoria


Fotografía de Gabriel Dávalos
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=222921021113331&set=pt.139176229487811&type=1&theater



El fotógrafo y periodista cubano de Canal Habana Gabriel Dávalos, de una notable sensibilidad y talento artísticos, tiene en Facebook un perfil profesional desde el que he podido acceder a algunas de sus obras relacionadas con el mundo del ballet que forman parte de la serie Perfiles de Bailarines Cubanos que él dirige.

Bailarines cubanos de condiciones excepcionales como  Osiel Gouneo y Amaya Rodríguez aparecen haciendo difíciles giros y saltos, teniendo casi siempre de fondo algún espacio habanero. La conjunción entre el arte y lo cotidiano, entre escena y ciudad, entre las zapatillas y el asfalto, entre el lirismo de la imagen y el entorno sobresalen en estos trabajos.

Dávalos va desde el reto de encuadrar y eternizar el salto irreverente, trasgresor, desafiante del bailarín; o de presentar a los danzantes en poses de relajamiento, fuera ya de la tensa postura estética del ballet (y aún así quedan como seres gravitantes, elegidos, en transición hacia lo eterno); hasta volverlos demiurgos, ángeles de la guarda, órdenes en la luz del caos.   

En este caso la elegida es Dayessi Torriente Llanes, que actualmente es solista del Ballet Nacional de Cuba y que en otra ocasión ha posado para el fotógrafo en puntas apoyada en el malecón habanero. Pero lo que me ha hecho pasar de la contemplación a la escritura esta vez es que en la foto tomada a Dayessi se recrea una de las obras y de las figuras míticas de la antigüedad más conocidas: la diosa de la Victoria, que en griego se llama Niké y que es la génesis del nombre de la marca “nike”.

Esta diosa, como mismo aparece la bailarina cubana, solía ser puesta y esculpida en la proa de algunos barcos, especie de guía ante el mar inmenso, como amuleto ante las tempestades. Sin embargo, la pose de la bailarina es totalmente casual, así lo leemos en uno de los comentarios del fotógrafo en FB:

Gabriel Davalos -fotógrafo-: ‎Grettel Morejón Grueiro, la idea fue colectiva, la verdad... mientras Ely Regina Hernandez Numa terminaba de maquillar a las otras nenas, le dije a Dayessi Torriente Llanes que se trepara a la punta para hacer unas fotos. Ella solita comenzó a colocarse en esa pose; yo a buscar desde donde haría la foto; alguien, desde el bote-camerino, gritó, súbete a un barco y hazla navegando... en fin¡¡¡ trabajo en equipo¡¡¡
25 de noviembre a las 21:46 · Me gusta

De este trabajo en equipo, del azar concurrente (como lo llamó Lezama) Dayessi en su foto recuerda también a María Sallé al usar por primera vez túnica griega en lugar del incómodo miriñaque para danzar, dialoga con la Niké de Samotracia que reproduce entre sus pliegues el misterio marmóreo del viento, recuerda a la niña vestida de rojo en la Lista de Schindler, en contraste con el blanco y negro de la escena fílmica.

Dávalos gusta de las imágenes en blanco y negro, aunque también tiene trabajos a color con otros bailarines. En este caso, aunque el entorno y la figura misma de la bailarina están en blanco y negro, el vestido es de un rojo intenso, que parte ajustado desde su cuerpo y se prolonga hacia el aire. En esa tela púrpura detenida, en el desafío de la mirada, en el cuerpo de Dayessi erguido, como nueva Niké desafiando el mar, está el logro del fotógrafo en esta ocasión.

Ante el gris de las aguas, frente a un medio en que el blanco es metáfora de la tristeza y la monotonía, Dayessi surge pujante, aguda, violenta y victoriosa. Más que de la Victoria, es la diosa de la Esperanza, pero una esperanza que empuja hacia adelante, que lucha, que persevera. La madera sucia, los andenes, las barandas parten y regresan de la figura femenina que es el punto de fuga. Entre el agua oscura que planea en la parte inferior, los árboles grises arriba en la sombra y el blanco que se repite al centro de barco en barco anclados en la orilla, todo el movimiento, toda la vida, toda la atención la tiene la apoteosis de esta Niké, apretando sus brazos y sus puntas y lanzando la mirada y el pecho erguido hacia el horizonte, hacia la luz.

También en Facebook, en una foto del muro del bailarín cubano Yasser Serafín, escribí hace unos meses que “si uno sabe saltar bien puede poseer mucho: desde el hotel Habana Libre hasta el mismo Capitolio de La Habana.” Aquella foto me demostraba que La Habana tiene aún modos insólitos e insospechados de sorprender. Con la obra de Gabriel Dávalos lo confirmo al sentir el sobresalto que el arte genuino provoca.

Yasser Serafín Castro, solista del BNC

ELECTRA EN LA NIEBLA



Abro la ventana y parece estar tan cerca, al alcance. Como un verso que despierta en la memoria. La niebla es como un verso que volvemos a recordar, que nos nombra, que nombramos. Así, al ver la niebla extenderse por la avenida, al ver las luces insinuantes como hielo de luz, he recordado este poema de Gabriela Mistral, donde la premio Nobel chilena asume, desde el yo lírico, la voz de Electra, la heroína griega. El sujeto poemático mistraliano pasa de su acostumbrado sentimiento maternal a ser la hija asesina, transformada por la niebla en niebla misma, que es espejo que transforma y transfigura.

Las sílabas vuelven en la noche, las sílabas del nombre progenitor y odiado, más vivo que el cuerpo de la madre que yace muerta. La niebla, como la leche vuelta sangre, como un relieve en el recuerdo de las palabras, permanece, se extiende, persiste. La niebla es la memoria del crimen, la mano vengadora eternizada, las Erinias insaciables y acosantes. Electra está sola, perdida en la niebla, en sus propias palabras, en el nombre de sal y humo que es ahora la madre en sus ojos. Todo se confunde en la "niebla amoratada": hija y madre, asesina y muerta, el mutismo fraternal, su nombre, las palabras. En la soledad todo es "befa de la niebla que vuela sin sentido", y nada más.



ELECTRA EN LA NIEBLA (1)

En la niebla marina voy perdida,
yo, Electra, tanteando mis vestidos
y el rostro que en horas fui mudada.
Ahora sólo soy la que ha matado.
Será tal vez a causa de la niebla
que así me nombro por reconocerme.

Quise ver muerto al que mató y lo he visto
o no fue él lo que vi, que fue la Muerte.
Ya no me importa lo que me importaba.
Ya ella no respira el mar Egeo.
Ya está más muda que piedra rodada. (2)
Ya no hace el bien ni el mal. Está sin obras.
Ni me nombra ni me ama ni me odia.
Era mi madre, y yo era su leche,
nada más que su leche vuelta sangre.
Sólo su leche y su perfil,
marchando o dormida.
Camino libre sin oír su grito,
que me devuelve y sin oír sus voces,
pero ella no camina, está tendida.
Y la vuelan en vano sus palabras,
sus ademanes, su nombre y su risa,
mientras que yo y Orestes caminamos
tierra de Hélade Ática, suya y de nosotros.
Y cuando Orestes sestee a mi lado (3)
la mejilla sumida, el ojo oscuro,
veré que, como en mí, corren su cuerpo
las manos de ella que lo enmallotaron
y que la nombra con sus cuatro sílabas
que no se rompen y no se deshacen.
Porque se lo dijimos en el alba
y en el anochecer y el duro nombre
vive sin ella por más que esté muerta.
Y a cada vez que los dos nos miremos,
caerá su nombre como cae el fruto
resbalando en guiones de silencio.

Sólo a Ifigenia y al amante amaba
por angostura de su pecho frío.
Y a mí y a Orestes nos dejó sin besos,
sin tejer nuestros dedos con los suyos.
Orestes, no te sé rumbo y camino.
Si esta noche estuvieras a mi lado,
oiría yo tu alma, tú la mía.

Esta niebla salada borra todo
lo que habla y endulza al pasajero:
rutas, puentes, pueblos, árboles.
No hay semblante que mire y reconozca
no más la niebla de mano insistente
que el rostro nos recorre y los costados.

A dónde vamos yendo, los huidos,
si el largo nombre recorre la boca
o cae y se retarda sobre el pecho
como el hálito de ella, y sus facciones,
que vuelan disueltas, acaso buscándome.

El habla, niña nos vuelve y resbala
por nuestros cuerpos, Orestes, mi hermano,
y los juegos pueriles, y tu acento.
Husmea mi camino y ven, Orestes.
Está la noche acribillada de ella,
abierta de ella, y viviente de ella.
Parece que no tiene palabra
ni otro viajero, ni otro santo y seña.
Pero en llegando el día, ha de dejarnos.
¿Por qué no duerme al lado del Egisto. (4)
Será que pende siempre de su seno
la leche que nos dio será eso eterno
y será que esta sal que trae el viento
no es del aire marino, es de su leche?

Apresúrate, Orestes, ya que seremos
dos siempre, dos, como manos cogidas
o los pies corredores de la tórtola huida.
No dejes que yo marche en esta noche
rumbo al desierto y tanteando en la niebla.

Yo no quiero saber, pero quisiera
saberlo todo de tu boca misma,
cómo cayó, qué dijo dando del grito
y si te dio maldición o te bendijo.

Espérame en el cruce del camino
en donde hay piedras lajas y unas matas
de menta y de romero, que confortan.

Porque ella -tú la oyes- ella llama,
y siempre va a llamar, y es preferible
morir los dos sin que nadie nos vea
de puñal, Orestes, y morir de propia muerte.
-El Dios que te movió nos dé esta gracia.
-Y las tres gracias que a mí me movieron.
-Están como medidos los alientos.
-Donde los dos se rompan pararemos.
La niebla tiene pliegues de sudario
dulce en el palpo, en la boca salobre,
y volverás a ir al canto mío.
Siempre viviste lo que yo vivía
por otro atajo irás y al lado mío.
Tal vez la niebla es tu aliento y mis pasos
los tuyos son por desnudos y heridos.
Pero ¿por qué tan callado caminas
y vas a mi costado sin palabra?

El paso enfermo y el perfil humoso,
si por ser uno lo mismo quisimos
y cumplimos lo mismo y nos llamamos
Electra-Oreste, yo, tú, Oreste-Electra.
O yo soy niebla que corre sin verse
o tú niebla que corre sin saberse.
-Pare yo porque puedas detenerte
o yo me tumbe, para detenerte con mi cuerpo tu carrera,
tal vez todo fue sueño de nosotros
adentro de la niebla amoratada,
befa de la niebla que vuela sin sentido.
Pero marchar me rinde y necesito
romper la niebla o que me rompa ella.
Si alma los dos tuvimos, que nuestra alma
-siga marchando y que nos abandone.
-Ella es quien va pasando y no la niebla.
Era una sola en un solo palacio
y ahora es niebla-albatros, niebla-barco.
Y aunque mató y fue muerta ella camina
más ágil y ligera que en su cuerpo
así es que nos rendimos sin rendirla.
Orestes, hermano, te has dormido
caminando o de nada te acuerdas
que no respondes.

O yo nunca nací, sólo
he soñado padre, madre, y un héroe,
una casa, la fuente Dircea y Ágora.
No es cuerpo el que llegó,
ni potencias.



Notas

(1) En el original, Gabriela Mistral anota: "Comienzo" y aprueba el texto.

(2) "Ya está más muda que piedra rodada", "Ya está más quieta que piedra rodada".

(3) "Y cuando Orestes sestee a mi lado", "Y cuando Orestes sestee a mi costado".

(4) "Por qué no duerme al lado del Egisto", "Por qué no duerme su noche con Egisto".

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una revista emérita, de sobriedad augusta




Como clausura del I Encuentro de Jóvenes Investigadores en Filología Clásica celebrado entre el 28 y el 29 de noviembre de 2011 en la Universidad Autónoma de Madrid, se presentó en la Sala de Conferencias de la Facultad de Filosofía y Letras de dicha institución el número 8, correspondiente a noviembre de 2011, de Hermes. Revista del mundo clásico. La ocasión también fue propicia para celebrar el segundo aniversario de esta publicación digital estudiantil.

Quiero saludar, desde este sitio, la iniciativa que lidera Raquel Fornieles junto a un equipo de redacción entusiasta y volcado de lleno en el proyecto. Este no pretende solo el análisis y la exégesis académica, aunque de ello tiene, sino que está movido por el propósito de informar sobre el quehacer y las resonancias del mundo antiguo en nuestro presente; sobre las conexiones culturales, sociales y contemporáneas entre lo académico y lo mediático, entre el salón de clases y el palco de un teatro, el escenario, el cine o el espacio urbanístico y geográfico que habitamos. Hermes tiene una vocación polítropa y multiculturalista y  una gran inclinación hacia los estudios comparados. Nada humano le es ajeno, por lo que es también terenciana.

Entrevistas a directores, actores, arqueólogos, especialistas; crónicas y reportajes sobre exposiciones, puestas en escena o sobre viajes por ciudades como Mérida o Roma, y artículos sobre personajes, artes plásticas, asociaciones o libros: todo siempre relacionado con la antigüedad, pero no circunscrito solo al mundo grecolatino, sino teniendo en cuenta las culturas oriental, asiática, egipcia, mesoamericana, moderna y haciendo las asociaciones posibles con el mundo contemporáneo.

Logotipo de la publicación
Hermes es una especie de cibermensajero, κυβεράγγελος, que une en su vuelo sintáctico las costas de Troya o la voz de Demódoco y Demóstenes con la pintura de Rubens y los recitales de poesía grecolatina realizado por los estudiantes de Filología Clásica; es una revista que no discrimina espacios ni desaprovecha oportunidades: nos habla sobre el círculo de hablantes de latín que se reúne en Madrid semanalmente en la Residencia de Estudiantes; comenta y reproduce escolios, epigramas, papiros y pasajes en su original y traducidos al castellano; informa sobre el último muro caído en Pompeya o rescata algunos de sus grafitos eróticos.

La revista no se publica, al menos todavía, en papel. Puede ser consultada, libremente accesible, en la página del Departamento de Filología Clásica de la UAM. Su diseño ha ido adquiriendo mayor consistencia, sobriedad, y le auguro y le deseo que esa ganancia en la forma, en el soporte, en la imagen vaya en aumento, pues mucho más puede lograrse en cuanto a formato. Por lo pronto, cuenta ya con un logotipo sugerente, apropiado y oportuno, y la primera tipografía de los titulares, demasiado relajada e informal antes, ha ganado en sobriedad y elegancia en este último número.

Hacer del conocimiento adquirido en clases y de las horas de estudio en las bibliotecas algo más que unas notas releídas o guardadas en los cuadernos, archivadas, repasadas por los discípulos para el examen de turno; activar el diálogo, la difusión, la interacción del saber con el mundo más inmediato; desempolvar con desenfado y hacer zoom sobre algún pasaje o cierto personaje histórico que sirva como hilo conductor de otros artículos; dinamizar y hacer del conocimiento pálpito inquietante; crear un puente entre la erudición y la existencia, entre la historia y el futuro, esos son algunos de los valores que se pueden destacar de la joven publicación universitaria, hija de estos tiempos, que desde este espejo profuso y babélico que es internet, informa, por ejemplo, sobre los manuscritos bíblicos que milagrosamente podemos consultar hoy dando clic en el link correspondiente.

Hermes es una revista que indica dónde leer, ir, encontrar. Más que enjuiciar o valorar, muestra e informa, lo cual no quiere decir que no haya un juicio de valor en sus textos o que en la propia elección de sus contenidos no podamos hallar criterio estético y de selección. Pero ese no es su principal objetivo. Este mensajero olímpico, psicopompo, quiere conformar con sus propuestas una especie de Acueducto de los Milagros que una con sus arcos historia y palabras en las que podamos reconocernos, por las que podamos transitar libremente. Y esa es la sensación que da al leerla: libertad, cercanía, desenfado, placer, utilidad, diálogo.

Como en Mérida (ciudad a la que se dedica un considerable espacio en este número) entre las páginas virtuales de Hermes podemos transitar con pie firme sobre algún lugar arqueológico; conversar, sentados sobre un verso consistente de Sófocles, con Fedra, Prometeo o Penélope; recostarnos sin miedo a una estrofa de Horacio (pues ya sabemos que es monumentum aere perennius) mientras vemos caer, en silencio, el sol tras el último papiro comentado. Como (e)Méri(t/d)a, también esta publicación es cada vez más augusta. Invito a leerla, a transitarla.

martes, 29 de noviembre de 2011

Los mangos de Mnemosyne



“[…] y se deslizó debajo de dos matas que habían nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan apretados crecían entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para acoger a dos o tres hombres en el invierno por riguroso que fuera.” 

Homero. Odisea, canto V.




  


Hace días veo a mi padre, por la carretera central que lleva a la base de San Julián en Pinar del Río, penetrando por entre las matas de mango con un saco, y yo, con apenas once años, voy con él, más interesado en la maleza y en la vegetación irregular y abundante que en los frutos que mi padre recoge. Hoy me inclino en el sofá, prestando atención a mí mismo, a la escena que la memoria en su azar incomprensible cruza reiteradamente en mi presente como si se tratase de un filme.

O recuerdo las enormes arboledas tupidísimas que recorrí cuando en primaria fuimos de exploración por las calles y los terrenos que conducían a escuelas en el campo o a tierras labradas por campesinos: fue entonces que vi el delgado y lírico cadáver de las hojas, casi transparente ya, de muchas, infinitas: observé cómo se acumulaban en la sombra, debajo de las ramas aún verdes que luego pude leer en los versos de Homero, en boca de Glauco, repetidos, reescritos eternamente.

Recuerdo que en uno de esos viajes escolares vi dos árboles tan unidos que no podía caber ni siquiera un rayo de luz por entre ellos, me sorprendió la danza inmóvil de aquellos troncos mudos, la contundente alianza de la madera viva. Luego me sería revelada la misma escena en unos versos de la Odisea y en unas ilustraciones de una edición bíblica que he dejado en Cuba. Esas imágenes eternamente ligadas a mi niñez me permiten entender con mayor facilidad algunas anacreónticas de Luaces que recrean el tópico del locus amoenus. Yo mismo escribí, a los veinte años, un poema que hoy reproduzco aquí, sin conciencia en aquel entonces de que estaba relacionado con el tópico literario antes mencionado y que ahora se me antoja como parte y recreación de esas imágenes bucólicas que pertenecen a mi niñez:


QUIMERA

Ahora que los días se agitan
como vino oscuro sobre el kylix de la noche
y lo extiende
ebria
entre las manos
Que tu pie va donde no habito
y recorres otro extremo de la isla
Que la violencia borra de mis labios
la sal de los frutos secos
y se acercan libaciones amargas
no pedidas como viajes
Que el dolor hace de mí
la sombra amarga de la espuma
pincel sepulto de la tarde
y con el marfil se fue
el sabor a almendras y el sueño
Propongo escapar tras las montañas
haremos un colchón de heno y flores secas
la angustia será verja de agua en mis manos
Allí donde el viento
espiral invisible reza más fuerte
cuando llegan los amantes



Todavía siento la respiración de mi padre sobre mi cuello cuando me llevaba en el caballo de la bicicleta hasta mi secundaria, a las seis de la mañana por el camino arenoso y difícil custodiado por altos eucaliptos, mientras el sol, con cierta timidez al principio, comenzaba a asomar. Mi padre palpitando a mi espalda, sudoroso al amanecer, profundo, como un bosque, como un dios de camisa abierta que avanza con la bicicleta que le ha durado desde mis trece años hasta hoy. En estas tardes también he vuelto una y otra vez a cruzar el barranco en quitrín con mi primo Elier, que es un loco, y con la yegua a la que azuza con fuerza. Mi madre asustada me aguanta y sonríe, entre nerviosa y feliz.

El tronco seco en medio del río que extendía sus viejas raíces hacia la orilla y desde el que nos lanzábamos al azul abismal del agua, siempre con un poco de miedo. Mi padre sobre un caballo sin montura el día que llovió tanto que no podía llegar en bicicleta a recogerme a la secundaria. Mi madre abriendo la ventana hacia el mediodía cubano y a los naranjales incendiados, como ejércitos luminosos y florecidos. El río Guadiana, humilde y eterno como el de Heráclito. Un almendro frente al mar, dueño del estío, sobre el promontorio que deja ver las encanecidas olas. 

Entre la sombra y la luz, las hojas verdes y las secas, mi madre y mi padre, el mango y su pulpa. Estas imágenes vuelven como una pequeña antología de la memoria, como una traición dulceamarga del destino, del pasado, ese cuerpo interminable que nunca acaba de pasar. La memoria es un dios caprichoso, imprevisible, manipulador y cada vez se vuelve más importante, y a cada instante crece más hacia todas direcciones. Se confunde con el vacío y el viento. Nos deja desnudos, náufragos, indefensos ante el bosque de todo lo vivido. La titánide memoria edita, antologa, presenta su trabajo ante nuestros ojos, recorta momentos que sabe no nos dejarán indiferentes. La memoria, urania, es un enemigo necesario, un aliado traicionero al que habremos de agradecer la pérdida, la nada o el recuerdo.

VII
EL ESCAMPADO

Hay en el centro mismo
de aquel follaje denso
un limpio delicioso
asilo del misterio.
La entrada, al hombre, impiden
bejucos mil rastreros,
zarzales y magueyes
en matorral espeso.
Dos mangos poderosos
se elevan en el medio
y su ramaje enlazan
con círculos diversos;
templando con sus hojas
de nuestro sol el fuego
no impiden que la Brisa
penetre con su aliento.
Pajizas hojas secas
se miran por el suelo
como acolchada alfombra
que incita al grato sueño.
Allí serpeando gime
tan diáfano arroyuelo
que nunca á las muchachas
podrá servir de espejo.
Siguiendo una rabiche
ayer he descubierto
perdido en la maleza
aquel Edén pequeño.
No revelarlo á nadie
juré... Pero confieso
que la trigueña Lola
me arrebató el secreto.
Flaqueza fue? Lo ignoro:
mas sé que lo celebro,
pues Lola en aquel limpio 
me ha dado el primer beso.

Joaquín Lorenzo Luaces