lunes, 6 de diciembre de 2010

Lo único verdaderamente nuestro













“La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.”

José Martí




Solo la belleza y el dolor nos acercan con mayor precisión a la miseria, a lo desprotegidos que estamos. Por experiencia, he llegado a creer que la felicidad es un animal frío, despiadado, pues mientras más feliz es el hombre, más se aleja de sus semejantes. Solo el dolor permite sentir una compasión genuina para con el que sufre. Es un acto de comunicación a veces sin necesidad de palabras. En ocasiones uno amanece con unas ganas inmensas de llorar por el mundo.

Para Ortega y Gasset la comunicación es un ejercicio utópico, en tanto pretendemos sintonizar ciento por ciento con el emisor y eso, según el filósofo, es imposible. Aunque lo que ahora mismo pienso no logra rebatir la opinión del autor español, creo que solo en el dolor el hombre está más cerca de entender al otro. El dolor nos recuerda la vulnerabilidad humana.

Hay una frase terriblemente cierta, manejada con sutil y mesurado tono paródico en La última cena (1976) de Tomás Gutiérrez Alea. El conde francés ha bebido ya en aquella celebración, junto a sus doce esclavos, más de la cuenta. Entre la lucidez y la embriaguez, en esos instantes en que la lengua se suelta libre a causa del efecto del vino, en medio de un discurso esclavista deleznable y de una historia sobre San Francisco de Asís acerca del sentido de la felicidad, puesto en pie, el amo dice, en una de las escenas más cubanas que he visto en mi vida:

"[...]pero el dolor es lo único verdaderamente nuestro y eso es lo único que nosotros podemos ofrecer a Dios con alegría".

Aquí se conjuga aquella desventura zequeriana que da inicio a nuestra lírica y la amarga carcajada de Piñera en el siglo XX.

El dolor hizo llorar al que se sentó frente a su cabaña compadecido al ver pasar el cadáver de su adversario. Está, por ello, la frase "eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo". El dolor permitió la alianza entre Príamo y Aquiles, el uno accedió a la petición del anciano, el otro besó la mano del asesino de su hijo. Es el dolor el que revela la parte más humana del hijo de Tetis. Para Esquilo el sufrimiento limpia, purifica, hace alcanzar el conocimiento. El dolor refleja en el otro lo que amamos, lo que hemos vivido. El dolor nos hace cantar desde el fondo. Oscar Wilde dice en De profundis que "somos los bufones del dolor".

Los cristianos se unen hermanados por el dolor. De esas visiones con las que crecí en una isla marcada por el éxodo y la escasez, nació este texto publicado en la revista Upsalón nro 3 de la Universidad de La Habana:

DE PROFUNDIS

Es veintiuno el siglo y los hombres no han dejado de escribir con las rodillas sobre el altar. Jehová permanece como verso desconocido. Los jóvenes cabizbajos gastan sus huesos y ropas en el cemento.

La música es una cinta de sangre en que el júbilo se ahoga.

Aquí los emigrantes golpean su rostro. Una anciana hambrienta llora por el mundo. Un joven luce sus lágrimas, rosetones góticos donde el silencio hace cicatrices.

Este es el templo del dolor.

Las mujeres abortan las noches de existencia. Los niños se adelantan: sollozan la pena que no entienden aún. Rayan sus tiernos músculos, los huesos en la roca del holocausto.

Mis ojos son ya minúsculas piedras sobre el altar.

Somos aplauso al dolor. Tributo. Máscara que nos habita. Templo de la angustia.


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