viernes, 10 de diciembre de 2010

"Yo no sé escribir y soy un inocente" (Gastón Baquero)


A O.B.

"Solo sé que no sé nada"
Sócrates

Mi alumno analfabeto y yo somos iguales. Las letras, la lectura, le producen dolor de cabeza. A mí me sucede lo mismo con el lenguaje, con mi impotencia ante el misterio del lenguaje. Para comprenderlo, para que él pueda dibujar los cuerpos sinuosos y extraños de los caracteres, yo he tenido que dejar de saber mucho de lo que sé. He tenido que borrar, en su presencia, todas las asociaciones que sería capaz de hacer a la hora de impartir una clase, y viajar por el cuerpo de las letras como si fuese la primera vez que me moviera por esos arabescos que ahora mismo me parecen tan extraños, artificiales, convencionales, arbitrarios, absurdos. Frente a él de nada me serviría haber leído a Homero.

De mi alumno a Borges no hay mucha diferencia. Hay una esencia que une al docto y al que comienza a descifrar las primeras sílabas: es la imposibilidad y la agonía por el conocimiento, la palabra perdida, Borges buscando el nombre de Dios en una biblioteca infinita. El lenguaje multiplica el número de posibilidades, de mundos, de realidades, y eso fascina y enloquece. También cansa y da dolor de cabeza.

Mi alumno tiene nombre de poeta latino, de poeta expulsado, exiliado. Es pastelero y matador de cerdos. Con las mismas manos que prepara la masa de una tarta o de un pastel de manzana, o con la diestra que mata el cerdo de navidades para hacer morcillas, ahora, frente a mí, dibuja las palabras. Es como un doloroso parto. Escribir duele, y el dolor es lento. Unes eme con a y es como un calambrazo, un descubrimiento lascerante. La mano tiembla y es como si Dios otra vez dijese "sea la luz". El lenguaje hiere en los ojos, taladra las mentes, es una alimaña invencible.

Una sílaba cuesta. Una sílaba arde en la garganta a veces. El lenguaje es la suma de convenciones consecutivas. Un sonido se hace coincidir, por convención social, con un caracter, la suma de esos caracteres conforman un morfema que tiene determinada informción semántica, la unión de morfemas crean una palabra, las palabras forman sintagmas, los sintagmas oraciones, las oraciones reunidas conforman un párrafo, la suma de párrafos crean un texto, un tejido, un manto, un mundo, sucesivos espejos que distorsionan y ondulan sus referentes. El lenguaje es oceánico. En español tenemos 27 letras. Pero las convinaciones pueden ser interminables. Cada ser humano, ante el lenguaje que usa, es un demiurgo.

Todo hombre que sabe escribir, sabe pintar, tiene un estilo para pintar, porque cada letra es un dibujo, cada símbolo del alfabeto es un sol viejo y cansado, un reciclaje infinito de posibilidades milenarias y heredadas.

Quizá, para encontrar de una vez el nombre de Dios haya que comenzar nuevamente a aprenderlo todo desde la A, desde el aleph, desde el principio. La única certeza que me ha dado el impartirle clases es que estoy listo para empezar de nuevo a unir la eme con la a, a extrañarme de todos estos signos raros, distintos, dispares que se unen y forman conceptos, palabras, expresiones que si las pienso una o dos veces, me son tan incomprensibles como los jeroglíficos babilónicos. Yo le he enseñado a escribir y él me ha enseñado a dudar.

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